Los penúltimos de Filipinas, por José Antonio Vergara Parra

Los penúltimos de Filipinas

“Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra.

Úrsula replicó, con una suave firmeza:

Si es necesario que yo me muera para que se queden aquí, me muero.”

Gabriel García-Márquez (Cien Años de Soledad)

 

Como más o menos dijo alguien, “es hermoso servir a la patria con hechos y no es absurdo servirla con palabras”. Razón no le faltaba aunque en estos tiempos que corren, el verbo aún sensato y cierto, suscita hilaridad cuando no desdén. Mas, a pesar de  cornadas y abucheos, siempre he sido un romántico empedernido y, al igual que en los Reyes Magos, sigo esperanzado en la palabra.

La Constitución de 1978 supuso un hito político mayúsculo que, pese al tiempo transcurrido, no ha sido valorado como merece. La Carta Magna tenía un objetivo capital; servir como marco normativo para transitar de una dictadura a una democracia. La prioridad era diáfana pero no escaseaban los peligros. Había quiénes deseaban más de lo mismo; los nacionalismos periféricos, acallados durante el régimen, atisbaron su oportunidad; comunistas y anarquistas radicales pugnaban por la prevalencia de tesis en absoluto generosas y el ejército andaba inquieto.

En tales circunstancias, los padres constituyentes se vieron compelidos a hacer encaje de bolillos, repujando cuestiones muy discutibles e hilvanando otras demasiado complejas. Podría decirse que la Ley de Leyes se cerró en falso y las aguas, como las de un casco agrietado, están sumiendo a la nación en una preocupante deriva.

De un lado, inmovilistas; del otro, rupturistas y en medio mercenarios de la política que se venden no al mejor sino al único postor. Es necesario y muy urgente devolver la palabra al Pueblo Español en su conjunto pues lo que jamás aceptaré es que el destino de mi patria (que no es mía aunque yo a ella pertenezca) se decida en la trastienda, sin luz ni taquígrafos y humillando al único sujeto político legitimado para decidir: el Pueblo Español.

La política con mayúsculas debiera tomar la iniciativa más pronto que tarde, confiando al pueblo español el señorío de su destino. Pero descendamos a lo concreto.

Decídase qué bandera e himno queremos. Decídase si monarquía parlamentaria o república unicéfala pues, en efecto, nuestra Constitución validó, al menos en este extremo, la voluntad de Franco. Decídase si queremos permanecer unidos, consagrando la igualdad de derechos y deberes de todos, sin que hechos diferenciales u otras majaderías categoricen la dignidad de los españoles. O si, por el contrario, deseamos una nación de naciones; esto es, el fin de España. Reinos de taifas donde el egoísmo y paranoia de sus respectivos gerifaltes condenen a sus pueblos a un descenso a los infiernos. Decídase si volvemos a un estado fuerte, austero, eficiente y suficiente o, por el contrario, apostamos por el estado de las autonosuyas donde, para gloria de sus respectivos príncipes, se despilfarra e hipoteca el sudor de los españoles. Decídase si queremos una educación pública, garante de la excelencia e igualdad de oportunidades pero no de resultados. O si, por el contrario, apostamos por la mercantilización de la sanidad y la educación, permitiendo que la mano bien visible de Adam Smith encumbre a los ricos, aún mediocres, y pisotee a los pobres, aún brillantes. Sería conveniente, y hasta urgente, decidir nuestras políticas de gasto e ingresos pues un desmedido endeudamiento enerva o condiciona la soberanía política y, por ende, la libertad. No se puede gastar permanentemente lo que no se tiene, por notoriedad e insensatez coetáneas y miseria venidera. Tampoco es deseable una fiscalidad antes confiscatoria que justa pues anestesiaría el esfuerzo y congelaría recursos de los que anda muy necesitada toda economía productiva. Urge una política inmigratoria diáfana y leal al interés general de España. Podemos y debemos decidir quiénes, cuántos, cuándo, por cuánto tiempo y en qué circunstancias pueden entrar a nuestro país. Las políticas buenistas y cándidas, aun bien intencionadas, únicamente alimentan la vil avaricia de las mafias. Los recursos del Estado son finitos y la capacidad de acogida limitada. Ignorar tan irrefutables certezas sólo puede llevarnos a un callejón sin salida.

Deberíamos esclarecer si el hombre debe ser el centro de todo o, como pretenden algunos, una vulgar cobaya de laboratorio. O si la vida de un angelito inocente pesa más que la digestión pesada del águila perdiguera. Estaría bien recuperar una máxima que nunca debió perderse: que los mansos y justos anden tranquilos por nuestras calles y plazas y los sinvergüenzas y delincuentes, comunes o distinguidos, se vayan de vareta ante la Ley y las fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado.  En fin. Muchas son las cosas a dirimir y el tiempo apremia. Estoy dispuesto a correr el maravilloso riesgo de ser vencido en las urnas pues, al menos, ganaremos medio siglo de paz. ¿O tal vez no? Quizá los tiranos de ayer y de hoy, desde su torreón de soberbia y ruindad intelectuales, jamás aceptarán una democracia contraria a sus delirios. No lo reconocerán en público pero detestan al pueblo soberano; es decir, a la chusma centralista y sureña. El hecho diferencial se ha apoderado de ellos. Son ustedes gentes de poca fe pero el hecho diferencial, mayestático y cegador, está ahí. Reconozco que, a veces, resulta difícil percibirlo pero deben confiar en la providencia. Anasagasti, Torra, Pilar Rahola, el carnicero de Mondragón o Pujol, entre otros cientos de miles más, representan esa mezcla de supremacía étnica y pedigrí que destellan a todo analista medianamente perspicaz.

A celtas, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, visigodos o musulmanes habremos de culpar por la contaminación de nuestra sangre originariamente pura, transmitida de generación en generación desde el “homo antecesor” de Atapuerca. Eminentes historiadores catalanes y vascuences reconocen que estos pueblos invasores atravesaron sus dominios pero jamás mancillaron a sus bellas y lozanas mozas. Tal es así que sus humores, plasmas y linfas sanguíneos nunca se vieron comprometidos o amenazados.

Sarcasmos aparte, apremia que un Gobierno de España digno de tal nombre, huérfano de complejos y henchido de sana hispanidad, lidere una nueva transición; machacando en términos democráticos a enemigos y falsos devotos de la Nación Española.

Como se dijo de aquellos héroes de Filipinas, si alguna vez he de  capitular, que sea de la manera más honrosa posible. Al fin y al cabo, la fuerza de las convicciones determina el éxito y no el número de seguidores.        

 

 

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