Una perspectiva de la Navidad, por Diego J. García Molina

Ya llegó la Navidad

La navidad entra de nuevo en nuestras vidas. Este periodo nos retrotrae a nuestra niñez, activa recuerdos de la infancia e intentamos crear nuevos para los nuestros, para nuestra familia y amigos, porque indudablemente esta es una fiesta familiar. Tiempo de reencuentros; se reorganizan las familias en las reuniones conforme se van añadiendo nuevos protagonistas y, lamentablemente, otros dejan su hueco en la mesa, aunque siempre quedan en el recuerdo y en nuestros corazones.

Es este tipo de sentimientos lo que nos separa o distingue realmente del resto de los seres vivos. No son acciones destinadas a cubrir nuestros instintos más básicos como obtener cobijo, con un hogar donde vivir, alimentación, con un trabajo o actividad para disponer de medios económicos suficientes, o reproductivos, con los diferentes medios que la tecnología y los avances sociales pone a nuestra disposición, sino a otras necesidades del espíritu. Son, como decía, unas fiestas eminentemente familiares, y como no, religiosas. Aunque la verdad, el sentimiento religioso cada vez es menor. Aquellas multitudinarias misas de gallo, donde los menores de la casa se quedaban dormidos durante la liturgia, han quedado a reducidas a la mínima expresión, con iglesias cada año más vacías.

Para explicar o profundizar sobre el sentimiento o la necesidad religiosa nos tendríamos que ir a la filosofía, o quizás a la antropología. A lo largo de la historia, el ser humano ha necesitado aferrarse a un algo intangible que nos proteja, que nos explique lo inexplicable, nos distinga del adversario y nos ayude en los momentos de necesidad, ya fuera para vencer en una batalla, para proteger una cosecha, para sanar a los enfermos, o para que la pareja quedara encinta. Todo era susceptible de ser logrado por el Dios todopoderoso que velaba por nosotros. En nuestro país, con más de un siglo de retraso, podemos decir también que Dios ha muerto, lo hemos matado nosotros. Pero al igual que el personaje de Nietzsche, como un lamento, no como una expresión de alborozo, como una constatación de un hecho, no de un deseo. Esta frase no se refiere a la muerte real del dios, sino a la conciencia del hombre que tras la ilustración poco a poco deja de creer en él, y en su doctrina.

Sin embargo, sorprendentemente, el hombre no ha parado de buscar como rellenar el hueco que había dejado la religión. Seguimos teniendo en nuestro fuero interno esa necesidad de tener fe ciega en un sentimiento compartido con afines que nos permita sentirnos parte de un todo mayor. El socialismo, del que luego derivó el comunismo, tal vez fuera la primera religión laica que todavía hace furor, con su propio libro sagrado (al igual que la biblia cristiana solo pueden interpretar los iniciados), su iconografía, sus profetas y mártires. Acabamos de conocer con estupor el nuevo eslogan del partido comunista en una campaña publicitaria: el comunismo es vida (risas). ¿Podrá existir un oxímoron más evidente y desvergonzado? No queda sino recordar al pobre George Orwell, quien escribió su novela 1984 basándose en las experiencias vividas en la Barcelona de retaguardia de la guerra civil española cuando el estalinismo se impuso sobre el resto de facciones de forma sangrienta, usando la mentira y difamación como una herramienta más en la lucha entre anarquistas, trotskistas, y comunistas.

Hoy día, el comunismo es prácticamente una reliquia del pasado, en la que sólo creen realmente 4 nostálgicos; el batacazo histórico que se ha llevado el marxista declarado Jeremy Corbyn al frente de los laboristas en Inglaterra así lo certifica, a pesar del candidato que tenía enfrente. Es por ello que vemos surgir nuevas formas de afrontar el vacío existencial, con la tríada animalismo, veganismo y ecologismo, llevado al extremo. Incluso practicando al mismo tipo más de una de ellas. Veamos.

Es normal y deseable querer llevar una alimentación sana y variada potenciando la ingesta de fruta, verdura y hortalizas, las grandes olvidadas tras la generalización de la carne, manjar antiguamente reservado a diario para las mesas de los más pudientes. No obstante, está demostrado que el proscribir totalmente la proteína cárnica de la dieta resulta contraproducente. Hemos conocido custodias de bebés retiradas debido a la malnutrición por este motivo, y hasta algún fallecimiento.

Es normal e incluso deseable tener respeto y amor por todos los seres vivos, sobre todo los animales domésticos y nuestras mascotas. Pienso que se debería endurecer el código penal para castigar la tortura y muerte de animales los cuales se saldan habitualmente con una simple multa, en otras ocasiones, no sucede nada. Sin embargo, es una locura querer equiparar los derechos de los animales a los de las personas; que pena aquellos esperpentos de vigilias veganas donde jóvenes acompañaban a animales de granja durante sus últimos momentos antes ser sacrificados para servir como alimento, con lloros y desmayos incluidos, con los problemas reales que todavía soportan millones de personas en multitud de países.

Es normal e incluso deseable que estemos todos implicados en mejorar el medio ambiente, cada uno aportando su granito de arena reduciendo la contaminación en la medida de sus posibilidades y presionando a los gobiernos con nuestro voto para que modifiquen, de forma sostenible para sus economías, las emisiones a la atmósfera y la generación de residuos. Pero de ahí a participar de la histeria colectiva de una emergencia climática sin vuelta atrás, un apocalipsis climático con fecha máxima siempre incumplida, que está incluso llevando a terapia a personas por la ansiedad que le produce la amenaza al planeta resulta como poco, extravagante.

Como todas las religiones en algún momento, desde sus púlpitos se dedican a sermonear y a perseguir a quienes no comulgan con sus dogmas y creencias, calificando de fanáticos a los díscolos. Defendamos a ultranza la libertad, quizás el mayor avance de la civilización, y dejemos a cada cual que disfrute su tiempo como mejor le parezca, dentro de los límites de la ley y la moral reinante. O al menos que permitan una tregua por Navidad.

 

 

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