¿Quién asesinó a Pascual Rodríguez? (Parte II)

        Duelo a garrotazos. Pintura de Francisco de Goya.

Desenlace del incidente donde se vieron involucrados los hermanos Cánovas del Castillo, el marqués de Sardoal y la alcaldía de la ciudad de Cieza

Miriam Salinas Guirao

Ojalá, querido lector, afrontes esta parte con el ánimo que yo la escribo. Para poner en situación a nuevas incorporaciones, debo contar que tratamos de descubrir quién asesinó a Pascual Rodríguez. Descubrimos, en la anterior edición, las dos grandes publicaciones nacionales que narraron el acontecimiento (El Liberal y La Época), perfilamos a Cánovas del Castillo y al marqués de Sardoal, quienes competían por representar a Cieza.

Recogimos algunas versiones del incidente, que, sin lugar a dudas, deberían conocer, si no lo han hecho ya. Es fundamental. Estamos resolviendo un asesinato.

Las versiones

Procedemos. Aquella noche extraña, calurosa seguro (de ánimo y camisa doblada), preelectoral y veraniega; aquel 23 de agosto en vísperas de san Bartolomé, patrón de Cieza y con la feria aplazada, mataron a Pascual Rodríguez. Recordamos que el historiador Ricardo Montes (en ‘Cieza durante el siglo XIX’) relataba que esa noche llegó un político madrileño para un mitin en apoyo de los radicales ciezanos (partido del marqués de Sardoal, frente a la candidatura para diputado de Cánovas del Castillo). Los seguidores de Cánovas (‘los francos’, les llama)  esperaron “armados con revólver, matando al jefe del Partido Radical de Cieza, Pascual Rodríguez, de 52 años, e hiriendo a otro de sus seguidores en la Plaza”.  Bien, según este testimonio, Pascual era el líder del Partido Radical en Cieza.

Recordamos las palabras de Ramón María Capdevila en ‘Historia de la Excelentísima Ciudad de Cieza’ que narraba que en la casa del alcalde, Francisco Fernández Arce, se reunieron Manuel Aguado Moxó, Fernando Marín Bermúdez, Domingo García Marín, yerno del dueño de la casa, Baldomero Camacho Marín, Evaristo Fernández Marín, Juan Yarza Marín, Ángel Rodríguez, hermano de Pascual Rodríguez, Pascual Hernández, Pascual Salmerón y Francisco Hernández, más conocido por ‘Frasquito, el Rojo’, tío de Diego Martínez Pareja. Capdevila coincide con la versión de la bala atravesando el cuerpo del maltrecho Pascual. “El escándalo fue inenarrable, la confusión enorme. Mientras unos acudían al herido mortalmente, otro, los conspicuos, trataban de preparar la coartada”.

Ahora continuamos con más versiones. El Gobernador de Murcia, Alberto Aguilera, que formaba parte del Partido Liberal, envió un telegrama al Gobierno central que El Imparcial reproducía el 25 de agosto. Relataba que había regresado de Cieza “donde queda restablecido el orden, y el nuevo juez formando las diligencias sobre lo ocurrido”. El gobernador relataba que el origen del suceso tuvo lugar en casa del alcalde, donde se hallaban dos individuos del partido radical, uno de ellos “un jefe, conferenciando con la autoridad local”. De pronto “una turba de hombres armados se arrojó sobre los radicales, dejando mal herido al uno, que se ha muerto, y salvando el segundo su vida milagrosamente”. El gobernador aseguraba que los desórdenes siguieron en la calle. Los voluntarios, tras lo sucedido, se reunieron  en la Plaza, y “a pesar de la excitación de sus ánimos, producida por el atentado, tuvieron el suficiente patriotismo para contenerse y no atacar a sus adversarios políticos y de retirarse a sus casas”.  Una vez que se restableció el orden, el juez decretó “algunas prisiones”, lo que, cuenta el gobernador, “dio motivos” para que nuevos grupos se dispararan a su entrada en el pueblo “con fuerza de la Guardia Civil”.

La Iberia, otro diario nacional, dudaba del comunicado emitido por la autoridad regional, y ponía en el punto de mira al Partido Radical. La Época, mientras tanto, protestaba contra “esa absurda, ilegal e injustificable creación de dos batallones de francos, para atender a las necesidades electorales”. Tampoco “podía permanecer indiferente” al “hecho inaudito de haberse mandado desarmar las guardias municipales y los guardas de viñas y montes de Cieza y Yecla, para dejar entregadas las propiedades de los amigos de Cánovas a la rapacidad del proletariado de aquellos pueblos”. Desconfiaba también de lo redactado por el gobernador y añadía “sin gran riesgo” que se habían intentado “y quizá consumado” nuevos crímenes contra los amigos de Cánovas. Dudaba de que los “amigos” de Cánovas “desarmados y desamparados” hubieran promovido motines “acometiendo a los francos o movilizados”. Sostenía que “los amigos” de Cánovas habían tratado de votar “con el menor ruido y el menor peligro posible”. Casi nada.

Los intereses

La Época continuaba aquel domingo, 25 de agosto, tras apenas un día de la tragedia, con un mensaje de última hora de una “persona veraz e imparcial” sobre los sucesos de Cieza. En este mensaje se relataba que los francos quisieron dar una serenata a “un sujeto” recién llegado de Madrid y “ardiente partidario” de la candidatura del marqués de Sardoal. Hallándose en conferencia en la casa del alcalde, se dispararon desde la calle algunos tiros. “Pocos momentos después, los francos rompían el fuego desde la plaza contigua a la casa del alcalde”. Coincidía en que dos personas habían sido heridas, “una de ellas de familia importante de la población, y cuya muerte ha contristado profundamente a amigos y adversarios”. “No es exacto, según parece, que esté entre los heridos el jefe de los radicales de Cieza”, aseguraba. El pueblo aterrado debía enfrentarse a la elección, “que se hará ya en aquel distrito a gusto del gobierno”.

La última noche de Pascual Rodríguez

El 27 de agosto El Imparcial sacaba en portada ‘lo de Cieza’. Aquí se lucía el periódico, explicando con todo tipo de detalles el suceso. Relataba el diario que el partido radical trataba de hacer una manifestación en favor de un hijo de José Rodríguez, presidente del comité radical y que acababa de llegar de Madrid y de ello se había dado conocimiento a la autoridad local; que hallándose ya reunidos en gran número los manifestantes fue llamado por el alcalde y se personó solo del  capitán de la milicia. Allí se encontró al alcalde rodeado de seis o siete personas, partidarios de Cánovas del Castillo. Pascual, su hermano, temeroso, fue para evitar que José fuera objeto de “siniestros fines”, e instantáneamente se arrojaron, revólver en mano, sobre los hermanos. “Los que acompañaban al alcalde dispararon sobre ellos quedando gravemente herido Pascual”, que falleció a la mañana siguiente. José salvó su vida. El capitán de milicia se quedó en la puerta “para saber el resultado de la conferencia” y fue atacado por un grupo de hombres que se hallaban en el zaguán, “debiendo su salvación a la ligereza de sus pies”, pues fue perseguido hasta la plaza pública, donde se reunió con sus amigos los manifestantes. Allí los dos bandos se encontraron, pero la intervención de un capitán de reemplazo evitó mayores desgracias, pues los radicales, “milicianos algunos de ellos, se habían armado y se prepararon para tomar represalias de la inesperada agresión”. A las pocas horas llegaba el juez de primera instancia, Mendo de Figueroa, que inmediatamente se encargó del juzgado y reclamó las primeras diligencias al juez de paz, partidario de Cánovas y que decretó algunas prisiones.

Aquí viene la cuestión que me lleva de cabeza: según el diario “Rodríguez declaró antes de morir” y designó los nombres de sus agresores. “Los reducidos a prisión fueron García, yerno del alcalde, y Aguado, amigo íntimo del anterior juez Barnuevo”. “El gobernador de la provincia que se trasladó al pueblo a la mañana siguiente acabó de restablecer la calma, pero respetando la competencia del juzgado, ni siquiera quiso suspender al alcalde, dando así un solemne mentís a sus apasionados detractores”. “No  necesitan comentarios las anteriores líneas”; el periódico tacho de indignante los hechos haciendo referencia a los diarios conservadores que hablaban de “supuesta ilegalidades” en el distrito de Cieza, donde se presentaba Cánovas del Castillo. “Así y no de otro modo podía cohonestarse el desprestigio de su derrota, que era segura desde el momento que se restablecía la libertad del sufragio, haciendo desaparecer en aquellos distritos las influencias oficiales e ilegítimas que, según dice nuestro corresponsal, debió su triunfo en anteriores elecciones. Como se ve, Pascual Rodríguez, víctima de la bárbara agresión de que el corresponsal nos da cuenta era hermano del presidente del comité radical, hecho que también había querido negar un diario conservador”, sentenciaba El Imparcial.

Demasiadas noticias. Las referencias son contradictorias. ¿Pascual era el líder de los radicales? ¿Era su hermano? ¿Su hermano se llamaba José o Ángel? ¿Dispararon los vecinos de Cieza?

Cieza en las Cortes

La Paz de Murcia, el 26 de septiembre de 1872, traía un extracto de la sesión celebrada el 24 del mismo mes. La sesión en Cortes podría dar luz sobre el asunto. Vamos con ella: el marqués de Sardoal, representante del distrito tras las elecciones, hacía mención de la sangre derramada en Cieza. Contó que uno de los electores fue a verlo y al volver trataron de darle una serenata, cosa que no era del agrado del alcalde de Cieza, quien mandó llamar a José Rodríguez, jefe del partido radical. Este fue a su casa, a casa del alcalde, acompañado de su hermano Pascual y encontraron allí reunidos al Ayuntamiento con guardas de montes y funcionarios. Estando allí reunidos, sonó un: ‘¡Fuego!’, y un tiro de revolver atravesó el cuerpo de Pascual. El marqués aseguraba que la milicia, sus amigos, no pudieron disparar puesto que sus municiones habían sido retiradas y, además, no pudieron ser los que hirieran a Pascual porque sus armas “eran de proyectil esférico”, cuando el que hirió era cónico y de revolver “porque la herida estaba inclinada de arriba abajo” y porque quedó el “‘fogozano’ en la pared”.

 

¿Quién asesinó a Pascual Rodríguez?

Comienzan a encontrarse las versiones. Ramón María Capdevila en su libro (antes citado), continuaba ampliando lo que sucedió después: “Fueron grandes los esfuerzos que se hicieron para descubrir al autor del homicidio”. Según la narración, después de algún tiempo, “por indicios”, se procesó y cumplió condena ‘Frasquito, el Rojo’. Continuando con el relato, atendiendo a “noticias” que Ramón tenía “por fidedignas”, el procesado “no tomo parte alguna en el hecho que se le imputaba”. Consintió el procesamiento y no protestó de las acusaciones que se le acumularon “por las promesas que se le hicieron por los señores encargados de sacarlo en libertad a costa de lo que fuere y en plano muy corto”. Pero no fue así. “Aguado, Camacho, García, Marín Barnuevo y Fernández, que fueron procesados algún tiempo después” vieron cómo se decretaba el sobreseimiento de sus causas y ‘Frasquito, el Rojo’ “sin que persona alguna se acordara de él” cumplió día por día, ocho años de presidio. Pascual Rodríguez quedo muerto y sin saberse ciertamente quien le había cortado el hilo de existencia.

Con motivo de esto, y durante días, se murmuro por el pueblo mucho sobre la conducta del alcalde, diciéndose “en secreto a voces, que él había pagado la mano que liquidara la cuenta al Rodríguez, mientras que sus amigos sostenían resueltamente que no había tenido arte ni parte en la muerte de aquel” y “vista en entredicho su reputación y que a medida que pasaban las horas se iban acentuando las acusaciones en su contra”… el 1 de septiembre pidió un mes de licencia al Concejo y le fue concedida, encargándose el primer teniente de alcalde Benito López. Pero siguió la revuelta en el pueblo y no habiéndose amenguado las acusaciones privadas contra Fernández Arce pidió otro mes de licencia que le fue concedido, volvió a Benito. “Pero a este se le hacia la carga pesada. El 6 de octubre pidió licencia y paso a Pedro Buitrago Marín, alistado al partido isabelino”. Fernández Arce renunció a su puesto en noviembre de 1872, asumiendo el cargo Francisco Téllez Marín.

En este punto, querido lector, dejo el artículo. Aunque sea por unos minutos, Pascual Rodríguez ha vuelto, se ha intentado contar su tragedia. Borradas las señales terrenas, que alejada ya del cuerpo siga volando su alma.

 

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