Una Navidad auténtica, por José Antonio Vergara Parra

En un portal de Belén…..

En un lugar de Judea, de cuyo nombre sí quiero acordarme, quizá en una cueva, entre heno y ganado, la esperanza se hizo presente entre nosotros. El llamado a ser primero y último entre nosotros vino a nacer en una humilde aldea, a unos nueve kilómetros al sur de Jerusalén. No debió ser casualidad que el emisario de Dios anunciara la buena nueva, antes que a nadie, a sencillos rabadanes de ovejas. El cielo, que escribe para quien quiere leer, guió a unos sabios hacia aquel pesebre henchido de luz y certidumbre. Ya nada fue igual sino maravillosamente distinto, esplendorosamente sereno.

El tiempo cabalga veloz; tanto que, casi sin darnos cuenta, nos lleva a otra Natividad del Mesías. Faltan mis padres que se fueron hace apenas un suspiro y el dolor, demasiado tierno, acecha en cada esquina. Será duro, muy duro, no verles entre nosotros, sonriendo por todo y queriendo sin mesura. Es tiempo de presencias y también de ausencias. Y duelen, duelen tanto que estrujan las entrañas y oprimen el alma.

Quisiera, siempre lo quise en verdad, recuperar la Navidad que nunca debimos perder. Aquella trapatiesta sencilla y honesta donde la familia, en el sentido más hermoso y extenso del término, se unía en acción de gracias al cielo. Nada hay como la familia que, como una fonda rocosa aunque mullida, sacia nuestra hambre y cobija nuestro frío.

Mal que nos pese, la Navidad se ha convertido en un aquelarre comercial, en una fastuosa e indecente ostentación de lujo, derroche y exceso. El Hijo de Dios quiso venir de una manera deliberadamente menesterosa y nosotros, en nuestra infinita torpeza, desnaturalizamos y pervertimos su mensaje de forma esperpéntica. El Mesías no quiere eso, no lo necesita. Nos quiere unidos y nos quiere en paz. Si en verdad andamos tras su espíritu, bastará que dispongamos las figuras del belén con la inocencia y bonhomía de un niño. Un mantel limpio y algo de comida honradamente ganada serán más que suficientes para reunir a la familia.

Ya lo dije. No estarán mis padres pero sí mis suegros, y mis sobrinos, y mi cuñada y mi hermano y mis hijos y mi esposa y las parejas de aquellos y de éstos. Tendré muy presente a mi hermana y a mi cuñado, a mis tías y tíos, a mis primas y primos. Y daré gracias a Dios por estar unidos y le rogaré aliento para que así permanezcamos por siempre y para siempre.  Y, entre lágrimas, brindaré por mis padres a quienes debo cuanto de bueno pudiera haber en mí. Les debo todo, mis latidos y los de mis hijos; les debo mi Fe en el Nazareno y la esencia de esta vida que es la que procura dicha de la buena y luz a las sombras.

Entre risas y miradas, entre besos y abrazos, me iré a donde el belén para ordenar levemente las piezas mientras, con disimulo y para mis adentros, imploraré al Niño que no descuide a mis padres y cuide de los míos; que nada quiero de este mundo salvo verles juntos y dichosos. Y haríamos bien en ponernos el abrigo, que hay un rebaño más grande que nos espera en el templo. Un pastor del Señor querrá decirnos algo, que ha nacido el Mesías que nos quiere libres de equipaje y henchidos de camino.

Lo siento, lo lamento; no quisiera ser sombrío en la algarada pero mientras uno sólo entre nosotros pase hambre o sienta frío, mientras haya guerras y violencia y la soledad ahueque las entrañas, no habrá Navidad que valga, al menos la que quiso EL del pesebre y que debiéramos soñar todos.

Nada entendimos entonces; nada entendemos ahora. ¿A qué esperamos para ser hermanos los hijos de un mismo Padre?

Ya lo dijo un villancico por ser escrito que, no obstante, sí he pensado:

Entiendo que encendieses las estrellas,

y vinieras a la gruta de la luna.

Mejor una artesa que una cátedra,

pastores de rebaños que regentes

y magos que leyeran en tu cielo.

Bendiga Dios tu advenimiento

Y quiera el cielo, antes que nada,

que nazcas en mi alma como el viento.

 

 

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