Pastillas de loto, por Maura Morés

Pastillas de loto

Se puede albergar poca esperanza en el futuro humano de una sociedad cuando le da por el loto. Recuerdo que, estudiando una introducción al griego en la Secundaria con un profesor sabio y por ende despistado a quien pocos tomaban en serio -yo misma aproveché una lección de numismática para abrir otra pestaña de búsqueda en el ordenador con fotos de futbolistas alemanes sin camiseta en vez de monedas de la Magna Grecia- aprendí que el loto inducía a la amnesia en los mitos helenos. En España la gente se ha abalanzado a consumirlo como si fueran los exitosos gofres de forma fálica que ahora triunfan en Chueca. Por eso, puedes exhibir en la Gran Vía de Madrid un cartel que adelanta el estreno de la serie Patria, basada en el best seller de Aramburu, dividido por la mitad y con una imagen escalofriante: a un lado una víctima de ETA con la sangre sin secar bajo la llovizna cantábrica y en brazos de una mujer que grita sin que el pueblo le haga maldito caso; a otro, el culpable del crimen desnudo y en posición fetal en el suelo de una comisaría, presumiblemente apalizado o esperando unas torturas para resarcirse de unos policías o guardias -no recuerdo el uniforme- que se dibujan en la penumbra como monstruos fumadores inspirados en los psicópatas de la Brigada Social franquista. Porque todos eran así, también en el año 2003.

Eso le están enseñando a los que peinan menos canas que yo. Primero ETA le daba al gatillo y abría las granadas para librarnos del «chache Paco» en última instancia, y después mantenía lucha sin cuartel contra un aparato policial que ríete tú del real marroquí. La cosa quiriquicosa estaba igualadísima, y se pagaba todo según la ley del talión, como si no hubiéramos escapado aún de los tiempos de los patriarcas veterotestamentarios. Es lo mismo cárcel en Murcia o Cádiz que una tumba que de vez en cuando vandalizan. Es lo mismo etarra que policía español o vasco-francés. Es lo mismo Zamarreño, Ordóñez o Indiano -un pobre diablo sin un euro que tuvo que procurarse un negocio de pipas y gominolas siendo ingeniero, escupido por media Zumárraga y desquiciado por pesadillas que fueron preludio de su asesinato a tiros-, concejales, portavoces, militantes, candidatos del PP, que un homúnculo que hace estallar por los aires carne humana en nombre de ideas que ya sólo dichas en voz alta te hacen sonrojar si tienes algo de sesera. Ese es el cuento, y está calando acompañado de un pretendidamente benéfico y cremoso «Tienes que olvidar. Todos sufrieron».

Tengo treinta años y, si estábamos en plena guerra civil contra una banda terrorista del calibre del IRA, eligiendo todos el lugar de veraneo con recelo por si resultábamos ser fiambres colaterales de alguna de sus correrías, no soy tan idiota o cándida para negar que los etarras se llevaron más de una paliza -o algo peor- a manos de alguna autoridad enloquecida por la rabia. Al fin y al cabo, no son robots y morían de manera preferente, ya fuera patrullando en un convoy o con el pijama puesto en un cuartel que, como el que yo he conocido, parecía una guardería. Sus hijos o sobrinos podrían estar bajo tierra. ¿Qué se hace con las alimañas? Yo me preocupo por sus almas y me repele derramar su sangre, pero muchos afectados por su maldad no tienen tanta piedad. No quise nunca que los cubrieran de incisiones y hematomas; quería que tuvieran toda la vida para replantearse sus pensamientos emponzoñados tras unos barrotes más psíquicos que materiales. Hay gente en las cárceles, tratada por sacerdotes y voluntarios, que ha distribuido hachís por su barrio por sus pocas luces y sus ganas de tener más billetes bajo el somier, igual de bien tratados que esos asesinos fríos como una galena. Los libritos de lomo son los mismos para todos.

Pero unos se reían en los juicios cuando se hablaba del padecer de una madre o una novia que vio por última vez a la razón de su vida lívida y destripada, y otros rezan y piden comprensión cuando su crimen es ridículo al lado de semejantes asesinatos. ¿Todos somos iguales, entonces? No nos embrollemos tanto, que miles de vascos van a pasar por los centros educativos -y también nuestros hijos, si el profesor es un desmemoriado a voluntad- creyendo que cada día las fuerzas del orden se ensañaban con un pueblo llano que pedía autodeterminación y que amaba la naturaleza boscosa, los hechizos blancos y a las curanderas que en el pasado carbonizamos unos españolísimos de rostro negruzco que no ha variado hasta hoy, hace poco decorado con un bigotito facha a lápiz-. Y la verdad es una: que, abrasados por una doctrina apestosa de medio cura poseso y sulfúrico y más tarde por el anticapitalismo porrero que llenó Europa de bandas que compraban explosivos en el mercado subterráneo -véase RAF- una panda bien nutrida de sectarios temibles que subsanaban el apellidarse Rodríguez con un nombre prerromano y un pendiente quisieron y pudieron hacer añicos una región, un país, una sociedad y novecientos cuerpos que son mártires. Sus penitencias son las lógicas e implican un juicio y una celda, y nosotros jamás estuvimos a su altura. Nunca hubo disparos cruzados. Las familias reventadas no se defendían. No es el conflicto palestino-israelí.

Yo podría haber muerto en mi infancia un verano o un puente en Torrevieja o en Madrid si se les hubiera antojado, porque sus patas de araña surgían de donde menos lo esperabas. Hoy, PNV y Bildu se reparten una tierra en la que el azufre está bien arraigado en los surcos de los campos y no puede brotar nada comestible. Y le contarán al mundo, y a cada persona de cerebro limpio que se les acerque, que los españoles fueron igual de malos porque un día de 1999 en un colegio de monjas de Cuenca un profesor presa de la indignación tronó que los vascos se merecían un bombardeo para depurar un poco la era. Se equiparará el odio de un señor con palillo que se tomaba un copazo de brandy en el Bar Arriba España con el de medio País Vasco contra todos nosotros, y cuando yo cuente que mis compañeros dominicos de un colegio vizcaíno se negaron a sentarse con mi clase en un encuentro de la congregación alegando que no se relacionaban con la basura, lo calificarán de invento. Nadie en España sufrió tanto como ellos, les registraban las casas y los guardias aporreaban a mujeres dolientes. Luego aparece por ahí gente como La Tigresa, pero eso son casos aislados. También son casos aislados las venganzas que sufrieron sus desertores. Y, mañana mismo, vermut con los amigos de Josu Ternera para poner verde al Estado y a la maquinaria capitalista que nos aleja de la magia de las coníferas. Porque son lo mismo que un hippy inofensivo que vive de canónigos y setas. Ya lo piensan en todas las universidades, desde aquí a la dictatorial Ivy League. Es cuestión de tiempo que lo cuenten los ciezanos jóvenes, deslumbrados por sus auras de bandoleros. Lo que pone cachondo a un hombre una pistola…

 

 

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