El condenado de Cieza que leía a Dumas

El Romanticismo tocó al ciezano Bartolomé Piñera Ruiz, sentenciado a muerte en los albores del siglo XX

Miriam Salinas Guirao

Bartolomé Piñera Ruiz fue a su juicio vestido con un traje claro y un pañuelo de seda al cuello. Lucía bigote negro, como su cabello, que colgada sobre sus sienes. Vio en su situación las cuitas literarias de las novelas románticas. También vio el final de su proceso, que por suerte no seguiría la estela kafkiana.

Y sin embargo, su rastro no comienza por él, sino por un ilustre diputado por Cieza. Me refiero a Joaquín Chapaprieta. El 30 de septiembre de 1902 El Correo de Levante nombraba al “distinguido abogado” –Joaquín Chapaprieta- y al procurador José Salvat, que presentaron escrito de calificación como representantes de la acción popular en la “célebre causa”. La célebre causa se refería a un robo con homicidio. Los hechos se remontaban a la noche del 23 de noviembre de 1901. El diario no escatima adelantando sentencia: condenaba a Bartolomé Piñera Ruiz con las “circunstancias agravantes” de: “alevosía, premeditación, abuso de superioridad, nocturnidad, ofensa y desprecio del respeto por la edad del interfecto, realización del crimen en su morada y vagancia en sentido legal”. La representación de la acción popular pedía que la vista de la causa se celebrara en Cieza, junto con otro asesinato, el de la llamada calle Cartas. Los sucesos de primeros de siglo dejaron Cieza helada. Se entonaban culpables, se esperaba venganza, se precisaba conocer y ser partícipes de los desenlaces de las causas. La petición se hizo realidad y los dos juicios se celebraron en el pueblo que derramó la sangre.

Antes de hablar de Bartolomé, presentemos al que pereció aquella noche de noviembre. Su nombre era José Moreno Piñera, y le llamaban ‘el chulico’ (El imparcial 1 de marzo de 1904), era un comerciante de avanzada edad. Era pariente del sospechoso y su infausto cadáver fue descubierto por el cartero: se encontraba sentado en la silla de su tienda (El Imparcial 20 de febrero de 1904).

No se debe pasar por alto el juicio que se celebraría el mismo día: el Chavas, el Maleno y el Carreras, sospechosos –y condenados después- por el crimen de la calle Cartas. La persona que nos ocupa es Bartolomé Piñera Ruiz, el condenado que leía a Dumas, quien defendía su inocencia, y cuya culpabilidad se dedujo por “acusaciones de los procesados en la causa –de la calle Cartas- pues a todos se les suponía y según parecía con fundamento, en comunicación y acuerdo para la realización de estos y otros delitos” (ídem).3

1904 fue un año bisiesto y el Romanticismo, que llegó tarde a la escena literaria española -que no a su idiosincrasia- permanecía en suspensión en el ambiente. El 29 de febrero se reunían en el ayuntamiento centenares de personas y el condenado. El gentío esperaba y se deshacía en “mueras y silbidos”. La creencia general mantenía que Bartolomé pertenecía a la cuadrilla del Chavas y compañía, y bastó que el Carreras declarara que le propuso el crimen. El abogado defensor se indispuso y colocó al joven Gabino Ruiz, actuando de oficio y debutando en el juicio.

A las nueve de la mañana salía de la cárcel Bartolomé. El local estaba completamente lleno “asistiendo las mismas señoras que lo hicieron en la causa anterior”, describe el corresponsal de El Imparcial. A las diez de la mañana ocupaba el banquillo el procesado. Leyva, el corresponsal que enviaba la crónica por telégrafo, reparaba en detalles: “Este es de superior nivel social que los reos de la causa anterior. Su aspecto es bastante chulesco, usa bigote negro, lleva el pelo echado sobre las sienes y viste traje claro, pañuelo de seda al cuello y gorra verde a la cabeza”. Al comienzo de esta investigación se nombró a Chapaprieta, que se encontraba en la sala, sosteniendo la acción popular y que así lo seguiría haciendo los días que durara el juicio.

Bartolomé no estaba conforme con la celebración del juicio faltando su abogado y protestó, pero el juicio continuó. Tras el turno del fiscal y de la acusación privada se procedió a la deliberación y se acordó suspender el proceso por veinticuatro horas para facilitar al reo la conversación con su abogado y darle margen para que se repusiera. A las 16:30 horas del mismo 29 de febrero, Leyva informaba: “Aunque se había acordado que el procesado permaneciera en el ayuntamiento, el pueblo, creyendo ver en tal medida una justificada preferencia en favor de Bartolito, se estacionó frente a la Casa Municipal, lanzando estruendos, mueras y pidiendo que el reo fuera llevado a la cárcel. El presidente en vista del tumulto, ordenó la conducción, que se verificó a las doce y media, siguiendo al preso hasta la cárcel la multitud sin cesar de gritar” (El imparcial 1 de marzo de 1904).

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“No era cárcel modelo, sino modelo de inquisición”

El Bartolito aparecía en la prensa nacional, sus cuitas eran enviadas a Madrid a la espera del desenlace. El siguiente día de juicio las declaraciones de testigos ocuparon la escena. Testigos que lo situaban cerca de la casa del asesinado. Especial interés tenía el testimonio de José Carreras, que ya había sido condenado a la pena máxima, quien negó que Bartolito le hubiera propuesto robar cuatro mil pesetas al “viejo pusilánime” y aseguró que quien días atrás le hizo verdaderamente la proposición fue Encarnación, que falleció antes del juicio. Carreras explicó sus declaraciones del sumario, que se debieron “al afán de evitar los castigos que se infligían en una que no era cárcel modelo, sino modelo de inquisición”. Así mismo, afirmó que el procesado, Bartolomé, solo le propuso escribir cartas a comerciantes mientras que Encarnación le amenazó con cortarle el cuello si hablaba de la muerte del Chulico (José Moreno).

Contradicción en los testimonios

Otro testigo de relevancia, que se acogió a su derecho de no declarar, fue Manuel Piñera, hermano de Bartolomé. En el sumario quedó registrado cómo Manuel afirmaba que su madre le había dado un puñal ensangrentado, mandándole que lo tirara al río. Desde presidio llegaban, al contrario, dos testimonios en apoyo de Bartolomé: Francisco Candel dijo que Encarnación le había dicho días antes de morir que Bartolito era inocente y quienes habían cometido el crimen fueron ella misma y otro que se hallaba en libertad; otro testigo, Pascual Lucas, oyó decir a Encarnación que Bartolito era inocente (El Imparcial, 3 de marzo de 1904). Bartolomé escuchaba atento y provisto de lápiz y cuartillas no cesaba de tomar notas, así lo reflejó el corresponsal delegado para el caso, de nuevo Leyva.

El 4 de marzo El Imparcial, diario nacional, que había seguido el caso no fallaba. Cubría el desenlace. De nuevo, como al comienzo de este texto, Chapaprieta, “elocuentísimo”, empleó cuatro horas para su alegato. El defensor de Bartolito seguía siendo el joven Gabino Ruiz que hizo “laudables esfuerzos, luchando más todavía que con su inspiración en las lides forenses, con los aplastantes argumentos de Chapaprieta”.

Bartolomé escuchaba inmóvil, con los ojos clavados en las rodillas y sosteniendo su cabeza con ambas manos. En su turno, se levantó con resolución y pronunció un discurso de más de media hora. “En él, con fácil palabra, ha rechazado los cargos, argumentando en su favor. Teniendo frases elocuentes, dijo a los jurados que nadie es infalible, y que existe una fatalidad, que puede hacer que los hijos de los jurados se hallen un día en la situación en que él se encuentra ahora. (…) Terminó su alocución diciendo que, si le creen culpable, hagan caer sobre él todo el peso de la ley, pero que considere el jurado que un error puede privarle del más sagrado de los derechos que tiene el hombre: el derecho a la vida”, describía atento Leyva.

La balanza de la justicia se tambaleaba. La resolución del caso se acercaba. Cincuenta minutos tardó el tribunal en volver a la sala para dar lectura al veredicto: culpable. El defensor pidió la revisión y se le negó. Pena de muerte con indemnización de 5.000 pesetas.

“Cita novelas de Alejandro Dumas y otro autores, diciendo que su situación es análoga”

En el espacio de dos horas que mediaron entre el veredicto y la sentencia, Bartolito no dejó de hablar jovialmente con varias personas (El Imparcial, 4 de marzo de 1904): ”Como enterado de las leyes, sabe que tardarán meses en verse el recurso ante el Supremo, y presume que no ha de serle difícil conseguir el indulto. Con sin igual frescura habla de su amistad con Carreras, presentando a este como un tipo simpático. Cita novelas de Alejandro Dumas y otros autores, diciendo que su situación es análoga a muchos de los personajes de aquellas”, así lo plasmaba el corresponsal, un reo embebido en la literatura del Romanticismo. La vuelta a prisión no fue tan intensa: el tránsito era en silencio. Al llegar a la cárcel pusieron al reo grillos, lo que le hizo exclamar: “Esto es lo peor”, -y añadió a las personas que estaban en el zaguán- “señores, hasta otra. Que todos sigan bien”

El 8 de junio de 1904 La Época publicaba la admisión de derecho del recurso de casación contra la sentencia de muerte, pero no sería hasta el año siguiente cuando se le otorgó el indulto, junto a los condenados por el crimen de la calle cartas. Ocurrió en el acto de la Adoración de la Cruz. Entonces tenía Bartolomé 34 años, desconsuelos, recuerdos de su proceso, y un cuello sin garrote ni cuerda.

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