En el entorno del Cañón de Almadenes

Una visión de un enclave singular

Rosa Campos Gómez

En todo vivir hay una creatividad anónima que colabora en mejorar los días, manifestada en actitudes y lugares. La intención del hilo que teje este artículo va puesta sobre esa cualidad llena de sencillez, partiendo de algunos hechos y paisajes entrañables:

El Cañón de Almadenes es un enclave singular que enlaza a Calasparra y Cieza mientras acuna al río Segura, emblemático caudal que ha abastecido a grupos humanos de diferentes civilizaciones que han ido dejando sus huellas en los numerosos abrigos abiertos en su entorno. Un periodo reciente y significativo de su historia se inicia a partir de la construcción y puesta en marcha de la central hidroeléctrica y llega hasta principios de los noventa, cuando las nuevas tecnologías redujeron al máximo la mano de obra. Esta etapa –iniciada alrededor de 1922– favoreció la convivencia de numerosas familias de diversas procedencias culturales, como las de agricultores que trabajaban los campos de secano y los de regadío de los parajes colindantes, de técnicos electricistas, de albañiles, de operarios de distintas especialidades y también la del ingeniero jefe, que tenía allí su residencia.  Los hombres ocupaban los diferentes puestos remunerados, las mujeres desempeñaban múltiples labores sin recibir salarios –lo más frecuente en cualquier país de ese ayer no tan lejano–.

Todas estas familias generaron un núcleo rural urbanizado, formado por las casas que tenían los agricultores y los tres cuarteles de viviendas para los trabajadores de la central que construyó la empresa hidráulica; en uno de ellos –donde ahora se ubica el Centro de Interpretación– estaba la escuela, atendida por sucesivas maestras que residían en la casa contigua durante el calendario escolar, y a la que acudían niños y niñas de Los Losares, Cañaveral, Veredilla y Hoya García. El aula se mantenía caldeada en los meses de invierno gracias a los botes con brasas que las madres preparaban para que sus hijos e hijas se los llevaran a clase, porque la estufa de serrín y leña no daba el calor necesario. Este local se convertía en los días festivos en nave de iglesia que congregaba a quienes iban a la que misa oficiaba el cura de turno desde el altar que se guardaba tras las enormes puertas de madera que se mantenían cerradas durante la semana. Su mantenimiento lo llevaban a cabo las mujeres, practicando diferentes oficios: diseñaban y realizaban los tapetes bordados que lo adornaban, así como los paños blancos que limpiaban el cáliz y la bandeja con las vinajeras; lavaban y planchaban las vestiduras que el sacerdote llevaba según los distintos tiempos litúrgicos; limpiaban y adornaban con flores la estancia cuando era iglesia, y las alumnas mayores hacían la limpieza cuando era escuela.

Además, desde tiempos inmemoriales solía desarrollarse una actividad que fue decayendo en los años setenta, extinguiéndose en los ochenta. Se daba en la margen izquierda del río, a unos trescientos metros del término del Cañón, en la fuente conocida popularmente como el Gorgotón, cuya agua transparente, y cálida en invierno,  convocaba a las mujeres de los parajes del entorno y de La Hondonera calasparreña, sobre todo cuando venían las aguas turbias o en los fríos diciembre y enero, para lavar la ropa en el agua que allí brotaba, tan apetecible en esos meses por su templada temperatura, ya que facilitaba la colada e invitaba al baño corporal, del que salían renovados, haciéndoles superar en buena medida el cansancio que tan dura tarea conllevaba…  Las horas que allí pasaban, ya metidas dentro del agua restregando la ropa en la losa y aclarándola, ya tendiendo las sábanas en los grandes peñones y las prendas menores en las siscas, era a la vez un tiempo de confluencia social en el que intercambiaban ideas y experiencias.

Fueron habitantes vitalistas que procuraban gratos encuentros, enriqueciendo culturalmente la vida de todo el entorno. La solidaridad y el compañerismo generaban un ambiente en el que nunca se descartaba la ayuda recíproca. Se reunían para colaborar en las siembras o cosechas de la huerta, cuando se echaba tomate y melocotón en conserva, en la matanza de cerdo, para diferentes celebraciones, entre ellas la carrera de cintas; también para hacer dulces navideños, para cantar villancicos de casa en casa y para compartir entre los más pequeños los regalos que los Reyes Magos entregaban, quienes retornaban hacia Oriente a primeras horas de la madrugada, después de dejar que sus caballos comieran en los grandes capazos con paja y cebada que siempre les preparaban… Todo esto pertenece al recuerdo de un tiempo valioso.

Sigue en pie el murmullo del agua río abajo, el piar de la variedad de aves que sobrevuelan su cielo o descansa en las alamedas. Las hermosas tonalidades de  los amaneceres en verano que acontecen por el Cañaveral, o las de los atardeceres sobre el Cañón y las sierras que le dan vida y paredes… Regalos regios que este majestuoso espacio nos ofrece.

El entorno del soberbio Cañón de Almadenes está formado por parajes que poseen una belleza salvaje, cincelada por la naturaleza y sembrada por los vientos y los pájaros, y otra belleza más útil y doméstica, generada por mujeres y hombres que lo han ido habitando y cuidando.

 

 

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