Sinécdoques, por José Antonio Vergara Parra

Sinécdoques

Las crisis económicas, políticas y sociales son, por fortuna, cíclicas y asoman y desaparecen como el Guadiana, mas la decadencia ética vino para quedarse. Las redes sociales nos han revelado el grado de estulticia y cursilería que, como si de una pandemia se tratare, se extienden por los cuatro puntos cardinales.

Aconsejan unos, que dicen representar al colectivo LGBTI, el trueque de la palabra “madre” por “padre que da a luz”. Semejante estupidez debería quedar relegada a mera anécdota si no fuera porque, lejos de ser un dislate aislado, refleja una forma de locura que, subvencionada y amplificada por malos y tontos útiles, avanza como la lava de un volcán.

Negar la naturaleza de las cosas es propio de desquiciados donde el tratamiento terapéutico es más apremiante que la más humilde de las cancillerías. La mujer no engendra vida en virtud de un pacto social sino por designios de la naturaleza que a todas luces se revela como la más sabia entre todos. De la misma manera, el varón no es necesariamente peor que la hembra ni ésta necesariamente mejor que aquél. Misóginos y misándricas lo verán de distinta manera pero sus disquisiciones merecen  psicoterapia antes que megáfonos.

Comprendo las reivindicaciones de unos colectivos secularmente estigmatizados y discriminados. Apoyo, sin conjunciones adversativas, la igualdad de derechos y obligaciones de todos y de todas sin que la raza, el sexo, el credo, la opinión o la inclinación sexual puedan justificar desafueros e iniquidades. Pero no hablamos esto sino de una nueva y viscosa política de género que pretende reescribir la antropología y la natural evolución del individuo, desde postulados y ocurrencias que suscitan hilaridad y perplejidad casi a la par.

Las cifras son claras. Hay más mujeres asesinadas a manos de sus maridos que al revés. Y casi con toda probabilidad, hay mayor delincuencia donde anidan la pobreza y las drogas. Miles de nuestros semejantes crecieron en hogares donde el amor era tan ausente como abundante el infortunio.  La pigmentación de la piel no delinque sino el hambre y la desesperación que, por otra parte, son daltónicas. Luego no podemos ni debemos llamar al todo por una parte, salvo que queramos condenar a nuestra sociedad a un trasiego insustancial y de muy pernicioso epílogo.

El hombre no mata por ser hombre sino porque algunos hombres abusan de su preeminencia física al no aceptar la soberanía y libertad de una mujer a la que, antes que compañera, concibe como una posesión más. Los inmigrantes, como los lugareños, delinquen por necesidad y/o maldad adquirida pero no porque genéticamente estén predestinados al delito. Hitler, en tanto reencarnación del mismísimo Lucifer, señaló al pueblo semita como el responsable de todos los males pretéritos y coetáneos de la Alemania de su tiempo. Las élites militares y políticas fueron inoculadas por una de las cepas más destructivas de la Historia de la Humanidad: el odio.

El odio e ignorancia culpables maridan tan bien que están tras algunos de los episodios más cruentos de la Historia de la Humanidad. La Rebelión de An Lushan, el comercio de esclavos en Oriente Medio, la aniquilación de los indios americanos, las exterminaciones del pueblo semita por el Régimen Nazi o de los cristianos a manos del Imperio Romano, entre otros holocaustos, dan fe de ello.

Podemos envilecer y pervertir el lenguaje cuanto queramos; podemos inventar superferolíticos oxímoron como discriminación positiva, remilgadas hipérboles como política de género u ocurrencias semiasiológicas como padre que da a luz. Pueriles intentos que nada aportan a la razón y sí a la estupidez general. Digo más. El uso perverso del lenguaje, las manipulaciones semánticas con ánimos retorcidos o la propagación de consignas tan triviales como efectivas, pueden desencadenar efectos perversos. Tal es así que blandir la bandera constitucional de la nación te convierte en un fascista, salvo que lo sea por un triunfo de la que antes de ayer era España y hoy La Roja, en cuyo caso La Sexta te exonera de toda sospecha.

Culpabilizar a los menas, a los inmigrantes, a los pobres o al género masculino son la misma cosa; una necedad y una injusticia de muy incierto y quién sabe si funesto final.

La corriente es fuerte y turbia; demasiado turbia. Me iré donde el Borbotón o Gorgotón, un lugar de Cieza, mi patria chica, donde el agua del río Segura se torna quieta y cristalina. Será porque el agua del sinclinal mana desde abajo; enérgica, pura y desnuda del pringue de la superficie.

 

 

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