María Bernal aboga por los cuerpos de seguridad del Estado

¡Qué la autoridad no pierda fuerza y credibilidad!

Es tan importante la seguridad ciudadana, la defensa de la integridad humana, así como el hecho de salvaguardar el bienestar social, que somos egoístas cuando exigimos respeto, sin ser predicadores de tal realidad. Y nos sorprenden versiones de personas que dramatizan hasta crear en nuestra mente una realidad hiperbólica, muy alejada de la veracidad de los hechos. Pero he ahí ese colectivo que se deja manipular fácilmente por una única versión, sin prestar la más mínima atención a otra posible versión que, en igualdad de oportunidades, tiene que ser tan creíble como la anterior.

España cuenta con determinados cuerpos de seguridad que velan constantemente por sus ciudadanos. Habrá lectores que hayan tenido experiencias desafortunadas con alguno de estos cuerpos. Pero claro, en todos los gremios se van a encontrar con incompetentes que han querido pasar a una mejor vida, y no me refiero precisamente a la eterna, sino a una mejor vida, como es la del funcionario. Carecen de vocación, de empatía y de humanidad, ya que su única misión es que llegue cada principio o cada final de mes, para que la administración le ingrese su deseada e inmerecida nómina, a sabiendas de que no desempeñan su trabajo de manera eficaz y valiente.

Pero no quiero escribir sobre ineficaces personas que, por un golpe de suerte, pasan  a chupar del bote, dejando fuera a esas que realmente merecerían ocupar su lugar, porque la actitud de estas últimas es tan vocacional, que trabajar para ellos las horas que hagan falta no será un martirio. Sin embargo, ese empeño, esa dedicación y esa disposición se ven ultrajadas por los que no dan palo al agua.

Por eso,  quiero alabar, magnificar y mostrar un respeto absoluto a esos policías y guardias civiles  que, en algunas ocasiones, llegan a poner en peligro su propia vida, y no exactamente a cambio de un buen sueldo, sino a cambio de la nuestra propia. Son héroes del pueblo, y en pocas palabras, con ellos tenemos que sentirnos tranquilos.

Sin embargo, y tras la comprobación de una opinión generalizada, el pueblo se indigna, cual niño enrabietado, creyéndose único poseedor de  la razón cuando ocurre un suceso, en el que tiene que intervenir algún agente, ya que para ellas son soberbios, gandules, engreídos, parásitos  y cobardes ante una situación de riesgo. Y, ante tal retahíla  de calificaciones negativas, pues las pocas personas que sienten respeto e incluso admiración por la labor que desempeñan, empiezan a perderlo. Pero ya hay que tener una personalidad débil y acabada, como para dejarse persuadir por aquellos que siempre tienen en su contra a la Policía o a la Benemérita.

Últimamente, la libertad de expresión ha descuidado sus límites. Y aunque suene a paradoja, la libre opinión no se refiere a decir o escribir lo que se nos antoje en el momento en el que nosotros queramos. Vivimos en un país democrático, pero hasta cierto punto. Ahora, en estos tiempos en lo que todo está permitido, sin censura alguna, insultar se ha convertido en una acción cotidiana y si me apuran, podría decir que, presuntamente,  está exenta de medidas fiscales. Y es que en la época moderna, el diálogo y la mediación son medidas que implican menos burocracia para la justicia y un ejemplo moral para el ciudadano.

¿Ejemplo moral? Pero si el hombre moderno del siglo XXI presume de una moral que no es capaz de poner en práctica en el momento en el que  se presenta una situación de conflicto. Es más, llega a ese estado de cognición equívoca, que  necesita más latigazos, metafóricamente escribiendo (no vaya a ser que me hagan responsable de hacer apología de la violencia) para que baje esos humos de “soy ciudadano y tengo todos los derechos habidos y por haber”. ¡Patético! La ley dictamina cada decreto que, lamentablemente, ante tal cuestión la autoridad pierde fuerza y credibilidad.

Vamos a reflexionar sobre el escenario de actuación de esos trabajadores que luchan por el orden público: enfrentamientos violentos, borracheras que llevan a sus adictos al coma, exceso de velocidad y de alcohol en sangre, redadas a narcotráficos, homicidios, prostitución, secuestros entre tantas y tantas escenas macabras y que estoy más que segura que no son del agrado de ninguno de los que se dedican a juzgar el riesgo constante al que se ven sometidos policías y guardia civiles.

Y ante esta realidad tan extrema  y tan sentenciadora por parte de la mayoría de sus  protagonistas que, desafiantes y con formas poco católicas increpan a los agentes, que tienen que aguantar gilipollez tras gilipollez, un estado de ignorancia absoluto, además de amenazas e insultos, cuando a estos flipados de la vida no les dé por usar la violencia, para después intentar convencer al juez de que ellos han sido en todo momento las pobres víctimas, los guardias se sienten indefensos. Sí, llevan armas de fogueo y blancas, pero a ver quién se atreve a utilizarlas para disuadir a la peña que tantos derechos tiene y de los que tantos deberes se olvida.

¿Quién defiende a un policía que tiene que enfrentarse, por ejemplo,  a una persona que, quizá, vaya de coca hasta el culo o embebido de ese alcohol que los convierte en machotes y en pierdecasas (y no se asusten porque esta es la insoportable realidad) si no puede usar la fuerza? Porque, ¡madre de Dios!, si a alguno se le ocurre actuar con las mismas formas que ellos reciben, saben que tienen la batalla perdida.

Nadie. O muy pocos lo hacemos. Y sí, me incluyo dentro de ese grupo que siempre los ha defendido, no por ser ejemplo de moral, pero sí por respetar, obedecer y acatar todo aquello que la autoridad crea conveniente cuando esté infringiendo la ley. De hecho, es que he pagado un par de multas dudosas (porque yo creía haber aparcado bien), he tenido que parar y someterme a varios controles de alcoholemia; y siempre desde la obediencia y el acatamiento de las circunstancias del momento, llevara o no razón.

Y sé que es en este momento cuando llegan los argumentos que no están fundamentados del todo: “la policía no ha hecho nada, la policía ha tardado mucho tiempo en venir, solo se pasean…» Pero, ¿conocemos verdaderamente las circunstancias como para atacarlos de esa manera? En mi opinión, y por mi parte, no. Si en Sanidad, en Educación y otros sectores hay recortes, y como consecuencia una falta de recursos vitales; en Seguridad Ciudadana, estamos siendo atendidos, en la mayoría de las ciudades, con servicios mínimos. A veces, los agentes no pueden actuar como a nosotros nos gustaría porque no hay motivos, no hay pruebas y la ley es tan inicua en algunos casos, que ellos son unos simples decretados que actúan no a favor del culpable, sino a favor de lo que un superior le ordene. Nunca he tenido problema con ellos las veces que me han hecho el alto o las  veces que he tenido que recurrir a ellos. ¿Suerte? Puede ser, pero yo prefiero llamarlo obediencia. Esa es la llave que nos va a abrir muchas puertas en esta vida.

Antes, los cuerpos de seguridad del Estado representaban la soberanía que debía ser respetada ante cualquier acontecimiento. De hecho, las personas que todavía consideran a la Policía como autoridad suprema entran en un estado ansioso cada vez que se tienen que dirigir a ellos. Porque es así, y no hay nada más que discutir. Porque si nos dicen que nos bajemos en el coche, nos bajamos y punto, y no nos ponemos a pedir explicaciones de por qué tenemos que obedecer. Porque si nosotros respetamos, ellos también lo hará. Porque ellos también son personas, por tanto, tienen sentimientos.

Y aunque su trabajo los convierta en personas circunspectas, estrictas y sin ganas de recibir una broma durante las horas de servicio, a la hora de la verdad, siempre están ahí para asegurar que a pesar de todos los sinvergüenzas que hay en la Tierra, no tenemos que tener miedo, ya que ellos se encargarán de que no nos pase nada. Y tras estas palabras me acuerdo de mi amigo Isidro H. S.  al que le dedico este artículo, así como de la gran misión que desempeña, así como de la incondicional ayuda prestada, cuando lo he necesitado.

Ante la Policía o la Guardia Civil, palabras como “perdone”, “por favor”, “usted” y “gracias” son las que nos van a permitir entablar una relación cordial, basada en la tolerancia, la comprensión y la admiración mutua; ellos, por ser grandes profesionales, nosotros, por ser ciudadanos ejemplares.

 

 

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