Imperdonable, por María Bernal

Imperdonable

Si hay un nombre que, lamentablemente, se nos va a quedar grabado en la retina, ese es el de Samuel. La pena es que este chaval va a pasar a la historia como una víctima más de la violencia homófoba, ya que a doce sinvergüenzas no se les ocurrió otra idea que la de matarlo a grito de maricón.

Me recuerda la escena al asesinato de García Lorca. Según varios estudios, al poeta lo sacaron arrastrándolo del lugar donde se encontraba y lo asesinaron por “rojo y maricón” y echaron su cuerpo bajo tierra. De hecho, un informe procedente de la Jefatura Superior de Policía de Granada en 1965 revela que Lorca fue asesinado por socialista y masón, además de ser homosexual.

Lo mismo hicieron con Samuel. Imaginen ahí a los despreciables energúmenos y gorilas dándole patadas y puñetazos de la manera más vil y traicionera, en manada, porque claro, para un cara a cara demostraron ser unos cobardes de mierda, para después dejarlo tirado y herido de muerte y salir corriendo, como auténticas gallinas.

Samuel, un joven auxiliar que estuvo en primera línea durante la pandemia, cumpliendo a rajatabla y ayudando a los demás, decide salir una noche para pasarlo bien junto a sus amigos y se encuentra con que va a ser la última de su vida. ¿El motivo? Porque a doce depravados homófobos se les ocurrió darle una paliza a un joven por ser homosexual.

¿Qué se les puede desear a estos seres detestables? Que sean merecedores de la pena máxima, porque ante la impotencia de pensar cómo lo apalearon, se me olvida la presunción de inocencia; porque ante la rabia de pensar en los retrógrados que lo han asesinado, se me olvida que ciertas personas merecen ser reinsertadas. A veces, los Derechos Humanos no deberían ser disfrutados por todas las personas. Quizá suene cruel, pero más perverso es que le arrebaten, sin piedad alguna, la vida a una persona que sin meterse con nadie disfrutaba de una merecida velada de descanso.

Increíblemente, hemos retrocedido. Y ahora, desde el salvajismo son muchos los sinvergüenzas que se creen dueños de la calle y que, desde una actitud dictatorial y criminal, campan a sus anchas sembrando odio y violencia. Y ya no se trata de una pelea callejera. Ahora se trata de combates mortales que parecen ir multiplicándose al mismo tiempo que lo hacen los inútiles que los provocan.

La violencia corre como la pólvora. Hay odio, hay envidia y hay malos deseos. La gente no se alegra por nada bueno que les pase a sus semejantes, y siempre están los que intentan fastidiar a aquellas personas que son un ejemplo a seguir.

Demasiada inquina se respira en todos sitios y, tristemente, esto es lo que están digiriendo las nuevas generaciones que, cargadas de derechos y carentes de deberes, se están convirtiendo en monstruos. Todavía hay excepciones, y muchas. Pero la evidencia es que cada vez son más los episodios de violencia y de desacato.

Samuel solo había decidido ser feliz, pero hay mentes frustradas y amargadas que no son capaces de entender que en los temas sentimentales no hay reglas, no hay un patrón establecido y no se comete un delito por amar a la persona que te dé la gana. Sin embargo, hay un sector de la sociedad que se niega a comprender y a aceptar esto. Y en su derecho están, por supuesto. Pero en lugar de agredir a otras personas,  que se den ellos un cabezazo contra un muro de hormigón, a ver si así dejan vivir a la gente en paz.

Urge una cura de humanidad, urge investigar sobre esa vacuna que sea capaz de transformar el ADN de las personas prehistóricas; de aquellos que consideran la homosexualidad como una enfermedad, de aquellos que con sus discursos siembran el odio entre los homosexuales. En definitiva, hay que poner punto y final a estos capítulos imperdonables.

La pérdida de Samuel es irreparable, pero ojalá que sus padres, con sentencia en mano, puedan sacarles los ojos a esos doce delincuentes para que al igual que su hijo no va a volver a ver la luz del sol, tampoco puedan hacerlo ellos, ya que la atrocidad que han cometido es imperdonable.

No hay derecho a que te arrebaten sanguinariamente la vida, por lo que hay que erradicar todo tipo de violencia, y esto se consigue a través de la educación y del endurecimiento de las leyes que tanto clamamos las personas, receptoras de un sistema que parece apiadarse más de los verdugos que de las propias víctimas.

No podemos permitir que todavía haya personas homófobas, porque si hay una realidad más fastuosa en esta vida es aquella en la que los sentimientos te conviertan en una víctima mortal. Hasta que la gente no se meta en la cabeza que nadie hiere a nadie por el simple hecho ser feliz al lado de la persona a la que ama, estaremos en una imperdonable involución.

 

 

 

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