El asesinato que originó la leyenda del rincón de Cieza donde nunca toca el sol

Recorrido histórico sobre la localidad a finales del siglo XVIII donde se entremezclan una epidemia de tifus exantemático y el asesinato que derivó en una leyenda desconocida por la mayoría de la población ciezana

Antonio Guardiola Sánchez

Nunca caí en la cuenta, pero era cierto. En la Plaza Mayor, justo en la fachada del Ayuntamiento, en el rincón diestro de la puerta principal, nunca había sol.

Ligado a la memoria colectiva de los pueblos florecen historias que sobreviven a decenas de generaciones. La tradición oral tiene la peculiaridad de ser impecablemente selectiva, por lo que ella misma es la que decide qué información nos llega y cual será olvidada para siempre. Los historiadores se hacen eco de estas ‘Prehistorias’, que se convierten en Historia cuando son dibujadas en negro sobre blanco, valiosísimas fuentes de conocimiento como es el caso que traemos a colación.

Cieza, en los años anteriores al momento que nos ocupa contar, había experimentado un tímido auge económico. A este periodo corresponde la instalación de la fábrica del Salitre en 1773, por parte de Don Cándido Ruiz, químico y acreditado comerciante, que presenta ante las autoridades locales el proyecto que dejará el topónimo en el viario local actual. Adquirió tal importancia, siendo su producción íntegramente destinada para la Real Fábrica de Pólvora de Murcia. Pero la aparente bonanza económica se verá truncada, quedando la sociedad profundamente marcada durante un periodo de grandes tragedias familiares, momentos de pena, luto y desdicha.

 Corría el año 1775, la Muy y Noble y Leal Villa de Cieza deslumbraba ya el final del penoso camino que había supuesto la epidemia de 1774. “…A últimos de marzo de este años, se declara en Cieza una terrible epidemia de tabardillos, la que diezma al pueblo…”, según copia el cronista Ramón María Capdevila de las propias actas capitulares, Cieza se encontraba sumida en la pena, golpeada por la enfermedad. Una epidemia que  hoy en día conocemos como el tifus exantemático o tabardillo, trasmitido por la picadura de los piojos. La feroz epidemia hacía mella en los más jóvenes y niños, lo que diezmó a una población de apenas 1.200 habitantes, de los cuales perdieron la vida casi la mitad sin que la enfermedad hiciera distinción de clases, aunque, como es evidente, las bajas entre los más humildes debieron ser acusadísimas por las precarias condiciones de vida. Los núcleos familiares muy a menudo compartían vivienda con otros. Apiñados en modestas casas con condiciones insalubres era un caldo de cultivo para la parasitación de piojos. Los niños, los más damnificados en esta crisis, solían compartir lechos en gran número, por lo que la trasmisión parasitaria era mucho más propensa que en los adultos, explicando la alta mortalidad infantil y creando situaciones que empáticamente puedo calificar de devastadoras para las familias:  “…En el pasado mes de marzo último, comenzaron a darse casos de una enfermedad, la que causaba una alta calentura…fue en aumento esta enfermedad, hasta el punto de ocasionar…doce o catorce muertes diarias…”

Don Francisco de Guevara, que gozaba del privilegio de ser alcalde mayor de la villa desde 1771, reunió a la dolida población en el Ayuntamiento, acordando hacer un acto en rogativa, pidiendo la divina intercesión de la Virgen del Buen Suceso:  “En la villa de Cieza a veinte de Abril de mil y setecientos y setenta y cuatro años, reunidas las autoridades del Ayuntamiento de la Villa con la mayoría de los vecinos en las salas del Ayuntamiento de la misma, y para perpetuar los favores que se dignó conceder a este pueblo la Santísima Virgen del Buen Suceso, apartando de Cieza la gravísima dolencia que diezmaba a sus vecinos, llamada tabardillo…”

A una sociedad muy castigada por la muerte, por si esto fuera poco, habría que sumarle un acontecimiento de tal calado que la sociedad ciezana recordará durante años, que se vería consternada con los acontecimientos que a continuación narro, y que gracias a Capdevila permite que una fuente oral de valor sociológico e incluso,  ¿por qué no?,  histórico, sea pasto del olvido. Es evidente que ante la situación actual de pandemia, podemos empatizar más fácilmente, compartir las inquietudes que de igual forma que nos afectan lo hicieron también profundamente en aquella castigada Cieza golpeada por la muerte, en la que aquella Parca que consigo trajo el sufrimiento se marchó junto a los seres queridos para regresar con otra cara más adelante, pero sin devolver a aquellos que arrebató.

Esta coyuntura social y anímica es la imperante entre el pueblo en el momento en el que trascurren los siguientes acontecimientos.

Al parecer, durante algún tiempo la ciezana Antonia Sánchez Rojas mantenía una relación con Pablo Yelo Gómez, vecino de la Villa de Abarán. Cabe mencionar aquí que el propio Capdevilla, al recoger esta historia, en una ocasión nombra a la paisana como Antonia y en otra ocasión como Josefa, reconociéndome desconocedor del porqué de este hecho. No obstante, bien sea llamada Antonia o Josefa, esta, supuestamente, terminó la relación con aquel hombre, lo que desencadenó los trágicos sucesos de aquel 3 de enero de 1775.

Lo que ahora cuento sucedió según el propio Capdevilla. Pablo viene a Cieza con la pretensión de reencauzar la rota relación que aparentemente había mantenido con Josefa; la busca, hasta que da con ella. La encontró sentada en el poyete de lo que hoy es la confitería en la esquina entre la Calle Larga y Cánovas del Castillo. “…Volvió Pablo a requerir de amores a Josefa, negándose está a sostenerlas de nuevo…”, por lo que este, que premeditadamente planeó los hechos, cargó la escopeta con la que encañonó a la desdichada ciezana, descerrajando un disparo que acabó con la vida de esta al instante. La noticia corrió como la pólvora por el pueblo, que consternado por lo sucedido no daba crédito.  Según Capdevilla, el tal Pablo que acababa de cometer aquel atroz crimen, gozaba de la simpatía de lo que él define como “señorones”, y también de gran parte del pueblo en general. Insistentemente, sobre todo los “señorones”, como dice el propio Capdevilla, le intentan convencer de  que cuente que aquel disparo no fue intencionado, sino fruto de un fortuito accidente: que fue un disparo perdido, con la intención de exculparlo y alejarlo de la pena mayor.

No sabemos por qué, pero sí lo recoge el propio Capdevilla, Pablo no solo se niega a intentar exculparse, sino más bien todo lo contrario, se vanagloria de los hechos y no muestra ápice alguno  de arrepentimiento: “…negose Pablo lo contrario en su pensamiento, sostenido ante el juez y ante el pueblo, que la había matado premeditadamente…”.

La sentencia tuvo que ser firme. La confesión no dejaba margen para una salida distinta: condenado a la pena capital, cuya ejecución tendría que hacerse efectiva en la propia villa, como mandaba la ley, en la horca. Ataviado con la hopa, que no es más que una túnica de tela muy humilde usada como atuendo distintivo de los que iban a ser ajusticiados, y montado en una burra fue conducido al lugar en el que la sentencia tenía que ejecutarse aquel 4 de julio de 1775, en la Plaza Mayor de la Villa de Cieza, a escasos metros del lugar donde había cometido aquella barbarie. Todo estaba dispuesto para cumplir sentencia: “…y aconsejáronle los Primates que se tirara de la burra en la que montado iba con la hopa, a lo que se negó, pidiendo al verdugo que terminara su labor, sin gastar tiempo…”. La sentencia fue ejecutada por el verdugo en el rincón de la Plaza Mayor, justo a la diestra de la puerta.

Durante años, aquel atroz crimen fue recordado por los ciezanos, pero también el ajusticiamiento. Perplejos por los hechos que Pablo cometió premeditadamente contra Josefa, incrédulos de que aquel apreciado abaranero fue capaz de causar tal consternación entre los vecinos, el colectivo social quedó impactado.

No pasó mucho tiempo para que se empezara a murmurar sobre el lugar del ajusticiamiento, donde comenzó a forjarse la leyenda que durante décadas formó parte de la tradición oral ciezana, hoy casi perdida, y recogida por Capdevilla más de un siglo y medio después: “La consternación fue general y es tradición que en aquel sitio no dio jamás el sol por la muerte que en él se consumara”.

Permitidme hace una reflexión personal. Por muy insignificantes que nos parezcan las fuentes orales, estas forman un compendio de interés de importantísimo caldo, que merece la atención de cada uno de nosotros. No recuerdo quien me dijo que todos podemos contribuir a la Historia, impidiendo que esas pequeñas anécdotas, cuentos, o esas pequeñas historias que se cuentan en familia se pierdan con el paso del tiempo. En nuestras manos está el poder de hacerlas eternas, formando parte indisoluble de nosotros. De nosotros depende hacer de una fuente oral una fuente literaria.  Así hizo Ramón María Capdevila, que supo hacer historia social plasmando esta leyenda popular que por él quedó ligada al recuerdo para siempre.

Bibliografía: Capdevila, R. M. (2007): “Historia de la Excelentísima Ciudad de Cieza del Reino de Murcia desde los más remotos tiempos hasta nuestros días”, Capitulo II. 1701-1800, vol. III, 260-263.

 

 

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