El verano, por Diego J. García Molina

El verano

Ah, el verano, sin duda la mejor época del año en todos los sentidos. Respeto a los admiradores de la primavera, como no, del invierno, e incluso del otoño (sic); evidentemente, como cantaba Serrat, cualquiera puede ser un gran día, depende de uno mismo. Sin embargo, no sé qué tendrá el verano que lo hace tan atractivo. Cuando uno es niño no hay duda, al mismo empezar el periodo estival acaba el colegio, y lo contrario sucede cuando está finalizando, con el forzoso y ya apreciable acortamiento de los días, el enclaustramiento de los pies en calzado cerrado y el reencuentro con los compañeros de clase.

De adulto la cosa cambia debido a la ocupación laboral, excepto para el personal docente, quien acompaña a los alumnos en el descanso mutuo veraniego. Solo queda aprovechar el tiempo del que se disponga para disfrutar, cada uno a su manera, de este mágico periodo, donde a pesar de ser las noches más cortas del año, parecen las más largas de interminables que resultan; donde se forjan amistades que pueden trascender los años; donde muchos encuentran el primer amor, a veces tan efímero como el propio verano; donde tantos consiguen saborear ese primer beso que nunca olvidarán; donde se viaja para descubrir lugares otrora esbozados en un libro de aventuras, hoy visibles en pocos segundos gracias a Internet; donde se degustan sensaciones que solo están disponibles con la canícula; donde se reencuentran familiares y se convive con tíos, abuelos, primos… ¿Qué tendrá el verano?

Vivimos unos tiempos en que se discute si la libertad consiste en la obligatoriedad, o no, de llevar una mascarilla higiénica por la calle, o se duda de que la cárcel-isla cubana sea una dictadura en cuyo suelo la más básica de las libertades es coartada de forma violenta. Por ello, me viene a la mente la imagen de la libertad más simple y pura que he experimentado, precisamente en la infancia veraniega. Entonces no lo sabíamos pero nunca tendríamos de nuevo esa sensación de libertad; libertad para semiindependizarse junto a los amigos en una cabaña sobre un viejo árbol, con una cuerda para subir imposible de escalar para los adultos; independencia era pedalear durante horas con las ochenteras GAC o BH descubriendo lugares insospechados; autonomía para bañarnos en cualquier sitio con más de medio metro de agua, ya sea una poza de agua helada, piscina pública o privada, una balsa de riego, la playa, o el río; la adrenalina de jugártela al saltar desde una roca al mar o al río; pasear bajo las estrellas durante horas solamente para hablar y fumar un par de cigarrillos a escondidas (que suerte que entonces no existieran los móviles con conexión a Internet).

Recuerdo también con cariño las lecturas veraniegas, libros devorados en pocos días o incluso en horas. Los mundiales de futbol, baloncesto, u otros deportes también se celebraban en verano, y era un gusto ver con tu padre o con amigos partidos a las tantas de la madrugada, o en plena siesta; o incluso los juegos olímpicos cuando todavía le importaban a alguien (hoy día solo para decir que algún español ha ganado una medalla). ¡Si es que el verano lo tiene todo!

Aunque nada es inmutable, es la primera vez que los juegos no se desarrollan en año bisiesto, el próximo mundial de futbol será en invierno en la península arábiga e incluso se plantea pedir un certificado de vacunación para ir al cine o a un bar. Si por una simple gripe hemos cambiado nuestras costumbres y nuestra perspectiva aceptando recortes de derechos fundamentales no me quiero ni imaginar una pandemia de una enfermedad mucho más agresiva como el ébola, o el vernos involucrados en una guerra. Pero bueno, no quiero terminar de una forma tan poco esperanzadora, siempre nos quedará el verano para escapar de la rutina de la que de buena gana nos zambullimos de nuevo en septiembre: disfruten.

 

 

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