La Nochenuena ciezana entre llandas y panderetas, por María Parra

Entre llandas y panderetas

Queridos lectores,

desde esta altura hay tiempos que se otean en Cieza de una manera especial, pues se adivina desde aquí arriba una esencia que envuelve el pueblo rompiendo la monotonía del resto del año. Y es que en los días en que ya se posa el invierno, en los últimos siglos, Cieza vibra ante la llegada de la Nochebuena, como ocurre en todo el orbe cristiano. Es entonces cuando todos los sentidos se ponen en alerta: olores, sabores, colores sonidos, … se conjugan para crear un ambiente único. Que hace que hasta mi envoltura rocosa se conmueva.

Recuerdo con especial cariño cómo, en estos días en los que Cieza se viste de Navidad, hace años me gustaba recrearme divisando desde mi Atalaya cómo toda la familia de Bartolo y Pascuala se reunía para realizar los preparativos de la Nochebuena. Tres generaciones se daban cita en la casa de los abuelos, quienes orgullosos pensaban con nostalgia que no querrían faltar nunca a esta tradición, que habían recibido de sus padres.

Ellos ya no estaban, pero dejaron a sus hijos como herencia esta costumbre de hacer los dulces típicos de Navidad en familia. Es por eso por lo que Pascuala madrugaba en estas fechas cargada de ilusión, convencida de que más allá de la tradición, lo menos importante era el delicioso sabor a almendra molida mezclada con canela de los almendraos, o el crujir de los rollos de anís, o el toque de anís del aguardiente de los aguardentaos, o el gustillo del cacahuete en los mantecados y polvorones, o el de la canela con limón en los escaldaos, o el placentero sabor de aquellas esponjosas toñas…. Todo aquello quedaba en un segundo lugar, porque era mucho más importante la convivencia, los lazos que se reforzaban entre la familia, alrededor de las llandas y de todos aquellos utensilios que hacían falta para llevar a cabo este proceso divertido, pero al mismo tiempo muy laborioso.maría-parra-nochebuena

La veteranía de los mayores, Bartolo y Pascuala, se imponía y tanto los hijos como los nietos aceptaban con agrado su autoridad en el funcionamiento de esta “maquinaria” que nunca fallaba y que siempre había dado como fruto productos de tanta calidad que hasta incluso tenían grandes entusiastas, teniendo que compartirlos con amigos y vecinos, sabedores de la categoría de estas “manufacturas”, pues casi todo era fruto del arte y del hábil movimiento que Pascuala aplicaba minuciosamente con sus pequeñas manos agrietadas y desgastadas. La cocina, amplia y luminosa, era el lugar de la casa en donde tenía lugar el ritual, porque esta tarea no era un trabajo mecánico y frío, sino un encuentro ceremonial donde cada uno cumplía su función, desde los mayores a los más jóvenes. El nieto mayor, algo ya crecido, pensaba que no quería nunca faltar a esta cita anual, porque le parecía una experiencia enriquecedora, que luego contaba ilusionado a alguno de sus amigos del cole, pues eran completamente desconocedores, ya que en sus casas se había perdido hace tiempo esta costumbre y siempre se quedaban asombrados ante las historias que les relataban de esta labor:

<<Verás, Antonio. Mi abuelo Bartolo resistiéndose al olvido de las tradiciones, días antes de Nochebuena, sale a coger almendras en aquel trocico de tierra que tiene por El Ginete. En alguna ocasión me ha confesado, visiblemente convencido, que está empeñado en detener el tiempo, para que la Nochebuena sea prácticamente igual que como se hacía desde hace lustros en el pueblo. Una vez estamos todos reunidos nos ponemos el traje de faena, pues la tarea así lo exige. Será luego más tarde, cuando al acabar nos vestimos con nuestras mejores galas para salir a gozar del ambiente navideño que rodea a la celebración de la Misa del Gallo. Pues bien, ahora viene lo más interesante. Una vez preparados todos los ingredientes, para hacer de ellos deliciosos manjares navideños con los que derretir los paladares, nos ponemos manos a la obra entre risas y bromas. Mis padres y mis tíos se ocupan de la parte más complicada de la preparación de algunos ingredientes, pues son ellos los que desprenden a las almendras de su cáscara, las pelan y mi madre las tuesta.  Por nuestra parte, mis primos, mis hermanos y yo nos hacemos cargo de todo lo que nos va indicando la abuela: primero nos afanamos en la molienda de las almendras del abuelo en un antiguo molinillo en el que hay que depositar una pequeña cantidad, después apretamos la tapadera y haciendo girar una manivela, poco a poco sale por un orificio la almendra ya triturada, que mezclaremos con el azúcar y los ingredientes que corresponden a cada receta. Créeme, amigo mío, si te digo que todo este trabajo merece la pena, porque de su calidad y buena manipulación va a depender y mucho el buen sabor de los dulces. Y entre receta y receta, a la abuela Pascuala le gusta cantar villancicos, en especial ese villancico que de pequeña le cantaba su madre mientras ella tocaba la pandereta:

“Yo vengo del monte

de ver a un zagal.

Traigo un pajarico

que sabe cantar.

Mirad cómo canta

qué lindo que es.

Yo vengo del monte

de ver a un zagal.

Traigo un pajarico

Que sabe cantar

Mirad cómo canta

qué lindo que es.

¡Escuchad!

(Aquí todos guardamos silencio para que se oiga el trino del pajarico que imita de maravilla mi abuelo Bartolo).

Que lindoooo,

que bellooo,

qué gloria da.

Sus trinos elogian

al rey celestial”

(Entonces, todos irrumpimos en aplausos a la abuela Pascuala que emocionada nos besa sin cesar)>>.

Ente tanto trabajo invertido en estas labores familiares, la Nochebuena se ha ido acercando y desde esta que es mi cumbre he podido comprobar el esfuerzo, el empeño y el cariño que todos ponían, mostrando tener dominio de la técnica necesaria, pero ante todo una gran sensibilidad en el paladar. Pasaban las horas moliendo, amasando, mezclando, sin cejar en su entusiasmo, para al final en las amplias llandas colocar las pequeñas piezas y meterlas en el horno, que previamente se había encargado la abuela de tener preparado para que estuviera bien caliente.

Finalmente, en la casa de Bartolo y Pascuala en muy poco tiempo y con la ayuda de todos, lo que en un principio era proyecto se había convertido en realidad con la enorme satisfacción del deber cumplido un año más la tradición de los abuelos. Para ellos era importante que hubieran salido los dulces sabrosos y en su punto, que no se hubieran pasado de tiempo en el horno, pero mucho más importante había sido disfrutar del espacio y del tiempo de convivencia entre las distintas generaciones mientras los iban elaborando. ¡Ay, qué buenos tiempos aquellos! Para Bartolo y Pascuala no había mejor forma de hacer realidad lo que entonces formaba parte del espíritu navideño, tal y como se lo habían enseñado a ellos sus padres.

 

 

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