Abuelas de acero, según María Bernal

Abuelas de acero

Mi madre siempre me ha dicho que las madres de ahora se quejan automáticamente por todo. Sus motivos tendrán, no lo pongo en duda, además de que cada persona tiene una serie de circunstancias a las que hacer frente y que desconocemos. Pero a ella, le llama la atención cuando recuerda a las de antaño, a la suya; a esas abuelas de acero que no se quejaban porque eran fuertes como un roble a pesar de las necesidades que muchas tenían. No vivían con los lujos de ahora, sin embargo, eran mucho más felices que nosotras.

En algunos casos, la queja viene asociada al egoísmo. Según el filósofo inglés, Thomas Hobbes, el hombre es egoísta por naturaleza y ante la búsqueda del beneficio propio y la satisfacción de sus propios intereses, recurre al lamento continuo y al llanto fácil, capaz de conmover a una sociedad que conforme pasan los años se vuelve más susceptible. Y claro, la gente se apiada y piensa en voz alta que “demasiado tienen encima”. ¿Estamos seguros de que demasiado tienen encima? Puede que lo tengan, pero echemos un vistazo a la época de nuestras abuelas.

Aquí en Cieza, muchas se levantaban a las cuatro de la madrugada para poder lavar en la Fuente del Ojo, situada más arriba del Camino de la Fuente. ¿Y por qué madrugaban tanto? Había un motivo de fuerza mayor, había una razón de higiene. Si llegaban más tarde, no podían situarse en la parte de arriba, por donde salía el agua limpia. Si no conseguían esto, sabían que tenían que lavar con agua sucia de otros lavados. Y claro, a veces esperaban que el agua saliera más clara, una vez que hubieran terminado las mujeres que estaban arriba; pero no siempre era posible porque tenían que llegar pronto a casa para irse a trabajar.

Ahora, tenemos una lavadora maravillosa que nos hace la colada a click de un botón. Pero siempre nos hartamos porque tenemos que ponerlas. ¡Qué cómodo es tender en casa! ¡Qué gran invento la secadora!  Antes, solo había una única opción. Y es que una vez acabado el lavado, era imprescindible retorcer la ropa al máximo (yo lo hago con las prendas que lavo a mano y luego me duelen hasta bien pasados unos minutos) para que pesara lo menos posible, ya que tenían que trasladarla a sus casas en un barreño que cargaban en sus cabezas, sin pausa alguna porque no podían llegar tarde a trabajar. Entonces no había justificación alguna. Y ahí estaban más rectas que un palo, sin cansancio, sin dolores aparentes, solo mostraban esa fortaleza tan típica de las mujeres de antaño.

Además, en muchas casas no había agua potable y tenían que bajar al río para fregar. Tampoco tenían plancha eléctrica; se trataba de una plancha de hierro, la cual pesaba bastante y funcionaba calentándose con carbón y soplando por un agujero trasero para que esta no se apagara. Y ahora basta un enchufe para que esté listo el planchado.

No es que ahora seamos peores mujeres, ni mucho menos. Pero sí es evidente que nosotras ya no estamos hechas de la misma pasta de la que sí estuvieron hechas nuestras abuelas. Nos lo han dado todo hecho prácticamente y, ante el mínimo agobio, se nos cae la casa encima y nos entran los episodios de ansiedad. Nada malo, ni mucho menos, pero siendo muy consciente de que somos una generación que se queda a años luz de la de nuestras abuelas.

Nos quejamos por todo (con motivo y sin él), teniendo más lujos y más posibilidades que tuvieron nuestras abuelas, las que trabajaban y criaban sin conciliación familiar alguna y sin la igualdad de oportunidades de las que ahora nosotras gozamos. Y ellas no se quejaban, porque aunque lo hicieran, poco o nada iban a conseguir.

Nuestras abuelas fueron unas auténticas heroínas, supervivientes de una época que no les puso nada fácil su día a día, y sin embargo, ahí estaban trabajando y criando, sin tiempo para quejarse, solo para disfrutar de su día a día en la medida que las circunstancias les permitieran.

Muchas veces pienso en todo lo que me cuenta mi madre y me enorgullezco de todas esas mujeres cuyo estilo de vida era más sencillo y más natural, de esas que disfrutaban sin nada y que no se quejaban por todo; por todo aquello insignificante por lo que ahora ponemos el grito en el cielo. Ojalá aprendiéramos a comportarnos como ellas, ojalá su sombra fuera la nuestra; lloraríamos menos y gozaríamos más del verdadero sentido de la vida.

 

 

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