Las vidas cinematográficas de José Nieto

Javier Mateo Hidalgo

Decía el gran Enrique Jardiel Poncela que el amor sólo duraba 2000 metros; es decir, la extensión de un rollo de película de la época. La medida del romance fílmico era por tanto física y material. ¿Cuánto dura entonces una vida en el séptimo arte? Si nos paramos a pensar en los llamados biopics, resulta sencillo reducir “toda una vida” (como cantaba Antonio Machín) a una hora y media o dos horas. Sin embargo, el tránsito vital de algunos actores parece difícilmente medible y, al igual que ocurre con las adaptaciones literarias, los trasvases de las vidas a la pantalla a veces resultan insuficientes. Y es que el celuloide nunca es suficiente para lo que representa una existencia plagada de hitos memorables. Sería el caso de intérpretes hoy olvidados, pero que ayudaron a construir el lenguaje fílmico cuando éste estaba dando los primeros pasos, y ni siquiera balbuceaba porque era silente. Actores y actrices que supieron mantenerse en pie cuando el formato fue cambiando y exigiendo nuevas condiciones para quienes lo protagonizaban. Muchos quedaron atrás por no tener una buena voz o por ser excesivamente histriónicos. El cine comenzó siendo un lenguaje de gestos para después aprender a contar historias no solo mediante la fuerza de las imágenes. Recordemos al pobre John Gilbert, que según las malas lenguas dicen fue víctima de una conspiración y dejó de actuar aún demostrando buena voz y saber estar con el advenimiento del cine sonoro. Aquí, en España, grandes actores del cine mudo quedaron relegados al ostracismo, como el gran cómico José Montenegro o las grandes divas Carmen Viance o Elisa Ruiz “Romerito”; otros, sin embargo, hicieron gala de sus dotes camaleónicas y superaron la prueba darwiniana de la adaptación al medio, con sus diferentes metamorfosis. Son los casos de intérpretes como Rafael Rivelles, Aurora Redondo, Juan de Orduña, Imperio Argentina, José Crespo, Concha Piquer o José Nieto. Muchos cruzaron el charco y llegaron a Hollywood para después volver y consagrarse como “plantilla fija” en diferentes títulos emblemáticos de las distintas épocas. Actualmente, apenas son conocidos para el gran público. Los dos últimos citados nacieron en Murcia y llegaron a convertirse en rostros conocidos por el gran público. Crespo sabía muy bien a lo que se refería Jardiel, pues llevó a la pantalla su pieza teatral Angelina o el honor de un brigadier en Hollywood (divertidísima e incomprensible para el público americano). También participó en otras versiones hispanas de films míticos como El presidio o El proceso de Mary Dugan.

No obstante, fue Nieto (el actor y no el compositor, aunque éste último compusiese la partitura de una película mítica del cine mudo español como La aldea maldita) todavía más prolífico en la gran pantalla y protagonista de filmes dignos de estudio por su importancia simbólica, histórica y artística en el desarrollo del cine español e internacional. Fueron muchas las vidas cinematográficas de Nieto. Su figura de galán daría paso, como le sucedió a muchos actores (véase Paco Rabal) a la forja de un actor de carácter. La sonora y elegante voz del actor daría elegancia a sus interpretaciones, al igual que su interpretación contenida y comedida. Si bien dio sus primeros pasos en otras “plazas” (literalmente, pues llegó a probar suerte en el toreo), gracias a su fotogenia supo introducirse en la incipiente industria fílmica, participando en filmes tan dispares como Gigantes y cabezudos (Florián Rey, 1925) o La malcasada (Francisco Gómez Hidalgo, 1926) (título atípico donde actuó precisamente de torero y que, tras su trama dramática, presenta un gran desfile de figuras del panorama del momento -incluyendo las de Francisco Franco y José Millán Astray, de los que Agustín Macasoli, operador de la película, diría irónicamente que no eran precisamente buenos actores-), pronto y con el advenimiento del sonoro comenzaría a dar muestras de su talento interpretativo. Será en Hollywood donde comenzará a dar a conocer su formación como artista completo en el rodaje de películas para el público hispano, mientras que gracias a su voz podrá viajar a París para trabajar doblando películas. Llegaría a compartir escenas con Carlos Gardel en el film Tango bar (1935) -igual que el músico Astor Piazzolla haría su primera incursión fílmica al lado del astro del tango, siendo todavía niño-. Tras la Guerra Civil española, retomaría su presencia en su país de origen con títulos de sobra conocidos como Raza (aquí vuelve a cruzarse Franco en su carrera interpretativo, pues es quien firma el guión de la película bajo el seudónimo de Jaime de Andrade) o el injustamente menos conocido Café de París de Edgar Neville (1943). Un film que se creía perdido hasta hace poco, cuando fue presentado en la filmoteca por Santiago Aguilar y Felipe Cabrerizo. También coprotagonizó un interesante film de Rafael Gil (gran cineasta injustamente relegado al olvido en la actualidad) titulado La calle sin sol (1948). Llegarían después otros títulos que forman parte de la historia del cine clásico español, como Los últimos de Filipinas (Antonio Román, 1945) o Marcelino, pan y vino (Ladislao Vajda, 1955). No obstante, pocos sabrían situarle en grandes superproducciones como Orgullo y pasión (Stanley Kramer, 1957), Adiós a las armas (Charles Vidor, 1957), Rey de Reyes (Nicholas Ray, 1963), 55 días en Pekín (Nicholas Ray, 1963) o Campanadas a medianoche (Ordoño Welles, 1965). Una de sus más logradas caracterizaciones en esta etapa la llevará a cabo en Doctor Zhivago (David Lean, 1965), interpretando al sacerdote que oficia el funeral de la madre del protagonista Yuri, cuando éste es niño. La sobrecogedora e impactante escena resulta difícil de olvidar para quien se acerca al film por primera vez.

Al igual que otras caras conocidas del cine durante el franquismo como Alfredo Mayo, Nieto supo dar continuidad a su trayectoria colaborando con nuevos cineastas críticos como Carlos Saura, con títulos como El jardín de las delicias. Así mismo, seguirá participando en otros proyectos de la gran pantalla y pequeña pantalla, como la serie Cañas y barro (Rafael Romero Marchent, 1978). Nieto conocía muy bien la novela de Vicente Blasco Ibáñez, pues ya había participado en su versión cinematográfica anterior, dirigida por Juan de Orduña en 1954. Nieto continuó apareciendo de forma discreta en distintos proyectos hasta el final de su vida y hoy permanece “atrapado en el umbral” (como diría Francisco López Porcal) de la historia del cine, aún habiendo sido decisivo como para su desarrollo. Ésta le debe mucho y, aunque muestra actualmente cierta ingratitud para con él, esperemos que con el tiempo pueda situarlo en el lugar preeminente que merece. Es lo bueno de ser un medio capaz de fijar el tiempo, que siempre puede volverse a él para valorar a quien lo hizo posible en las distintas épocas.

 

 

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