La calamidad de los tiempos cuando los locos guían a los ciegos, por José Antonio Vergara Parra

“Calamidad de los tiempos cuando los locos guían a los ciegos”

 (Rey Lear, William Shakespeare)

Dicen quienes me leen, que también son ganas que por descontado agradezco, que igual hilo que trasquilo. Que no saben si voy o vengo, si subo o bajo y  que mi brújula ideológica anda algo desnortada. Mi padre, que debía conocerme bien y leía con fruición cuanto escribía, confesóle a mi consanguínea que lo que en verdad amaba un servidor era el toreo; en sentido figurado, se entiende. No debe ser azaroso que, entre todos los pases de torería, me decante por el de pecho donde el maestro expone su tórax y el astado levanta la mirada.

Y con tal insistencia aquestos y esotros manifiestan su desconcierto que, arriada mi guardia, me hacen dudar hasta de mí mismo. Es entonces cuando me retiro a mi banco de pensar, bajo el pino centenario, hasta que el silencio y los pájaros me devuelven la cordura. Disculpen mi arrogancia mas no soy yo quien anda equivocado o quizá sí pero soy plenamente coherente y no aspiro a nada más, tampoco a menos. En política ocurre lo que en la vida; que te quieren bien ubicado, clasificado; a ser posible con una etiqueta incrustada en uno de los lóbulos auriculares:

Aquí Borja Mari de Bohórquez y Mendizábal de Tentetierra y Otras Finas Hierbas; madridista confeso. Va a misa cada domingo y fiestas de guardar; amante del toreo, costalero y cazador. Sureño y usa gomina; se come las eses al hablar y se le ha visto con una bandera de España.

También podríamos toparnos con esta otra:

Segismundo Rastracueros Quitahipos. Desmelenado y haraposo. Toca la flauta dulce y se hace acompañar de un perro sin pedigrí; fumeta de cigarros raros, que huelen a cáscara de naranja enmohecida. Se avía de camisetas sin planchar, de marcas blancas y una vez lució una del Ché. Huele a rancio.

Fachas, perroflautas, españolazos, kulturetas, social-comunistas, culés, merengues, chupacirios, pisaverdes y demás personajes de la cáscara amarga que, en la mayor parte de las ocasiones, sólo anidan en nuestra imaginación. Hijos de nuestros respectivos prejuicios; barreras mentales en las que experimentamos un pernicioso confort intelectual que apenas deja resquicios para tratarnos.

Una víctima inocente de nuestra Guerra Civil, como tantas otras, vino a decir que despojar del alma la siniestra o la diestra es  renunciar a parte de lo que hay que sentir. Y no le faltaba razón. Quienes sobrevivimos de nuestro trabajo y no de inocular odio y división, ¿por qué maldita razón habríamos de renunciar a lo bueno y decente de un lado y de otro? ¿Acaso estamos irremediablemente condenados a dar por buena esta monumental bufonada, donde el gallinero siempre pierde? Sólo los palcos y sólo sus marionetas sacan tajada de tan burdos sainetes.

Por encima de las legítimas inclinaciones ideológicas están la ética y la bonhomía y no conozco otros signos de distinción. Con ellas trazo una línea imaginaria pero rocosa y estoy dispuesto a caminar junto a  las gentes decentes y buenas. No me interesan otras clasificaciones sustentadas en rangos, colores, estirpes, estéticas, fachadas, alcancías, poder u otras características insustanciales y capciosas.

Tiempo ha que enarbolé una bandera y un cuarto de siglo después, cualquier palabra o silencio es interpretado a la luz de aquella enseña. No importan mis palabras, tampoco mis silencios. Los de un lado y otro leerán entre líneas pero no de las mías sino de las suyas. Seré un villano o un amigo; depende.

Se equivocan. No busco adherencias sino coherencia y si aquellas hubieran de venir tras lo segundo, bienvenidas sean. Pero no al revés pues no traicionaré mi alma ni la malvenderé por treinta monedas.

Y tras este necesario exordio, vayamos al grano.

Majestad. Quisiera tutearle para no guardar falsas distancias en las que guarecer mi censura. Confío que lo entienda pues el ustedeo deliberado precede al escarnio y no será éste el caso. Seré sincero y por tanto considerado. No te conozco personalmente pero juraría que eres un hombre bueno que al que, sin dudarlo, le compraría un coche de segunda mano. En tiempos no muy pretéritos y desde mi modesta cancillería,  hice de mi verbo un continuo y abigarrado alegato en favor de la Monarquía Parlamentaria. Tuve la fortuna de analizar a fondo la Transición Española y sé, porque también lo estudié, de las facultades y funciones encomendadas a la Corona. Sabes, como yo, que en una monarquía parlamentaria el Rey reina pero no gobierna. Sabes que la legitimidad de la Corona es indiscutible pues deviene de nuestra Ley de Leyes. Pero sabrás, igualmente, que la permanencia de la Monarquía no se fundamenta en su legitimidad sino en su ejemplaridad habida cuenta de que, a diferencia de una república, el jefe del Estado no pasa por las urnas. Cuanto más elevada sea la virtud de mayor fortaleza gozará la institución y más vigorosa será tu auctoritas, entendiéndose por ésta el señorío que no emana de la ley positiva y sí de la ley moral.

Hasta donde yo sé eres ejemplar y valeroso pero la Corona no se acepta a beneficio de inventario. Tendrás que adir la herencia con su haber y su debe. Además de Rey eres hijo y adivino tus tribulaciones mas no hay cargo sin carga y el tuyo es el primero de todos. Conocido lo conocido, y en tanto que tu padre no rindas cuentas ante su Pueblo, mi verbo clamará por una república (que no sería la tercera sino la primera, en realidad) en la que, al menos, las urnas puedan enmendar ciertos apaños que no acabo de entender ni de aceptar. No atisbes altanería en mis palabras; acaso una honda tristeza. Sé bien que algunos suspiran por su república; no es mi caso pues yo me decanto por una república pues el artículo posesivo rezuma pertenencia y el indeterminado participación. Nos previno Azaña, Don Manuel, cuando dijo que “quienes han creído, o aparentado creer, que la República era antiborbonismo, anticlericalismo, anticentralismo, son unos majaderos o unos bribones”. Lo dijo Azaña, no yo, pero lo suscribo.

La Monarquía que encarnas está tocada y tus enemigos lo saben. Quizá no haya otra oportunidad para ellos e intentarán aprovecharla para conseguir por la puerta de servicio lo que se les niega por la cancela. Para los de un lado, la demolición controlada de la monarquía es sólo la cortada para acabar con nuestra patria, troceando la soberanía nacional en norteños y renovados reinos de taifas.  Cataluña suspira por los Islas Baleares, Andorra, La Franja de Aragón, Valencia, la ciudad italiana de Alguer (en la isla de Cerdeña), el Rosellón (territorio histórico perteneciente al departamento francés de Pirineos Occidentales) y un pequeño territorio de El Carche (perteneciente a mi región, la murciana)  No descartes que, para fastidiar, restauren para sí la Casa de Austria, que aún debe escocerles la derrota en la Guerra de Sucesión.

Por otro lado, Euskadi anda tras Navarra (Nafarroa para los amigos) y el País Vasco Francés. Y como los nacionalistas galegos no quieren ser menos pues a la Galicia actual añadirían el Bierzo leonés, las comarcas de Eo-Navía de Asturias y la Sanabria zamorana.

El resto seremos las migajas que nadie quiere y si cuando el Al-Ándalus éramos infieles ahora seríamos maquetos, charnegos o embrutecidos españolazos, en el mejor de los casos. De hecho, ya éramos todas estas cosas. Sabino Arana, entre otras lindezas, dejó dicho: “En pueblos tan degenerados como el maketo y maketizado, resulta el sufragio universal un verdadero crimen, un suicidio”. Se entiende el ansia de ETA por minorar el censo maketizado de electores.

Los nacionalistas catalanes, que deben leer bien poco, a falta de un icono xenófobo como Sabino, tiró del españolazo Rafael Casanova que en septiembre de 1714 mandó pregonar un bando por las calles de Barcelona que, entre otras cosas, decía: “Se confía, que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados, a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España”

También deberías mirar hacia el otro lado porque muchos de tus más entusiastas aduladores son impostores en realidad; patriotas de atrezzo que, al sonar el himno, se llevan la mano al bolsillo y no al pecho. Comisionistas  de altos vuelos que sólo ven en la monarquía la salvaguarda de un status quo que les es favorable.

Como ves, no cabe un tonto ni un sinvergüenza más. Y luego está el pueblo manso y llano, que madruga y trasnocha, que paga impuestos y padece atascos, que con finita paciencia ve cómo se premia al haragán y se castiga al justo. Confieso que, como a Don Miguel, “vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran, me esparcen el corazón y me aventan la garganta.” Un pueblo cándido y bueno que cada Nochebuena escucha confiado tu mensaje como también escuchaba el de tu padre. Un pueblo, creo yo, que nunca fue cortesano pero sí leal y no por interés sino por convicción. Un pueblo ajetreado y cansado sin tiempo para inventar falsas dialécticas tras las que se ocultan mentes pequeñas. Un Pueblo, Majestad, que no merece desaires y afrentas como las que, un día sí y otro también, orea el cuarto poder.

Majestad. Permítame ahora llamarle de usted pues me pondré trascendente. El pueblo no es responsable de las andanzas de su padre y su cuñado. El Pueblo no es responsable de la corrupción política de profundas y vigorosas raíces. El Pueblo no es responsable de un nacionalismo que fue moderado en tiempos de vino y rosas y egoísta cuando pintan bastos. El Pueblo no es responsable de que los principales partidos políticos del país, salvo honrosísimas excepciones, promocionen a los más incapaces o a ambiciosos patológicos. El Pueblo no es responsable de unos sindicatos que anteponen el sesgo ideológico al trabajo de los españoles. El Pueblo no es responsable de una superestructura político-administrativa sobredimensionada, ineficiente e insostenible. El Pueblo no es responsable de una Justicia cuya independencia fue secuestrada en 1985 y no liberada, a día de hoy, del yugo político. El Pueblo no es responsable de una legislación electoral que prima al territorio sobre el individuo, condenando los resultados a una iniquidad ab initio; pues el voto de un español pesa distinto dependiendo de su lugar de nacimiento. El Pueblo no es responsable de que los llamados derechos históricos hayan servido para desnaturalizar la igualdad de los españoles, retóricamente consagrada en nuestra Constitución. El Pueblo no es responsable de una economía que antes que social es especulativa. El Pueblo no es responsable de que los mansos sientan miedo y los malhechores impunidad. El Pueblo, Majestad, quiere un gobierno que diga la verdad, aunque duela, y desde el ejemplo emprenda el rumbo adecuado. No es mucho pedir. ¿No le parece?

Sé bien que tiene las manos atadas y que la Ley, que vino a proteger al hombre de sí mismo, le impone neutralidad e infinita prudencia. Pero es usted el primero y último entre los españoles y, más allá de pretensiones y anhelos particulares, mi legítimo Jefe del Estado del Reino de España; el último bastión de Hispanidad. He mirado a diestra y siniestra y únicamente a usted, Señor, he querido confiarle mis plegarias.

 

 

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