Yupi, por Pep Marín

Yupi

Yupi ya no sabe qué hacer, Yupi está apesadumbrado porque está perdiendo habitantes a borbotones. Es lástima, se dice, es una puta lástima que se pierda esa inocencia, esa blancura de espíritu, esa alegría y ese despiste sano de vivir en mi mundo.

De vez en cuando Yupi salta de contento cuando, de vacaciones indefinidas bajo una palmera del Caribe, le llegan noticias de que alguien cree, con la fe de los troyanos, que tiene los gastos pagados en el balneario “mójate integral”, tan sólo si introduces tu cuenta bancaria en la inteligencia artificial disfrazada de sapo amarillo con ojos saltones, o las coordenadas mágicas de tu iris; alegre y feliz cuando alguien se siente protegido y abrazado por el sentido único de una verdad incontestable en su interior inmaculado, aunque haya voces calenturientas avivando el fuego de la discordia por las puertas que dejan entreabiertas las leyes usadas al arbitrio de personas más malas que el baladre; ya ves tú qué culpa tendrá el baladre, a pesar de ello, el sujeto/a no tiene nada que temer, todo lo contrario, puede salir por ahí a pecho descubierto sin reparar en gastos psíquicos e incluso físicos.

Una figura pública calumniada, vejada, vilipendiada y que gracias a la Constitución española tenga que demostrar su inocencia ante un público hambriento de guillotinas y dimitir, eso lo primero, una dimisión solicitada como si la pidieran un enjambre de abejorros que hablan en arameo, que gusto para Yupi, precioso, magnífico, insuperable, cuando el opinante dice que la trama debería ser inocua si la verdad te envuelve como el solazo justiciero a la una de la tarde en el último peldaño del perigallo.

En el cine, en la mismísima casa de los sueños, han llamado al candidato “mamonazo” y “traficante de influencias”, con su hija de cinco años de la mano, y, acto seguido, el de la camisa de estilo leñador le ha dicho: “te viera yo en el fondo del pantano con una bola de acero atada por una cadena al pie”. Yupi si estaba ahí, lo escuchó, y se fue directo al váter a vomitar.

Como también estuvo días después cuando el candidato regresaba a casa tras una salida quitapenas con la bicicleta de montaña. Fue quitarse el casco y, acto seguido, recibir en la frente la verdad verdadera de un huevo duro lanzada por la mano de un salvaje. La vecina tuvo que darle agua con un poquito de vino, para el susto, un minuto antes de echarse a llorar y caer rendido con la cabeza entre las piernas.

¡Soy inocente!

Yupi no consigue remontar el vuelo. Creía que sí cuando el candidato se animaba así mismo diciéndose que la verdad siempre prevalece, que no hay nada que temer, que en menos que se cierra un libro la energía del universo coloca a cada uno en su sitio, pero, y no me estoy recibiendo a una manzana, en la fiesta de cumpleaños a la que fue invitada su hija de cinco años nadie se acercaba a él a conversar. Se sintió como un apestado. Y para colmo, al día siguiente, se encontró con las cuatro ruedas del coche pinchadas. Ya hay que tener valor para no dejar ni una sana.

La verdad tarda en llegar al resto de las personas, si es que llega en este mundo de espejismos donde ya ni tiene valor de prueba la ciencia, ni los informes de las unidades de investigación de los cuerpos de seguridad del Estado. Nada penetra ni con vaselina en el otro/a, en el forofo/a, aunque tú te sientas blanco como un corazón madridista. En el camino, en el durante, habrá situaciones en que creas que eres un objeto. Sentirse un objeto, válgame Dios y la virgen santa. A los demás les va a dar igual, pensarán que eres Conan el Bárbaro y puedes con todo, incluso cuando nuevamente de la mano de su hija le dicen: “tu padre es un cerdo que vuela alto”. Y la cría se esconde agarrada por detrás a su padre y dice: “mi padre no puede ser ni un cerdo ni tampoco puede volar”.

La reflexión, y esa cosa que se dice tanto ahora de parar, respirar, dudar, deleitarse en el estudio del presente y sus muchas variables, sentir el vértigo en el estómago en ese gesto de observar desde distintos ángulos un acto a lo Kurosawa, y sus consecuencias y sus derivadas, hace muchísimo daño a Yupi y su mundo.

Yupi te quiere, no quiere que pienses tanto; sigue comprando sellos, en ellos está tu salvación, cuando no, en las apuestas de carreras de caracoles serranos.

La verdad, cualquiera sabe.