La belleza de María Blanchard, un artículo de Rosa Campos

      Dibujo elaborado por Rosa Campos
Rosa Campos

Un inmenso talento artístico poseía María Blanchard (Santander, 1881), y esa luminosidad que saben ver quienes han comprendido que lo bueno emparenta directamente con lo bello. Hizo frente a las vicisitudes de su vivir dando lo mejor de sí  en tiempos difíciles para dedicarse a la pintura siendo mujer, con doble desviación de columna, dolorosa y físicamente pronunciada, además.

Llegó en 1903 a Madrid, dispuesta a formarse con buenos maestros. Creció en confianza cuando, en dos certámenes nacionales  consecutivos de Bellas Artes, le otorgaron sendas medallas a sus trabajos.

Emprenderá tres viajes a París entre 1909 y 1916 –del último no regresará–. Inició este periodo llevando como bagaje, junto a una beca concedida, su genio creador, la formación profesional adquirida y ganas de seguir aprendiendo. Allí descubrió el aire fresco de una libertad desconocida.

Cuando la Gran Guerra empezó a asomar sus tentáculos, muchos creadores dejaron Francia, instalándose en la capital española, que pasó a ser el nuevo y bullicioso centro artístico europeo.  María Gutiérrez –firmaba entonces con el apellido paterno– y Diego Rivera, que pertenecían a ese ambiente, participarán en la exposición Los Pintores Íntegros, celebrada en 1915 en el Salón de Arte Moderno, primera muestra que incluyó obra cubista en Madrid –recibió feroces críticas, y tuvo, por orden policial, que modificar el escaparate–.

Para garantizarse una estabilidad económica para ella y su familia,  se presentó a oposiciones de Cátedra de Dibujo, aprobó. Fue destinada a un instituto de provincias, cuyas clases abandonó a los dos meses debido al sufrimiento que le produjeron las burlas de los alumnos.

Decidió, ante tanta amargura, volver a París. Vivió de la venta de sus cuadros –firmados ya como Blanchard, apellido de su abuela materna–, realizando importantes exposiciones también en Bélgica. Trabajó con denuedo, haciendo malabarismos económicos –una hermana y tres hijos se fueron a vivir con ella–. La muerte de sus amigos Gris y Fausch la sumieron en una honda tristeza. Una fe religiosa emergente la ayudaba a poder soportar tanto envés. Se imaginó pintando flores cuando superara el abatimiento que la invadía, pero cerró los ojos para siempre en la primavera de 1932. A su entierro acudieron su familia y amigos, y muchos indigentes, con quienes siempre compartió un dinero que nunca le sobró.

Albergaba una belleza especial que se hallaba en su ser y se halla en su obra. El cubismo que plasmó –elegante y expresivo en el color y en esa superposición de líneas que guardan memoria de la forma–, es singular, convirtiéndola en uno de los grandes referentes de las vanguardias históricas. En su última fase figurativa –con resquicios cubistas en el genuino despliegue de luz,  que no obedece a foco lumínico concreto, y en la geometrización de algunas formas – encontramos trabajos, realizados en óleo y en pastel, con temas que inducen a la contemplación reflexiva, de extraordinaria calidad e inédita factura, aunque nos parezca añeja.

En La cocinera (1923) vemos a dos mujeres en el interior de una vivienda,  una sentada ante una mesa sobre la que hay un plato y frutos por pelar, la otra es una niña que posa delicadamente las manos entre los hombros y la espalda de la cocinera,  disponiéndolas para un masaje; la ternura que se entregan la una a la otra reverbera en las miradas de ambas, que se buscan con serena alegría. En la mano derecha de la cocinera, que gira horizontalmente, alejando la punta del cuchillo que sostiene, queriendo evitar a toda costa cualquier rasguño que pudiera hacerse esa niña que se le ha acercado de tan preciosa manera, se evidencia un gesto que nos obliga a reconectarnos con la grandeza que podemos generar. El arte puede despejarnos caminos actuales, como apartar cualquier objeto o cosa –incluidas las palabras- que puedan hacer daño a otros, y curar con caricias, hasta de mirada, los dolores ajenos…

María Blanchard siempre fue por libre, fiel a sí misma, sin impostura, destacando en un mundo que era reacio y adverso a la creatividad femenina. Mujer moderna, sin ir a la moda en vestidos ni ornamentos, dotada de gran sensibilidad, llena de esa hermosura que se ve con el corazón.

 

 

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