En mi hambre mando yo

En mi hambre mando yo 

Salvador de Madariaga (La Coruña 1886, Locarno 1978) fue diplomático y escritor. Durante la II República ocupó las carteras de Instrucción Pública y Bellas Artes, así como la de Justicia. Liberal y europeísta, combatió desde las ideas tanto al comunismo soviético como  la dictadura franquista. Madariaga confesó su inapreciable interés por lo económico, algo más por lo político y todo por lo humano. Exiliado al Reino Unido, no regresó a España hasta la muerte del Caudillo en 1975. En 1931, Madariaga escribió un libro titulado “España”, en el que se recoge esta maravillosa anécdota:

Sitúense. Andalucía en días de latifundios y república. Cercanos los comicios, uno entre tantos caciques congrega a sus braceros y les insta a decantarse por un determinado candidato, a cuyo efecto reparte monedas para todos. Uno de ellos rechaza el oprobio y, arrojando las monedas al aire, sentencia: “En mi hambre mando yo”.

Una frase, real o figurada, que entona un estimulante cántico por la libertad y la dignidad. Dos conceptos inseparables pues no habrá libertad sin dignidad ni dignidad sin libertad. Un asalariado con ínfimo margen de maniobra, cautivo de una sociedad donde la riqueza de unos pocos se edificaba sobre la miseria de muchos. Un jornalero que, aún en tan adversas circunstancias y aún previendo las consecuencias de su santa insolencia, fue capaz de henchirse de orgullo para darnos una lección magistral.

Con toda razón culpamos a los políticos por cavar profundas trincheras y levantar prominentes muros. Pero éstos no surgieron por generación espontánea sino que brotan de una sociedad afanada por segregar y jerarquizar la especie humana. Y de eso hablaré hoy; del ansia patológica por marcar distancias y alturas entre iguales. Y de cómo la llaneza y mansedumbre del pueblo nos puede y debe salvar de tanta majadería.

Los hechos demuestran que cuando al primate erguido (“homo erectus”) le llamamos “homo sapiens” fuimos demasiado pretenciosos. ¿Acaso la Historia no es una sucesión de sometimientos al prójimo para despojarle de su consustancial dignidad? ¿Importan los motivos? Hubo quienes creyeron, todavía lo creen, que por sus venas corre sangre de color cobalto, que provienen de linajes y estirpes ungidas por los dioses. Será por eso que, tras los debidos trámites registrocivilísticos, intercalan la preposición “de” entre sus patronímicos paternos y no satisfechos del todo tiran de la conjunción “y” para unir los primeros con el materno. Pero no se me enfaden con el ejemplo pues me consta, y bien que me parece, que el orden apellidante puede invertirse.

No caeré en la iniquidad pues he conocido gentes de buena cuna y mejor corazón que, con apellidos simples o compuestos y a escondidas de escribanos y fotógrafos, mandaron en su fortuna para hacer el bien entre sus semejantes más desamparados. Y no lo hicieron por una caridad impostada sino por justicia.

Sepan ustedes que los hidalgos eran los hijos de algo. El resto a galeras pues no debían tener padres o, de tenerlos, no llegaban siquiera a algo. Con mucho, semovientes de apariencia humana. Y si tenías caballo pues era caballero (del latín “caballarius”) Dime de quién eres hijo y qué carro conduces y te diré quién eres o quién puedes llegar a ser, pues las palabras cambian pero no así las realidades que describen.

La santidad también tiene su precio pues para subir a los altares hay que soltar la mosca. De haber milagros por medio la factura se eleva pues la comisión “ad hoc” querrá cobrar sus aranceles, ¿o más bien estupendos estipendios? Tener un santo, un beato o un mártir debidamente certificado confiere pedigrí a la prole, y un interlocutor en el cielo puede ser de lo más útil. Afirmo que hay santos y mártires entre nosotros pero no creo que necesiten salvoconductos. Y fue entonces cuando Jesús la emprendió a latigazos contra quienes mercadeaban en su nombre…….Jamás las escrituras le describieron tan enojado.

No sé bien por qué recuerdo esto.

Les confieso, sin pudor alguno, que tengo un santo en mi familia pero ni él necesita refrendo ni yo puedo costear su oficialidad.

Yo, como Groucho, jamás pertenecería a un club que me admitiese como socio. Detesto los círculos circulares donde sólo unos pocos son llamados y admitidos. Mejor entre desheredados, junto a repudiados y pecadores como María Magdalena que, contrita, enjuagó con sus lágrimas los pies del Nazareno. Sí; ésa; la presunta ramera fallidamente lapidada por santurrones, mojigatos y demás gazmuños. Me jugaría los cuartos que entre los verdugos hubo quien se sirviera de sus favores. Como si lo estuviera viendo pues entonces, como ahora, se tiraba de la penitencia delegada; es decir; para mí el gozo, para ti la contrición.

Penitencia delegada cuando no usufructo confiscado. Que se lo pregunten a los señores feudales que, por detentar el derecho de pernada (“ius primae noctis”), podían beneficiarse a la legítima del vasallo en la mismísima pernocta nupcial. Enésimo y repulsivo ejemplo de cómo los canallas se han servido del miedo y el poder para descuajar a los necesitados del más ínfimo rescoldo de dignidad.

No ha mucho tiempo que niñas desamparadas servían en residencias de postín por comida en hora nona y en vísperas una merienda. En tal caso, no mandaban ellas en su ayuno legado sino la compasión resudada y genuflexa. “Al menos comían”, replicaría la señora. Pues también es verdad, duplicaría yo. Será por esto y mucho más por lo que cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor. No más Azarías, ni más Señoritos Ivanes, ni más Pacos bajos que, cuán podenco sabueso, arrastrábase por la tierra, olisqueando la hierba para hallar la pieza menor. Tres interpretaciones antológicas sobre tres realidades dantescas que nos recuerdan lo que fue y jamás debe volver a ser.

No. Una sociedad no hallará descanso mientras la dignidad de todos y cada de nosotros no esté garantizada. No mancillemos hermosas palabras como democracia, libertad, paz y justicia mientras uno sólo entre los nuestros languidezca de hambre o indignidad, porque el pan es al cuerpo lo que la honra al alma. Nunca más sometamos a nuestros semejantes a esa terrible dicotomía entre albedrío y comida.

En mis sienes resuenan los gritos desgarradores de Charito, la pequeña de Paco el bajo, clamando auxilio a una sociedad que no veía ni escuchaba. Alaridos de una España profunda y encorvada, de manos encalladas y arrugas en las entrañas para los que la vida, como predijo la de Ávila, Santa Teresa, fue mala noche en mala posada.

Nunca me importó cuán largo fuere el yate de aquél, ni cuán vistoso su auto. Nunca me entretuve en contar los palos de golf de aquel otro, ni en las vistas de su apartamento de Baqueira Beret.  Si el sudor y el dinero son limpios bienvenido sea ese bienvivir. Dicen que gastando (que es gerundio), trabajan (que es presente) los ganapanes. Y debe ser verdad pues mejor el circulante que el acopiado e inerte en alguna caja sombría o paraíso fiscal. Mientras las fronteras piden papeles, todas, y erres haches, algunas, los edenes tributarios son y serán zonas francas donde los cuartos campan a sus anchas. La ética es para los robaperas y zampalimosnas pero no para tragavirotes de porte distinguido y amistades peligrosas. Porque en España, para merecer respeto y no hilaridad, hay que robar a lo grande, a mansalva. Lo saben bien los bienduchados de cuello blanco y sonrisa etrusca que nunca devuelven lo robado, sustraído o distraído.

Por mi, bien. Permanezcan en sus suntuosas jaulas de oro, entre dunas y greens, martinis y borjamaris. Háganse llamar como plazcan y sucedan al nombre con cuantos apellidos sea menester. Codéense con la nata y olviden la chusma. Para serles sinceros, no me interesa ese mundo; nunca me sedujo lo más mínimo.

Dicen, y es verdad, que el dinero no hace la felicidad pero no es menos cierto que aplaca los nervios y engendra cretinos. Porque el problema nunca fue la pasta, la pigmentación de la piel, el linaje, la cultura o la religión. En absoluto. La cuestión fue otra; acaso el alma ennegrecida del hombre que eligió al infierno en vida mientras ignoró su consciencia.

El dilema diabólico al que nos enfrentamos desde el origen de los tiempos sigue siendo el mismo;  que unos pongan precio a la dignidad y otros se vean compelidos a malvenderla.

 

 

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