Almudena Grandes, vida perdurable

Rosa Campos Gómez

Almudena Grandes se nos ha ido y hemos sentido esa punzada honda que nos ha tocado como un resorte que nos ha movido al unísono a sus lectores y a su familia y gente querida, y eso es más importante de lo que pueda parecer a simple vista. La vida lleva a la muerte emparejada, no hay quien la esquive, y la muerte duele cuando se lleva inesperadamente a las personas que apreciamos, y notamos esa tristeza porque amamos, y es hermoso que así sea.

Una marea de palabras de sentido pésame ha inundado las redes sociales y los diferentes medios de comunicación, mujeres y hombres de todas las latitudes de esta España nuestra han dado fe de la admiración y el respeto que se le ha rendido en vida. Y esa marea es indicadora de que en nuestra sociedad suceden cosas de más envergadura social de lo que puede parecer a simple vista: una escritora, a través de la palabra, nos ha adentrado en un universo que se extiende desde lo individual a lo común, con parcelas que nos han estado vedadas durante mucho tiempo, y a un mejor conocimiento de los contextos descritos; saber qué sórdidas teclas se tocaron para que graves injusticias quedaran impunes; entender qué fortalezas psíquicas enarbolaron los perdedores de la guerra, y especialmente las mujeres, para sobrevivir en un régimen que no aceptaba la libertad de ideas… Sus retratos de personajes en diferentes situaciones nos hacen comprender mejor al ser humano con sus múltiples peculiaridades, y divisar con claridad lo que dignifica y construye de lo que no.

Incansable trabajadora, Almudena Grandes, tan poderosa como cercana, ha sido una escritora que a sus 61 años nos ha  dejado un legado de conocimiento —la lectura nos hace vivir más, conocer mejor la vida— al que hemos querido entrar porque nada nos es ajeno, lo que significa que los demás, y sobre todo los perdedores, nos pertenecen, nos importan; que conocer los estragos causados nos importa, para no repetirlos; que nos incumbe saber de las necesidades de igualdad; que nos infunde arrojo la fuerza de las mujeres que en su devenir cotidiano no han perdido su esencia a pesar de los pesares, que han sabido superar las carencias impuestas y cuidar en el sentido más amplio y reconstituyente, de la energía con que han ido anhelando y estableciendo sus libertades, y de la alegría sobrevenida a todas esas pequeñas victorias de resistencia que en sus novelas siempre encontramos, con personajes protagonistas que deciden elegirla —al igual que ella hizo— a pesar de las dificultades que contengan algunos aires.

Un sentir de acompañamiento hacia su marido, Luis García Montero, e hijos, nos conmueve y une porque la geografía humana es más cercana que la física, que siempre marca sus distancias. Y un sentir de agradecimiento por la producción que nos deja, literatura hecha con garra y ternura, en la que es fácil comprender a los otros, elegir lo que nos dignifica y descartar lo que nos destruye. Y con esos sentimientos transversales percibidos lo que se demuestra es que somos una sociedad que ama los libros con contenido vital, que mantiene encendida la atracción de los valores humanos, y que posee reservas de buena salud.

Las páginas escritas por Almudena Grandes le otorgan esa vida perdurable que compartimos y agradecemos, leerlas es conocerla y conocernos mejor.

 

 

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