Cuando lo legal es inmoral, por José Antonio Vergara Parra

Cuando lo lega es inmoral

La Ley no es necesariamente justa pero es la Ley. No me entiendan mal. Le ley está compelida a buscar la justicia pero no siempre lo consigue ni las apreciaciones sobre su probidad son pacíficas. La ley vino para salvarnos de nosotros mismos y más allá de ella sólo hay caos. Eso de la objeción de conciencia o de la insumisión civil están reservadas para casos tan excepcionales que no hacen sino confirmar la regla.

He aquí un ejemplo para hacerme entender. Quisiera, más pronto que tarde, que una mayoría suficiente en el Congreso convocara un referéndum para que el pueblo español, entre otras cuestiones capitales, decidiera si quiere una monarquía parlamentaria o una república como forma de la jefatura del Estado. Mientras tanto, como demócrata, tengo la obligación, también la convicción, de mostrar lealtad a Felipe VI por ser el legítimo Jefe del Estado de mi país. La democracia ofrece maravillosas ventanas por abrir pero exige cortesía por la opinión de la mayoría. Quienes únicamente respetan las propias ideas no son demócratas sino autócratas; es decir, tiranos.

El indulto, en tanto potestad del Ejecutivo, representa un anacronismo democrático al posibilitar la condonación total o parcial de correctivos impuestos por la jurisdicción penal. En puridad de conceptos, los indultos del consejo de ministros no son otra cosa que vestigios de la autoridad absolutista del Rey o del Príncipe de épocas por fortuna pretéritas. Como he citado en artículos anteriores, la Ley Orgánica 6/1985, de 1 de julio, del Poder Judicial, supuso el enésimo sepelio de Montesquieu. El indulto vendría a ser como un salvavidas; un comodín para uso y disfrute del gobierno. No debe ser azaroso que, llegados al poder, las promesas de reembolsar la Justicia a los jueces y el indulto al tribunal o juez sentenciador, queden en agua de borrajas pues lo que, desde la oposición se valora como una antigualla despótica a derogar, llegado al gobierno se torna en una sugerente herramienta de dominio.

La reciente amnistía a los condenados del procés, bajo la apariencia de indulto colectivo, no es más que la enésima prueba del armisticio moral del Estado y de la fortaleza de la erótica cesarista del poder, cuyos orgasmos dejan las órbitas oculares en blanco y el alma entregada.

Sánchez, alumno aventajado de ZP, no ha concedido los indultos por piedad ni por interés público sino por intereses partidistas y electorales. Los independentistas catalanes procesados y encarcelados importan poco a nada a Sánchez; son sólo uno coartada más en manos de un amoral con aires de grandeza.

Los informes de los fiscales de sala y de los magistrados de la Sala de lo Penal son demoledores e inequívocos. A la vista del contenido de sendos testimonios no es posible el indulto total ni recomendable el parcial. A este ejecutivo le trae sin cuidado el trabajo de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, la eminente formación jurídica de los magistrados de la Sala II del Tribunal Supremo, el proceso ejemplar y con todas las garantías, sustanciado en el Convento de las Salesas Reales y la gravedad de los delitos cometidos. Ya sabemos que la palabra de Pedro Sánchez no vale nada y conviene recordar que uno vale lo que vale su palabra.

Es improbable que la Justicia actúe aunque debería hacerlo por la manifiesta desviación de poder liderada por Sánchez y consumada por el Consejo de Ministros. Y digo bien; desviación de poder, por cuanto el poder (previsto en la Ley) se ha ejercido con fines distintos de los previstos por el legislador. Como español sentí orgullo por la autoridad y “auctoritas” desplegadas por el Señor Marchena, y sonrojo por la deslealtad del actual Gobierno para con la Justicia y la dignidad de la nación española.

Mientras tanto, el acuerdo del Consejo de Ministros, en tanto acto administrativo de naturaleza muy singular, pues de facto y de iure enerva el alcance de una sentencia judicial, puede y debe ser escrutado por el Parlamento Español, la prensa libre y la opinión pública.

Llegado a este punto, el pesimismo me embarga. Esta patria mía, que me duele y emociona, se echa a la calle cuando La Roja es laureada. O más recientemente, en la noche sanjuanesca, desbozada y apretaita, cubalitro en mano mientras  posesa de regetones y otros inmisericordes fragores, dejan las playas como las hubieren transitado piaras.

Este gobierno, como otros, es perverso pero no estúpido y sabe bien que aunque se encarezcan la energía y los carburantes o se indulte a unos felones por intereses espurios, nada hay que temer mientras no falte cervecita en la nevera y una vida subsidiada. La España que madruga y trasnocha, ésa que todos citan y luego olvidan, anda tan extenuada que apenas tiene fuerzas tiene para gritar.

He sido duro con el gobierno pero reniego de todo protagonismo pues sólo de ellos es el mérito, mostrando un desprecio palmario hacia sus propios y solemnes compromisos. Mas, cercanías o lontananzas aparte, conviene ser justos, al menos intentarlo. El cisma catalán tiene culpables y se hallan en ambos lados del tablero. Moncloa y el Palau llevan cuatro décadas interpretando un lucrativo sainete; los primeros comprando presidencias y los segundos sacando pingües beneficios por el alquiler con opción a compra. En el condado de Wifredo el Velloso (Guifré el Pilós, para los austracistas afrancesados), tras Tarradellas sólo ha habido mediocridad, latrocinio y victimismo. Extramuros, Felipe González, al que de largo considero el político de más alto nivel de nuestra democracia, desvanecióse a los pocos años.

Difícil dilema éste pues unos quieren lo que no se les puede dar salvo que algún presidente perpetre la vileza de blanquear la sangre que nuestros ancestros derramaron desde Covadonga hasta las Navas de Tolosa. Pensándolo bien, no es menester adentrarse tanto en la Historia pues, más recientemente, los casi mil muertos a manos de ETA, GRAPO y TIERRA IURE llevan cuarenta años removiéndose en sus tumbas por la indecencia de algunos vivos.

Advierto a legos en lo jurídico y a los fascistascarmesíes (juiciosamente presagiados por Sir Winston Churchill) que la democracia no consiste en votar durante todo el tiempo y sin que importe qué se vota, cómo se vota o quiénes votan. Ilustro, igualmente, a los inmovilistas paniaguados que la Constitución nada tiene que ver con las Tablas de Moisés y que, en consecuencia, conviene escuchar a ese Pueblo que tan cínicamente se invoca y tan despreciablemente se silencia.

¿Es posible alterar la configuración territorial del Estado? ¿Algún día nos preguntarán si monarquía y república? ¿Podremos decidir si queremos seguir formando parte de esta Europa decadente y burócrata? ¿Podríamos volver la mirada hacia Sudamérica?…………………………

La respuesta es mas habría de hacerse por los cauces establecidos, impulsado por una mayoría parlamentaria suficiente y CONSULTANDO AL PUEBLO ESPAÑOL EN SU CONJUNTO, en cuanto único y exclusivo dueño de su destino.

Es posible, digo, pero no sucederá. Peones imberbes, cuan títeres en manos de los marionetistas de las sombras, dirán y harán lo que les dicten mientras inclinan sus lomos para recoger los cacahuetes. Y de esta guisa basculará nuestro horizonte; entre comunistas tristes y liberales para quienes los valores y principios éticos jamás deben desbaratar una prometedora carrera.

No habrá propaganda ni estrategia redondianas que oculten tamaña traición a España. No habrá señuelos suficientes para distraernos de semejante ultraje a España. Otros, antes que ustedes, lo intentaron y fracasaron. Les auguro idéntico desenlace.

 

 

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