In Memoriam, por José Antonio Vergara Parra

IN MEMORIAM

En memoria de nuestros mayores,

héroes  en tiempos de olvido.

Murieron de la peor manera: solos

Que Dios les acoja en su seno y perdone

nuestras miserias.

El tiempo transcurre muy despacio, lacerantemente despacio. No sé cuánto tiempo llevo entre estas desconocidas paredes pero me parece una eternidad. Estarás bien; te cuidarán de maravilla; o algo así me contaron cuando me trajeron. Al principio, con una frecuencia suficiente, venían; veía sus caras y sentía sus abrazos. Presencias maravillosas que se desvanecían como un relámpago en el horizonte. Hacían esfuerzos por aparentar normalidad pero nunca consiguieron engañarme. Sus ojos no mentían pues, tras gestos forzados, adivinaba si estaban bien o algo les inquietaba.

¿Cómo están mis nietos? Les inquiría una y otra vez. Bien, creciendo y dando guerra, me contestaban. Guardo fotos de ellos pero tienen tiempo y deben andar muy cambiados. Cada noche, antes de apagar la luz de la mesita y entre lágrimas, acostumbro a mirar las fotos. Sangre de mi sangre, milagro de milagros, musitaba para mis adentros mientras apretaba sus caras contra mi pecho. En sus expresivos ojos veía a sus padres y a mi esposa, fallecida de cáncer hará un siglo. Porque un siglo me parece la vida sin Fátima, mi compañera, mi amiga, mi amante, mi ángel del cielo. Parte o mucho de mí se fue con ella y que Dios me perdone por contrariar sus extraños designios, pero debí ser yo quien marchare primero. Sé que es un pensamiento egoísta pero mi ausencia habría sido más liviana para ella que lo que es la suya para mí. Ella me quiso; de veras lo creo. Pero yo la adoraba; me perdí en sus ojos para siempre desde el primerísimo instante en el que me miró. En efecto, me perdí para encontrarme definitivamente y ahora, que ya no está, me siento como un náufrago sin costa, al albur de mareas y corrientes definitivas.

Siempre consideré al tiempo como la mayor de las posesiones pero no es cierto. Aunque mi salud es quebradiza, tengo todo el tiempo del mundo para hacer lo que me plazca pero nada me place ya; todo es pequeño e insustancial. Sólo los recuerdos y sólo la nostalgia aldabean mi alma para recordarme que, pese a todo, sigue viva. En cierto modo, añorar es una forma de vivir.  El amor es la mayor y quizá la única conquista que merece todo nuestro tiempo y reciedumbre. Amor por nuestra compañera, por nuestros hijos y nietos, por nuestra familia en el sentido más hermoso y extenso del término. Amor por nuestros amigos y por el trabajo bien hecho. Al tiempo le ocurre lo que a la libertad, que son los fines los que dignifican o dilapidan su naturaleza.

No estoy enojado con mis hijos. Hace tiempo que no vienen y tampoco me telefonean. Deben estar muy ocupados. El trabajo, la casa y los niños apenas dejan tiempo para respirar. No he olvidado los rigores  de la vida. Supongo que, como en todo proyecto vital, los eriales y vergeles se suceden hasta el último hálito. Sin atajos ni trampas, luchamos  para que nunca faltase comida en la mesa, para que sus ropas luciesen limpias y almidonadas.  Fue agotador pero inmensamente gratificante trabajar cada día en casa y fuera de ella para brindarles las oportunidades que Fátima y yo no pudimos o no supimos aprovechar. Nunca tuve buen concepto de mí mismo y cuánto se me ha dado, que ha sido mucho, rara vez me pareció merecido. Soy yo el agradecido, inconmensurablemente agradecido, por la familia que el Cielo me dispensó. Nunca estuve a la altura de Fátima y mis hijos tal vez merecieron un mejor padre. Hice lo que pude, hasta donde me fue posible desde mi infinita torpeza. Mis padres, mis hermanos, mi compañera y mis hijos fueron sombras demasiado alargadas para mí.

Sobre Felipe, Juan y Sara no proyectábamos nuestros complejos o insatisfacciones que únicamente a nosotros pertenecían. Sólo queríamos el mejor de los futuros para ellos y, esencialmente, que fuesen felices y todo lo libres que razonablemente se puede ser en esta vida.

Pobres. Qué liados deben estar para no poder venir a ver a este carcamal. Pensaba.

Me encuentro mal. Llevo un par de días con fiebre alta, me duele la garganta y no consigo respirar con facilidad. Anoche, Almudena, una de las auxiliares que cuidan de nosotros, me trajo la cena a la habitación y un paracetamol de un gramo. Así se lo pedí pues apenas tenía fuerzas para levantarme de la cama y, mucho menos, para desplazarme al comedor. Al despertar, la bandeja con las sobras de la cena seguía sobre la mesa auxiliar. ¡Qué extraño!, pensé. Supongo que, sin más, olvidó retirarla.

Pulsé el mando a distancia de la televisión pero ésta no funcionaba. Un sudor frío recorría mi cuerpo y la respiración, en muy poco tiempo, se tornó excesivamente fatigosa. Pulsé el botón del interfono pidiendo ayuda pero nadie pareció escucharme. Miré mi reloj de pulsera. Eran las diez de la mañana y a esta hora el bullicio al otro lado de la puerta era lo acostumbrado. Silencio, sólo silencio, muy extraño y nada halagüeño.

Intenté chillar pero me faltaron las fuerzas. Apenas pude esbozar los labios. La vida se me iba; no sentía la gravedad de mi cuerpo. No tenía miedo pero sí un desamparo insondable. Me muero y no hay una mano que asir con fuerza. Me muero y no puedo ver a mis hijos por última vez para decirles, aunque sea con la mirada, que les quiero con toda mi alma. Que no lloren. Que perdonen mis faltas. Estaré bien junto a Fátima. Puse la cruz sobre mi pecho y besando las fotos de mis nietos, se hizo de noche mientras Fátima, a lo lejos, pareció sonreírme………………

 

 

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