Quiero ser tú, por Maura Morés

Quiero ser tú

Lo de sacralizar las redes sociales que dependen de la estética y a los que mandan en ellas es cada vez más bochornoso -pero divertido-. Lo mismo que dijo un pobre diablo de los que dependen del peluquero como los náufragos de La Medusa del vino, en un programa de Cuatro la otra noche, se puede aplicar a decenas de conocidos míos: «Me quitas el Instagram y yo no soy persona, vamos, yo no puedo vivir». Quizá yo también comparta algún trocito de parecer con el personaje. Ha llegado un punto en el que gente popular de Madrid y Sevilla que ni nos va ni nos viene se cuela en nuestras conversaciones como nuestra prima casada de penalti -sí, aún se les obliga para decorar la situación- o la vecina poco higiénica y asidua a visitar perreras que nos molesta con sus chuchos cariñosos hasta el frote.

«Menganita lleva exactamente el mismo mono amarillo que me puse yo en la boda de la Sonia. Para que luego vaya de exclusiva». «Se ha descubierto que el marido de Zutanita vota a Vox. Y luego dice que es feminista y que no tiene ningún problema con el aborto». «Perengana se ha cambiado de casa cuando la que tenía era un palacio y va a enseñar todas las habitaciones en un tour. Sinceramente, yo, si tuviera todo ese dinero por mi padre y mi pareja y no hubiera dado un palo al agua no iría presumiendo en Youtube de ático. Se cree que nos pensamos que trabaja». Miren que lo intento, pero yo también acabo enterándome de todo y a veces por iniciativa propia: de las bodas con empresarios libaneses en una finca, de las mudanzas, de los embarazos por sorpresa, de los romances con señores, señores, de los descubrimientos respecto a la propia sexualidad, de las rupturas que se superan entre Menorca y el restaurante Aarde, de las fotos que se borran porque aparecía una amiga y agente que ya no lo es por discusiones secretas y ruines, de lo bien que crecen los angelicales seis hijos…

Hay doce usuarias contadas de Instagram con muchos seguidores que me aportan paz, inspiración y admiración, y lógicamente no sé nada de su familia ni a quién apoyaron en las elecciones. De ellas me interesan las caracolas que saben fotografiar en la orilla de la playa, los caftanes y babuchas que lucen, las puestas de sol anaranjadas sin ubicación, el arte de presentar los espaguetis con pecorino y unos cubiertos de madera y poco más. Tienen que vivir descansadísimas, cobrando por patrocinar algún sérum y otra crema de manos con argán y volviendo a desaparecer hasta la siguiente instantánea, sin mostrar novios o novias, amigos con y sin derecho a catre, padres sufridos y hasta abuelos con un pie en el otro mundo, equipos de trabajo, bebés, perros o iguanas y, ocasionalmente, el tafanario. Esa sí que es una actitud profesional. Lo demás, combinando farándula y Veneno, que en paz descanse, es «tarantuleo». Pero a estas alturas es un anzuelo horriblemente apetecible. Como si el gusano que lo corona estuviera untado de sobrasada artesana de cerdo negro, raza autóctona balear, criado en libertad y alimentado con higos.

Y es que antiguamente te enterabas de si Ava Gardner y Frank Sinatra habían roto o seguían olisqueándose gracias a revistas inanimadas y de Pascuas a Ramos. Ahora, cada fleco de la vida de muchos elegidos que comen y cenan fuera los lunes y se hacen amigos de cantantes y poetas -o se amanceban con ellos- está disponible a todo color -y con cuatro filtros alisadores- en vídeos perecederos y fotografías que van saltando cada cuarto de hora y que mantienen a la parroquia con más cascabeles en la cabeza que las mulillas de Las Ventas. Si tú sabes que Mary, Carlota, Gigi, Aitana, Abril, Martita o Tina de no sé cuántos va a subir sistemáticamente en el tiempo en que Jiménez Losantos se inventa un mote otra historia de talones agrietados curados, manicura de geisha de baratillo, bondades del alga de turno o visitas a templos balineses de diez minutos para forzar una conversión espiritual entre los vecinos descalzos antes de largarse en moto al bar más caro de Ubud a posar con el coco abierto con pajita y el sombrero local cónico encasquetado pero la espalda bien libre de frazadas y ramas -una cosa es fotografiar a esas gentes pacíficas que «tanto nos enseñan» y otra echarles una mano, porque una ha ido a Indonesia a enseñar cachas y ganar melanina-, lo normal es que no se deje el móvil en todo el día y parte de la noche. Mientras tanto, nuestros quehaceres quedan incompletos, si hay gente cerca la desatendemos y la admiración que va trocándose en deseo frustrado -nunca tendremos ese flequillo y ese color de cutis recién salidas de una jungla en la que sudas y te despeluchas vistiendo camisetas del Carrefour- nos hace potenciales compradores de cada mascarilla cremosa para las ojeras y cada gel reafirmante y escultor para culos caídos de 67 euros que poco hará si no tenemos tiempo para matarnos a hacer sentadillas con la Expert Line Coordinator de un gimnasio de la Avenida Bruselas. Además, si te comprometes con el arriba y abajo ya tienes que pagar también los ejercicios de piscina, y de body balance, y de chikung, y las chicas de Cieza por lo habitual no tenemos tanto dinero.

En este pueblo tampoco se está mal del todo. No hay pastelería mona para celíacos y eso me indigna siendo tan amiga de una, pero se pueden escalar cumbres, fotografiar embalses y crepúsculos dignísimos, el río al amanecer, casas de fachada despintada a lo toscano, fuentes naturales, fincas donde holgazanea la fauna… Hay mejor comida que en los carísimos restaurantes madrileños de Colón para arriba, si sabe uno elegir, y al menos las croquetas contienen más relleno y menos bechamel líquida. Puedes solicitar sabiduría gratuita a ancianos con trascendencia que tienen mucho que contar de sus viejas ocupaciones o enseñanzas y no es necesario cambiarlos por los nativos de Sri Lanka -que no lleven turbante no quiere decir que sepan menos-. Yo soy la primera que añora el mar casi todos los días, pero, ¿quién tiene tiempo en un lugar costero exótico para soñar despierto de continuo con los pies entre piedrecitas blancas sino viejos cuyo cuerpo consumido no queremos o pobres cuyas casas de techo precario y dietas filipinas a base de arroz y moluscos baratos, repetidos siete días consecutivos, rechazaríamos? Quien vive todo el año en los paraísos de Instagram y está harto de echar las redes para que los turistas tengan sopita de pescado al curry pensará que quién viviera en España, donde dicen que un profesor es rico. Vivir así, en una foto tras otra, es no pertenecer a ninguna parte. Exhibir cada minucia de tu vida es dejarla desarbolada y a merced del otro. La existencia anónima es el mejor obsequio posible. Y, ahora, a reírse un poco con lo absurdo del body balance a riñón la clase, que no todo va a ser hablar de ETA.

 

 

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