Sin zambomba ni almirez, por Maura Morés

Sin zambomba ni almirez

Tendremos que celebrar la Navidad casi en solitario, o eso parece. Ello me lleva a alegrarme por una vez de no tener innumerables parientes y media docena de hermanos chillones y besucones, porque no podría lidiar anímicamente con la realidad de añorarlos a cada uno con sus nombres de bautismo, sus tics y sus maneras de cortar el pan a mano. Se avecina un mes de grisú y escarcha.

Creo que diciembre está hecho para todos los que aman, perdonan y vuelan con los ojos, sean o no creyentes de la Encarnación. Los villancicos raspan capas de indiferencia, el dulzor del guirlache y los bombones rellenos arrancan sonrisas fugaces no sólo a los golosos, y si uno tiene aversión al azúcar siempre le esperarán los langostinos, los ahumados, el consomé y las carnes rustidas frías, o tal vez esos quesos de variada tonalidad que son tan comunes en las mesas de los inquietos con ilusiones de afrancesado. No es lo mismo el bocadillo de paté de una excursión fluvial de otoño que el foie algo más coqueto que untamos con maneras de cirujano de capital en las tostas en esas noches de calefacción, chistes privados y codificados y sidra del Norte que a muchos sabe a Louis Roederer después de un año trabajando.

Servilletas de papel escarlata, la pala del pescado que languidece en el cajón del ajuar, cartón doble de color ocre para unos platos de grandes superficies para la plebe que hacen más vistosos los dátiles con beicon y las alcachofas marinadas. Una tartaleta o un volován pasado de moda desde la Transición que nos sigue apeteciendo intercalado con media cortinilla de jamón cortado por el habilidoso del clan. Martes y Trece, José Mota, el Rey (aunque sólo aparezca para recibir un compás republicano silbado), recuerdos del pecho bamboleante de Sabrina y del público de la Primera que, hundido en espumillón y serpentinas, parecía fingir bajo coacción que los chascarrillos para mayores de 18 y la actuación regulera de Paulina Rubio disfrazada de madame de saloon lo transportaba a un éxtasis teresiano. Raphael acaparando escenario porque en realidad se merece tanto endiosamiento por habernos dado Digan lo que digan y Hablemos del amor. 

No son únicamente caprichos. Se sabe si uno está algo versado en biología que el gozo aumenta con marisco de aprobado y salsa rosa de por medio (exorcizando así tantas semanas de mallas, cronómetros, madrugones y pechugas a la plancha con escasa sal), pero lo que nos dilata tanto el alma es vernos, reconocernos, saber de antemano quién presumirá de vestido conjuntado con el sujetador y quién parecerá un recolector de jeringuillas de 1987 o Mariano de Aquí no hay quien viva un domingo tonto, adivinar qué escribirán los niños y los niños grandes en la carta a Sus Majestades de Oriente, más simpáticos que los Borbones porque se vacían los bolsillos en lugar de esquilmar… Buscamos, tras un año de enfermedad, noticias prostituidas, desempleo, muecas de odio o tristeza y cenas de microondas epílogo de una espantosa jornada laboral, la sopa de mamá con orígenes en el pueblo que vio nacer a la tatarabuela, labios estirados por una vez para expresar satisfacción, cubertería resultona, entrechocar de cristal, perfume de violetas de abuela, canas que son años de unión a pesar de los desencuentros y las maletas movedizas.

Si Ábalos ha aprovechado la visita al muelle de la desesperanza en Arguineguín para veranear clandestinamente a la canaria con parte de su prole, ¿qué nos hace pensar que cada alto cargo, cada Señoría del Congreso, no tendrá esa Navidad henchida de perspectivas, fuego y lana que a nosotros nos escamotean como el sheriff de Nottingham? Somos súbditos y lo aprendí tarde. No queda otra que aguantar y fantasear en nuestras madrigueras, esparcidos como azúcar derramado por la Península y sus tierras colindantes, trayendo a nuestra memoria y nuestra almohada la voz del abuelo cantando «La Virgen se está peinando». En el fondo, es deber, aunque cada día parezca más forzoso y agrio. 2020, gracias por recordarnos que la principal pelea vital ha de ser contra la soledad. Que no lo olvidemos cuando queramos estar lejos de nuevo de la casa madre.

 

 

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