Desentendernos de la política, por María Bernal

Desentendernos de la política

No suelo escribir sobre política. Es un tema que no me gusta. Simplemente, me limito a leer, interpretar y observar cómo se desarrollan los acontecimientos según mi escaso y justo criterio.

No juzgo, ni insulto a ningún político, me parecen episodios que deberían ser censurados, a pesar de poder expresarnos libremente. Sencillamente, me ciño a exponer una opinión que intento que sea razonable y respetuosa, y cada cuatro años denuncio una posible mala gestión o alabo un buen trabajo en las urnas, el único lugar que, de manera democrática, castiga a los corruptos o premia a los que dicen llamarse políticos vocacionales.

No por este motivo me considero apolítica, como dicen ser muchas personas. Como mujer, ejerzo siempre mi derecho al voto. Renunciar a la jurisprudencia por la que tanto lucharon las sufragistas del siglo XIX, significaría un acto claro de deshonor a toda la batalla que supuso conseguir que las mujeres, apartadas de la sociedad, obtuvieran el derecho a voto. Sería un insulto a la memoria de Clara Campoamor.

Decir que todos los políticos son iguales resultaría ser también un craso error, si se tiene en cuenta que dentro de cada formación política, hay más personas competentes que imperfectas. Pero da la casualidad de que el timón de cualquier partido siempre lo lleva el presunto inepto de turno.

Desentendernos de la política es, en mi opinión, una indiscutible actitud de mostrarnos como si fuéramos ovejas del ansiado ganado tan manipulado por aquellos políticos ególatras. Es el único interés que ellos tienen, la manipulación.  Y los jetas, sentados en su sillón están percibiendo un sueldo que no les tendría que  corresponder por la sencilla razón de que en lugar de ofrecer respuestas inmediatas, se las pasan ideando mociones de censura y/o propuestas insignificantes en los momentos de emergencia e insuficientes en las situaciones de desarrollo.

Y ahora viene lo mejor. Las mociones de censura (algunas patéticamente incomprensibles) salen caras para las arcas públicas. Desembolsarse aproximadamente unos 10.000 euros anuales por pedir la palabra para indicar si se está de acuerdo o no es un gasto que podría cubrir otras necesidades del pueblo más importantes. Pero, ¡claro! De alguna manera tienen que justificar su presencia en su nula aportación a la ciudadanía.

No hace falta pensar en el gobierno central para fijar el blanco de esta diana, y con esto no lo estoy eximiendo de las irresponsabilidades que haya podido cometer. Ocurre que en cualquier pueblo y ciudad de España se ha roto el grifo que suministra dinero y que curioso resulta que no encuentren a un fontanero que sea capaz de acabar con ese goteo. Es decir, no hay cojones para suprimir concejales que en muchas ocasiones representan únicamente un jarrón en cualquier ayuntamiento, pero un jarrón que nos sale caro a los ciudadanos.

Desentendernos de la política nos condena a dejarles el mando siempre a los mismos, eliminando fulminantemente cualquier posibilidad de que otras fuerzas tomen el poder. Y esto a su vez implica vivir continuamente en esa vorágine de empeoramiento a expensas de la desfachatez de aquellos que tanto dicen mirar por su pueblo.

Y ese es el problema. El ciudadano queda en un segundo plano cuando hay de por medio un buen sillón en el que sentarse y sacar panza. Total, ellos ya tienen la vida resuelta. Y cuando nos han prometido el oro y el moro, apenas recibimos bisutería barata para contentarnos y hacer un auténtico lavado de imagen.

Y el ciudadano se crispa cuando conoce que hay personas cobrando por partida doble. Evidentemente, habrá una autorización de compatibilidad laboral. Pero no nos engañemos, aunque sea una realidad legítima, toca muchos las narices que algunos ediles, por ejemplo, estén llevándose por todo el morro el sueldo de su trabajo, más la asignación que le corresponde por ser concejal a cambio de no proponer respuestas inmediatas; ya que es más asequible callar, protestar, manipular y cobrar.

Ahora bien, solemos quejarnos pero parece que nos importa poco. Hablando y publicando en redes no hallamos solución. Y es que los españoles somos ese tipo de personas a los que les cuesta salir a la calle para manifestar nuestro descontento. En otros países, y viviendo nuestra situación (y no me refiero a la de la pandemia) ya habrían tomado las calles para decir: “Basta ya”.

Por tanto, desentendernos de la política sería la cadena perpetua del pueblo que vive constantemente sumido en la queja, pero que no es capaz de salir a la calle unido para defender lo que verdaderamente nos corresponde: el bienestar social que nos robaron los de antes, los de ahora y, si no cambiamos la actitud, los que estén por venir.

 

 

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One thought on “Desentendernos de la política, por María Bernal

  1. Juan Pedro Ruiz Guerrero

    Muy bien «dicho», María. Como digo con frecuencia, el poder está en la ciudadanía, que el político está aquí para servir, no para llenarse sus bolsillos, y lo de los amiguetes y familiares, de dinero. Pero si la ciudadanía se involucra solo durante las elecciones, entonces mientras tanto, los que mandan hacen lo que quieren y sirven a los que le votaron, cuando deberían servir a todos, sin visión para hacer de este municipio (no puedo hablar de otros) una ciudad del Siglo XXI, con cara al Siglo XXI. Una ciudad próspera, limpia y con sentido de civismo. Una ciudad que pueda recuperar su rango de Perla del Segura. Pero es que sillón, digo yo, es muy cómodo sobretodo cuando cobras muchísimo más que el promedio de los contribuyentes de tu pueblo y te puedes subir el sueldo cada 4 años. Mientras tanto, seguirá animando a la ciudadanía de acudir a plenos a pedir explicaciones, a presentar quejas, a proponer proyectos, etc., que es su derecho bajo el Reglamento Orgánico Municipal de Participación Ciudadana, aunque parece ser que la cerveza llama más. En fin, se hay lo que se vota y lo que se consiente.

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