Cautivos de las pantallas, según María Bernal

Cautivos de las pantallas

La necesidad de justificar todo en las redes sociales se ha convertido en un acto de obligado cumplimiento en un siglo en el que la gente ha perdido el miedo a mostrar la intimidad, al haber optado por venderla a coste de “un like” para que todo el mundo sepa quién es, a qué se dedica, dónde está, qué come, qué lujos tiene, entre otros menesteres de nuestra vida que, difícilmente, van a ser ocultados.

Es como tomar un fármaco de tratamiento crónico. Nos despertamos y lo primero que hacemos es coger el teléfono, bien por distracción, bien para leer la prensa, bien para consultar nuestra agenda. Yo me incluyo, eso sí, no con la necesidad y el desasosiego de tener que dar cuenta de todo lo que hago al día. Primero, por seguridad; segundo, porque no soy partidaria de que un perfil en las redes sea el espejo de mi vida.

Lógico es usar el móvil para distracción y aprendizaje, ilógico es el hecho de inmortalizar y mostrar aquellas parcelas que forman parte de nuestra vida privada minuto a minuto. Y sí, “en mi muro publico lo que me da la gana”, pero los límites del espacio virtual se han traspasado, hasta el punto de que no hay plato de comida, calorías quemadas, conciertos, viajes que queden sin ser fotografiados  y sin ser expuestos.

Son muchos los psicólogos los que apuntan que este comportamiento compulsivo obedece a la inestabilidad del ser humano y a una necesidad inmediata de recibir la aprobación de sus seguidores con el fin de aumentar su autoestima. Por un lado, es comprensible que la gente se entretenga en las redes sociales: un vídeo de humor, memes con los que nos identificamos o contacto con personas que tenemos lejos. Ahora bien, estar continuamente exhibiendo nuestro día a día es lo que la gente no concibe como una amenaza alarmante hacia nuestra persona, porque las políticas de privacidad no nos protegen prácticamente de nada.

Pero pensemos un poco. Todo usuario sabe que, en el momento en que publica una foto en FaceBook, Instagram o WhatsApp, esta pasa a formar parte del espacio virtual. Después, es cierto que todos tenemos en nuestros perfiles o, al menos, debemos tener a personas a las que conocemos. Pero claro, ese contacto puede hacer captura, esa captura empieza a circular hasta llegar a un incontrolable número de usuarios, siendo en su mayoría desconocidos para nosotros.

Se puede tratar de baja autoestima, pero también hay casos que se alejan de este planteamiento. Y es que en una sociedad, en la que las apariencias se han multiplicado, muchas personas quieren mostrar una imagen idílica de su vida y de su familia, con autoestima y sin ella. Lo que pasa es que lo que no se puede mostrar en persona, es fácil hacerlo a través de los filtros de las redes sociales.

Esto no significa que todos los que publican imágenes lo hacen con esta intención, pero lo que está claro es que cada vez son más las personas que quieren parecerse a las influencers al hacer lo mismo que ellas, al expresarse con ese tono de una voz tan tontaina que las deja como idiotas. Recuerden que idiota no es un insulto. Por no hablar de esos hashtag tan sumamente insulsos que utilizan y que parece que las convierten en superpersonas, superamigas y amigos, supertrabajadoras y trabajadores, superhijas e hijos y supermadres y padres.

¿Y la potestad que tienen los padres para exponer minuto sí, minuto también a sus hijos desde el momento en que vienen al mundo? Respeto, pero no comparto.

Hablamos de la adicción que los jóvenes tienen a Internet, sin embargo, no nos damos cuenta de que son estos propios padres los que desde muy pequeños los embarcan en este mundo de exposición global: fotos y vídeos de todas las facetas que son capaces de llevar a cabo, con el afán de querer mostrar que tienen a los mejores hijos del mundo.

Y esto es un problema. El propio juez de menores, Emilio Calatayud, ha juzgado severamente a estos padres que lo único que consiguen es que, pasados unos años de mostrar a sus hijos en redes, estos generan una dependencia difícil de tratar, hasta el punto de que él mismo ha mandado a centros de internamiento a chavales que les han pegado a sus padres por no dejarles el móvil. También lo hemos visto en las aulas.

Luego, hay otro asunto más grave: no somos conscientes de los perturbados mentales que hay por la red apropiándose de fotos de menores. “A mí no me va a pasar”. Sí, pero no vivimos en el país de las maravillas, y nos exponemos a que estos energúmenos descerebrados puedan hacer de las suyas con nuestras imágenes.

Urge una importante terapia para canalizar las emociones que nos arrastran a querer estar constantemente siendo cautivos de las pantallas. Cuando creemos que es un espacio seguro, llegan las funestas circunstancias y nos cambian los esquemas. Por tanto, más vale prevenir que curar.

 

 

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