El cuaderno de los articulillos sueltos de Antonio Balsalobre

Escepticismo apasionado

Lo mejor que se puede decir de un filósofo es que le guste explicar. Y esa es la mayor cualidad que encuentro en mi admirado Jarauta. Si por otra parte, como ha ocurrido siempre que lo he oído o leído, su discurso encandila por la claridad de la exposición o el dominio de los tonos y la palabra, la admiración se acrecienta. Y cuando además sus disertaciones se paladean en un lugar tan emblemático como es el Club Atalaya-Ateneo de Cieza, desde la amistad y la complicidad, el encuentro se glorifica. Coincido con Smiles en que Jarauta “recupera la voz de la filosofía como posibilidad de pensamiento con otros”. Un diálogo, a mi entender, reconstituyente y catártico a la vez, mucho más en estos tiempos de pandemia. Como esta máxima suya que me sirve para afrontar el nuevo año: “Soy optimista porque creo que esto se superará. Pero no soy un optimista ingenuo, soy un apasionado escéptico».

Salvador Illa

Para conocer el alcance de cualquier movimiento táctico en política, lo mejor es observar la reacción que provoca en los adversarios. La respuesta de la oposición (tótum revolútum) ante la proclamación del actual ministro de Salud Salvador Illa como candidato a la presidencia de la Generalitat de Cataluña ha sido coral, desafinada y más bien subida de tono. Lo que pone de manifiesto que ha hecho “pupa”. Illa ha demostrado ser un político serio, templado (falible también, cómo no), pero sobre todo empático con el sufrimiento de los demás en la gestión de esta pandemia. Es una buena apuesta, sin duda, para arrebatarle en las urnas, además de en las barras de los bares, la hegemonía al independentismo. Porque es en las convocatorias electorales donde los ciudadanos se pronuncian y deciden. También en Cataluña, por mal que nos pese.

Niebla en el Canal de la Mancha

Confieso que he vivido el éxodo errático y doloroso del Brexit con cierta reciprocidad. Casi con el mismo desapego y ojeriza que buena parte de la sociedad británica ha experimentado hacia la Unión Europea, un proyecto imperfecto pero ineludible. Me encariñe con el Reino Unido cuando de joven empecé a estudiar la lengua de Shakespeare y cuesta ahora sentirse un amante despechado. Me alegro, sin embargo, de que el divorcio político haya terminado “felizmente”, al menos en el papel. Pero me temo que ya nunca más volveré a aterrizar en Heathrow con la ilusión de quien ha descubierto un nuevo mundo. Cosas mías. Cuando hay niebla en el canal de la Mancha, algunos británicos se permiten la ironía de lamentar que el continente esté aislado. Desde el 1 de enero lo está también sin niebla. Del delirio de un país que se encierra y empequeñece.

Estrella de Belén

A finales de febrero de 2020 viajé a Palestina. Visto lo visto, es lo mejor que pude hacer. El día 4 de marzo, de hecho, unos días antes de la declaración del estado de alarma, me encontraba en Belén, un lugar emblemático para los cristianos, que estos días adquiere una relevancia especial. Por si alguien no lo sabe todavía, Belén, cárcel a cielo abierto situada apenas a una decena de kilómetros de Jerusalén, sufre al día de hoy, asfixiada por los muros construidos por Israel y rodeada por asentamientos de colonos israelíes ilegales, una odiosa ocupación militar. Milagro divino o fabulación literaria, la estrella que condujo a los Reyes Magos a casa de Jesús, hace tiempo que palideció. Al menos para millones de palestinos, que ya mucho antes del confinamiento no podían moverse libremente por su propio territorio.

 

 

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