Un señor en el andamio, a través del prisma de José Antonio Vergara Parra

Un señor en el andamio

Cada mañana, de camino al trabajo y a eso de las ocho menos cinco, suelo cruzarme con ellos. Una cuadrilla de hombres intercambian algunas palabras; algunos de ellos apuran quizá el primer cigarro antes de encaramarse en lo alto del andamio. Especialistas en trabajos verticales revisan su equipo y avían lo necesario para iniciar una nueva jornada de trabajo. Más pronto que tarde, una de las torres de la Plaza de España ofrecerá un rejuvenecido y lozano aspecto.

A la salida del trabajo, sobre las tres y cuarto de la tarde, paso por el mismo lugar pero ya no están. Estarán comiendo, descansando o en sus casas. No lo sé. Pero ayer vi a uno de ellos. Y se me encogió al alma. A esas horas y en estas calendas el calor es sofocante. El operario, cuyo atuendo reconocí de inmediato, descansaba sobre un banco de la Plaza, apoyado sobre su costado derecho mientras el antebrazo izquierdo cubría sus ojos con la esperanza, tal vez, de mitigar la cegadora luz de esas horas del día.

No conozco a ese hombre y no haré juicios de valor que convengan a mi reflexión. Ignoro a qué dedica el tiempo libre; en realidad, lo ignoro todo sobre él pero algo es seguro; se gana el jornal con dignidad y sus huesos, condolidos tras una dura mañana, descansan sobre una superficie pétrea con casi cuarenta grados a la sombra. Puedo imaginar, aunque no sentir, el agotamiento de ese señor al caer la noche.

Le miro aunque parece ajeno a todo. Quizá duerma, quizá únicamente tenga entornados los párpados. Mi rostro dibuja una mueca de orgullo hacia ese hombre. Debe vivir lo suficientemente lejos como para que la idea de comer y descansar en casa, antes de emprender la jornada vespertina, resulte impensable.

Como él, millones de españoles anónimos, mansos y decentes, se levantan cada día para afrontar largas y duras jornadas laborales, lo que hasta cierto punto es una bendición. Ocurre que las espaldas no dan más de sí y que la suma de los esfuerzos colectivos, antes que una entelequia es una magnitud perfectamente cuantificable.

No todo vale y no todo puede ser admitido. Hay una disparatada filosofía política que no reconoce dueño para el dinero público; hay otros, de aquí y de allá, decididos a bienemplear su tiempo de gloria en la confiscación del sudor público. Luego están los haraganes y tímidos laborales que, con la cándida colaboración de políticos de bajamar, han hecho de la trampa y el subsidio su forma de vida. Añadamos una tupida y estúpida telaraña normativa, gestada por políticos aburridos y poco ocurrentes, para que demasiados protozoos vivan de huéspedes cada vez más famélicos.

La tormenta perfecta halla su punto álgido en una superestructura administrativa y política ineficiente, insostenible y obscena que, para justificar su existencia, serpentea de ocurrencia en ocurrencia.

Las cosas siempre pueden empeorar. Faltaba que el Gobierno y Zarzuela, con nocturnidad y alevosía, apalabraran la huída, sí, la huída de quien fuera nuestro Jefe del Estado durante algo más de cuatro décadas. Alguien que algunos y capitales méritos reunió; querido y respetado por su pueblo. Mas, en algún momento, creyóse reyezuelo antes que rey y reclamó lo que, por su sangre añil, supuso merecer. Una lástima. Y una vergüenza.

No sé qué pensará de todo esto el señor del andamio aunque lo sospecho. Estoy cansado y tengo sueño. Tengo sueño todo el rato. No pasa un sólo día sin que los apuros de mis clientes me sean revelados. No sólo los de naturaleza crematística, que va en el oficio, sino los de toda índole. Será, el sueño digo, para que mi mente descanse de tanto sufrimiento, de tan dispares contrariedades, de la dureza de esta vida que a todos, antes o después, acaba doblegándonos.

Dicen que he cambiado. Igual tienen razón. Pero no lo creo. Siempre me sentí cercano a la gente normal, con vidas y problemas normales. Me preocupa la vida del señor del andamio y me preocupa mi vida. Y las vidas de mis hijos y de mi esposa. Y las vidas de los españoles buenos y honrados. Y me preocupa mi país, al que quiero más allá de las soflamas y  charlatanes de feria.

Ningún mal deseo a nadie pero, francamente señores, la suerte de un bribón y del resto de tunantes me importan un bledo.

 

 

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