No lo podemos permitir, por Diego J. García Molina

No nos lo podemos permitir

En los últimos meses, por varios, he tenido que realizar diversas gestiones con algunas administraciones autonómicas. Todo el que haya intentado relacionarse con la administración conocerá de primera mano el castigo mental que supone: lectura de resoluciones, reglamentos, BOE, reales decretos, y otra documentación enrevesada en lenguaje no apto para profanos; aportación de documentos y certificaciones en formatos determinados, digitalizados y con tamaños específicos; plazos vertiginosos sin margen para solucionar errores del propio sistema informático o para ultimar los requisitos. En definitiva, un infierno, sobre todo si no estás familiarizado con esta clase de procedimientos. Aunque supongo que al final terminas acostumbrándote.

Como añadido, al estar inmersos en esta realidad paralela que supone la pandemia por coronavirus, de la que no solo no hemos salido más fuertes, sino que ni tan siquiera hemos salido todavía, las administraciones, salvo excepciones muy justificadas, no permiten gestiones de tipo presencial, por lo que te remiten al trámite electrónico. Tiene su lado bueno, te ahorras el desplazamiento a la sede correspondiente, la larga espera del turno, la falta de un papel que te obliga a volver otro día (nunca falla), y por supuesto, que te despachen a otra ventanilla, ya que “en esta no es”. Sin embargo, como contrapartida, la administración electrónica no está totalmente preparada para trabajar de este modo de forma exclusiva. Para todos y cada uno de los trámites que he tenido que realizar me he encontrado con un problema diferente; si no es el DNI-e porque se ha revocado el certificado es a causa del lector de la tarjeta que no admite Windows 7, o el navegador Firefox no es compatible; en unos sitios no tienen tu correo electrónico y por ello no te pueden dar de alta como usuario; en otros sitios no te puedes dar de alta porque fuiste usuario hace años pero no te pueden recuperar la contraseña por un fallo de seguridad… otro valle de lágrimas que desespera al más perseverante. Son horas y días perdidos miserablemente. Para una persona poco ducha con la tecnología debe ser un obstáculo imposible de salvar.

Hasta aquí bien, dentro de lo normal tratándose de la administración pública. Lo siento, pero es así, al que le moleste debe pugnar por solucionarlo. Otra muestra, si en una oficina tienen un certificado o documentación, ¿por qué no lo consultan en una base de datos compartida en vez de hacer que me desplace a otra para obtenerlo y presentarlo en papel? ¿En qué siglo vivimos todavía? A lo que iba, entra dentro de lo acostumbrado: pues ahora multiplíquenlo por 19, 17 autonomías más 2 ciudades autónomas. Pásmense, si bien estoy seguro de que a nadie le extraña. En cada comunidad, para hacer el mismo trámite publican una resolución diferente, con un sistema de inscripción distinta, jamás con los mismos requerimientos, utilizan formularios y aplicaciones web que se parecen como un huevo a una castaña y así con todo. Es decir, si quieres operar en toda España te tienes que marear de 17 formas análogas, pero nunca iguales. Para las empresas debe ser inmanejable. No me puedo imaginar una multinacional que se instala en nuestro país y se encuentra con esta barrera.

Lo peor de todo es que estas disparidades son intencionadas, buscadas deliberadamente. Inicialmente por el interés y la obcecación nacionalista de distinguirse del resto de comunidades, de no parecerse a las demás y tener identidad propia; ya sabemos con qué objetivo. Como consecuencia, al buscar la mejor solución cada una por su lado obtienen un resultado diferente. Influye también negativamente que no consiguen ese feedback necesario para aprender de los errores unas de otras ni aprovechar las mejoras obtenidas para ofrecer así procesos similares y eficaces. El gobierno ha olvidado su obligación fiscalizadora dejando a los gobiernos de taifas a su libre albedrio, con los efectos que ahora vemos. De esta forma, nos encontramos que tu tarjeta sanitaria solo vale para tu comunidad, no pueden consultar tu historial médico fuera de tu región, gobiernos con una policía autonómica utilizada de manera torticera, en plena pandemia y con un estado de alarma, el sistema sanitario de una autonomía colapsa quedando sin espacio en UCI para pacientes graves, mientras que los hospitales a 50 kilómetros en la comunidad vecina sin apenas incidencia, no son capaces de coordinarse para absorberlos, cada territorio tiene un currículo escolar distinto, algunos centrados únicamente en su propio terruño, olvidando el resto del país, otros obsesionados por el idioma regional discriminando el idioma común, falsificando la historia en los libros de texto, y así se podría seguir con múltiples ejemplos.

Una parte del dinero que la Unión Europea va a facilitar a España a cuenta de esta crisis viene condicionada a su uso exclusivo en la transformación o transición digital. Esperemos que realmente sea invertido en este campo, y bien aprovechado. Así, de este modo, podamos tener una administración digitalizada y eficiente; lo cual facilitará la interacción del ciudadano con ayuntamientos y comunidades, proporcionando, además, tiempo adicional a los funcionarios que atendían presencialmente estas gestiones, aumentando así su productividad. Si encima se consigue armonizar los trámites entre autonomías ya sería milagroso.

El otro problema es más complicado y complejo, y requiere de valentía para enfrentarlo, cualidad que desde hace bastantes años se echa en falta en nuestros gobernantes, quienes solo se movilizan cuando se encuentran entre la espada y la pared, y a veces ni así. Apócrifamente, el pícaro de Alfonso Guerra en el congreso de Suresnes asigno a Bismarck la famosa cita, que el canciller de hierro nunca pronunció: “Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido”. Si bien es falsa la atribución, no es menos cierto que los españoles llevan peleando, unas regiones con otras, y unos españoles con otros en cada territorio, desde hace demasiados años. No creo que haya otra nación del mundo con una situación igual, y no cabe duda de que este esfuerzo añadido retrasa y estorba el crecimiento y desarrollo del país. Solo nosotros podremos acabar con este problema secular, en el sentido de que nadie de fuera vendrá a resolverlo, y aunque se intentara, sería contraproducente. Quizá podría ser esta crisis sanitaria y económica el deus ex machina, el revulsivo que consiguiera que nuestros políticos se esforzaran en trabajar en la misma dirección.  Mas, no cuenten con ello, todo apunta a que está sucediendo justo lo contrario. No obstante, con una deuda por encima del 130%, un déficit exagerado y un paro desbocado, cada vez es menor el margen para juegos o experimentos, no nos lo podemos permitir. No se lo debemos permitir.

 

 

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