En busca de la normalidad perdida, según Diego J. García Molina

En busca de la normalidad perdida

Es digno de resaltar como las personas realizan esfuerzos ímprobos por parecer “normales”. Entrecomillo normales porque, ¿quién establece lo que es normal? ¿Que cumple los cánones vigentes en cada momento? ¿Acaso hace un par de siglos el ideal de perfección femenino no lo representaba una mujer entrada en carnes, que hoy sería considerada rolliza, como mínimo? Es perfectamente comprensible que las personas intenten ser lo menos diferentes posibles de sus semejantes, camuflarse en la masa, debido a la crueldad que a menudo se aplica sobre el diferente. De eso los niños saben bastante, pues todavía no tienen asimiladas las reglas de convivencia que aplicamos de mayores. Así, es normal que, en cada clase del colegio, quien lleva gafas sea motejado como el ciego o el cuatro ojos, el más corpulento o rellenito la ballena o el zampabollos, el más delgado el tirillas o el raspa, el cabezón, cabeza buque, el enano, la jirafa… cualquier característica es suficiente para asignarle un apelativo cariñoso; excepto para los que destacan, precisamente por no destacar, es decir, mantener una uniformidad en su físico o comportamiento.

Es, tal vez, en la adolescencia, cuando se empiezan a trabajar una personalidad propia buscando fundamentalmente, ahora sí, diversificar en cierto modo la oferta disponible para el sexo a quien se desea atraer afectivamente: un peinado diferente, ya sea hombre o mujer, una ropa exuberante, una actitud rebelde… cualquier técnica funciona. Si bien, aún quedan traumas para ciertas personas que ciertamente son complicados de superar, es posible que quizás no lo consigan en toda su vida; no es necesario falta poner ejemplos. Por suerte, los adelantos científicos se suceden a velocidad de vértigo; leemos y escuchamos casos de superación increíbles unos pocos años atrás; y también la sociedad evoluciona siendo más tolerante, por un lado, y más evolucionada por otro. Hace apenas cuarenta años que el divorcio estaba prohibido en España y hace no tanto fuimos pioneros en legalizar el matrimonio entre hombres y mujeres del mismo sexo. Queda todavía mucho por obrar, qué duda cabe, pero poco a poco los avances van calando en la sociedad pasando de las ciudades, donde siempre es más sencilla la integración, a pueblos pequeños.

Sin embargo, mucho más preocupante en nuestro país es la propensión desde hace tiempo a calificar de forma negativa a las personas según su ideología. A concebir la militancia política, o simplemente la simpatía por un partido como algo anormal, algo rechazable, algo que hace de esa individualidad indigna de la respetabilidad y derechos que se le supone a cualquier persona. Y mucho peor es que dicha dinámica se haya iniciado desde los medios de comunicación de masas, o también desde los propios protagonistas políticos, azuzando, sin medir las consecuencias de sus acciones, a sus acólitos. Hemos visto y oído a políticos ya fracasados llamar a aceptar la violencia hacia el adversario, a pedir normalizar el insulto, y otras torpezas que ahora pasan factura, incluso a él mismo, como ha lloriqueado en ocasiones, cuando le ha tocado soportarlo. El resultado lo vemos a diario en televisión, periódicos, radios, o en el mismo congreso, con la expulsión esta semana de un diputado por llamar bruja u otra diputada; aunque sea este caso leve comparado con los insultos que se dedican en ocasiones en la sede de la soberanía nacional para regocijo de los seguidores y estupor de los que contemplan esta progresión horrorizados. Llamar al contrario podemita, fascista, rojo, facha, progre, neoliberal, son técnicas estudiadas y aplicadas con éxito en el siglo anterior: la identificación del enemigo con una denominación, quitarle su individualidad para así poder ejercer violencia verbal o hasta física hacia ellos sin remordimientos, como un acto de justicia inevitable.

Mientras el mundo cambia a marchas forzadas y las alianzas entre países son cada vez más volátiles en España nos empeñamos en seguir dando vueltas a problemas que ya deberían estar solucionados. Se han formado bandos cada vez más definidos que perjudican los intereses de la colectividad común, de todos los que vivimos aquí, con la consecuencia de tener cada vez menos poder adquisitivo, peor educación, peor atención sanitaria, mayor deuda, etc. En la crisis anterior con el gobierno socialista de Rodríguez (Zapatero) la deuda del estado era del 40%, había margen de maniobra. El compromiso de pago actual con el gobierno también socialista de Sánchez (Castejón) es del 125%, y si se aplicaran los criterios de entonces sería todavía superior (se lleva utilizando el maquillaje estadístico desde hace años para camuflar la deuda real); ojo, esto no pretende exculpar al Partido Popular, durante la etapa de Rajoy (Brey) también estuvo creciendo de continuamente. Llega el momento de exigir a la clase política que trabajen por lo que se supone que se les paga y dejen de enfrentar a los españoles para arañar un mísero voto. Solo una manifestación conjunta de la sociedad civil podría ser capaz de concienciarlos, mas hoy día se torna impensable debido a esa misma polarización política; parece un bucle del que es imposible salir, aunque siempre hay soluciones.

 

 

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