Volveremos a vernos, por María Bernal

Volveremos a coincidir

Todo empezó un 18 de octubre. Días que significan mucho. Podría asegurar que este, y no es el único, marcó un antes y un después.

Lo maravilloso de nuestra existencia es, quizá, la oportunidad que nos da la vida de conocer a estupendas personas, diferentes a lo convencional, locas, atrevidas, independientes del mundo, esas que te abren los ojos, que te enseñan a valorarte y, principalmente, las que te aceptan desde el principio, como si fueras una más.

Y escribo lo maravilloso de nuestra existencia, porque a este tipo de personas en ningún momento las buscas. Se encarga la vida de situarlas en el discurrir de nuestros días y, probablemente, en esta oportunidad es donde hallaremos el valor de toda supervivencia.

Llegar a un lugar por primera vez, donde prácticamente todo está ubicado es un trago inquieto al que todos nos enfrentamos a lo largo de nuestra vida. Y es en ese momento, cuando aparecen las personas mencionadas al principio.

Mi intención no era empatizar. Ya había pasado por una despedía el curso anterior y me negaba a volver a pasarlo mal. Sin embargo, solo bastaron tres días para romper la promesa que a mí misma me había hecho. Y, ¡claro! Así fue.

Las palabras son las mejores armas con las que el ser humano es capaz de conquistar, es capaz de destacar y, principalmente, es capaz de ayudar. Y es de esta manera, sin darse apenas cuenta, como todos podemos alcanzar la buena suerte (la que no es producto del azar, sino de las buenas acciones y del sacrificio).

“Desde el primer día en que llegaste, supe que eras de fiar”. Y tras este enunciado, corto, sencillo y cotidiano, empezamos a conectar.

Hoy, desde las líneas que este periódico me ofrece quiero rendirle homenaje a mi compañera y confidente que hace aproximadamente un año se convirtió en un trofeo más para mi colección de “personas a las que tengo que admirar y obedecer”. Si tuviera que consultar el diccionario para elegir dos palabras que la definen seleccionaría indudablemente tres: profesional, compañera y humana.

Constante con su trabajo y con su familia, siempre ha transmitido esas ganas de seguir avanzando, de aprender y de disfrutar de una vida que se despista cuando menos lo esperamos. Y azota, una y otra vez. Y aunque no asfixie, sí es cierto que se comporta  como un árbitro que te muestra cartulina roja para tener que abandonar el terreno de juego.

Pero las tarjetas rojas provocan que una persona se vaya por un tiempo limitado. Sin embargo, los avisos de la vida no limitan el tiempo de marcharse, y una vez que te dan el último, sabes que ya no vas a volver más.

Trabajar codo con codo con ella, con la que me había transmitido tanto entusiasmo por lo enseñanza ha sido uno de los grandes regalos que me ha ofrecido el destino, ha sido una manera de estar a gusto, de absorber sabios consejos, de motivarse, pero sobre todo, ha sido una experiencia increíblemente divertida.

Y entre exámenes, redacciones, comentarios de texto, sintaxis y correcciones hablamos tanto que fuimos construyendo una amistad. Porque también nos llamábamos por teléfono y seguíamos planificando actividades. Y nos dábamos ideas, y aprendí tanto que, a pesar de la distancia, te tengo en mi mente muchos días.

Sin embargo, de manera inesperada, todo cambió. Su ausencia, breve en un principio, se hizo eterna. Y fue durante esa eternidad cuando descubrimos que no se nos tiene que ir la vida en agradar a los demás, porque de muy pocos recibirás; que no se nos tiene que ir la vida en estar en todo momento, ya que las personas que te conocen saben que siempre tendrás para ellas aliento; que no se nos tiene que ir la vida en subirnos a un tren que circula a toda velocidad, hoy somos sustancia y mañana esencia nada más; que no se nos tiene que ir la vida en alcanzar un objetivo concreto, tenemos que valorar más el esfuerzo que la consecución de lo propuesto.

En definitiva, me enseñó a disfrutar de cada momento sin descuidarme ni un minuto. Me dijo muchas veces que aprovechara minuto a minuto. Me ofreció su disponibilidad para ayudarme cuando más lo necesitara. Y, en ese sentido, he de decir que fui inteligente por obedecerte.

Volveremos a coincidir. Lo sé, porque ya que tus últimas palabras hacia mí fueron las de “nos vemos pronto”, pienso que “tenemos que hablar de muchas cosas, compañera del “alma compañera”. Y parafraseo a Miguel Hernández, porque a pesar de ser una guerrera incansable, recibió un “manotazo duro”, un “hachazo invisible “; tan invisible que supo marcharse con la misma discreción con la que vivía. Ahora es cuando entiendo por qué las estrellas brillan más cuando el cielo tiene un color oscuro.

Gracias, Cande, por haber sido el mayor ejemplo de lucha y felicidad y por haber sido un apoyo necesario en una etapa importante de mi vida.

 

 

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