Alberto Closas, “casi un caballero” de Hollywood

 Javier Mateo Hidalgo

Pocos intérpretes en la escena española han demostrado un saber estar y una elegancia como las de Alberto Closas. Habría que pedir permiso a un Fernando Rey en todo caso, que galantemente nos cedería su puesto.

El pasado 30 de octubre se cumplieron 100 años del nacimiento de Closas, quien vino al mundo en 1921 en Barcelona. Su padre, Rafael Closas Cendre, era un abogado consejero de la Generalidad, y se preocupó porque su hijo recibiese una educación europea en lugares como Reino Unido y Francia. Ello influyó sin duda en su personalidad cosmopolita. Su formación continuó en la etapa adulta, ampliándose a otros países como Argentina, debido a que la familia hubo de exiliarse tras la Guerra Civil, dado el cargo que ostentaba el padre. Allí conoció a otra exiliada, Margarita Xirgu, con quien se inició en la técnica interpretativa. De ella llevaba siempre una fotografía consigo. “Todo lo que he llegado a ser en mi profesión ha sido gracias a doña Margarita”, afirmaba. Así, reconocía sentirse acompañado por el fantasma de su maestra en cada interpretación, “oyendo su voz” y sintiéndose “empujado por su mano” al escenario.

Fue siendo actor cuando coincidió ante las cámaras con otra famosa, aunque en este caso de la política: María Eva Duarte. Será en el film La pródiga (1945), basada en una novela de Pedro Antonio de Alarcón y adaptada al cine por Alejandro Casona (durante su exilio, al igual que Rafael Alberti y María Teresa León harán con La dama duende de Calderón). Para ambos será su primer papel protagónico, en una época donde incluso compartirán apartamento. Después, el mundo la conoció como Eva Perón y el film quedó maldito al no estrenarse.

Entre sus 20 y 25 años, Closas había interpretado dos docenas de películas en las que incluso cantó, echándole “más rostro que un buey con paperas” (también hizo de Tarzán en el teatro, porque “a esa edad se hace de todo”). A  su vuelta a España, fue tocado por la suerte al ser elegido por Juan Antonio Bardem para el magnífico film Muerte de un ciclista (1955). Fueron los productores Cesáreo Gonzalez, Benito Perojo y Manuel Goyanes, quienes conocieron al actor en América y entendieron que daba el perfil, recomendándole. Closas interpretó aquí uno de sus papeles más recordados: Juan, hombre soltero que vivirá una relación secreta con una mujer casada, Lucía Bosé; su durabilidad imposible saltará por los aires tras ser cómplices de un homicidio involuntario y tratar también de ocultarlo. El espíritu ético e íntegro del protagonista despertará su conciencia, tratando de enmendar sus errores. Llegarían después otros papeles en similar tono de film noir, como el que desarrollaría en Distrito quinto (1957). Unos éxitos que le llevaron a otros en el celuloide, la televisión o las tablas. Interpretará junto con Conchita Montes y Rafael Alonso el emblemático film de época de Neville (y su obra previa de teatro) El baile (1959), en el que dos hombres se disputarán durante toda su vida el amor de una dama.

Aún habiendo desarrollado parte de su carrera en América, a Closas le faltó debutar en Hollywood (como su tantas veces compañero de escena José Luis López Vázquez). Desde luego, habría dado la talla. Hay quien se ha llegado a referir a él como el Cary Grant español. Y es que Closas será ese sempiterno galán que apenas perdía los estribos (salvo en las tomas falsas de la serie Las doce caras de Juan (1967), donde le vemos espetar -como todo mortal que en algún momento siente flaquear su paciencia- “¡me cago en la leche puta!” o “¡estoy hasta los huevos!”). “Yo no soy un hombre de mal carácter. Soy un hombre de carácter, que es muy diferente. Soy escorpiano”. Y es que hasta los santos tuvieron su talón de Aquiles por ser, antes que divinos, humanos (y si no que le hablen a San Agustín de la debilidad de la carne). Así nos lo recordaba Closas citando al santo Job en el personaje que le reportó el aplauso popular: el padre de La gran familia. Y es que el camino de la perfección de este actor fue demasiado recto, a fuerza de paciencia “jobiana” y virtud “santateresiana”. De ella tomó sin duda el ejemplo de esa “loca de la casa” que era la imaginación, con la que se puso en la piel de tantos personajes galantes. Ello no le impidió hacer algún papel de pícaro escondido bajo su gabardina, como el ladrón sofisticado de Casi un caballero. Sus últimos años se encontraron plagados de personajes de época, tan propios para su percha, que parecía sacada de la ilustración o el Siglo de las Luces. Con esa luz iluminó las bambalinas de esos años oscuros en la España de posguerra, ampliándolos después en películas como Esquilache y El maestro de esgrima, o en series como Goya. Su carácter templado no era enemigo de la vitalidad mediterránea, que lo volvía enérgico y le otorgaba gran personalidad, sin faltar por ello a los buenos modales.

Incluso al final de su vida, cuando surgió el cáncer de pulmón, quiso seguir adelante y vivir, pensando que su espíritu batallador podría doblegar a esa enfermedad tan presente en nuestros tiempos. Representaba una obra teatral cuyo título parecía advertir la función de su propia vida: El canto de los cisnes. “Al cáncer que le den morcilla”, dijo en un evento en el Mayte Comodore, ya sin pelo (se lo afeitó porque prometió que nunca se le caería), en un momento de esos nueve meses en los que batalló sin bajarse del escenario. El broche de oro a su carrera -la Medalla al mérito en las bellas artes- lo recogió en 1994, tres meses antes de su final. El punto final de una trayectoria plagada de éxitos dentro y fuera de su profesión (como sus cinco hijos, a los que se refería como sus “cinco éxitos”). Y, aunque reconoció haber cometido errores (uno de los más trágicos, el de convertirse en empresario de un teatro que fue pasto de las llamas en Argentina, y que a punto estuvo de llevarle al suicidio, con pistola de por medio), su grandeza radicaba en no arrepentirse de las decisiones tomadas, pues, como él mismo dijo, “de volver a vivir, volvería a cometer los mismos errores. No me arrepiento de nada”.

 

 

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