Traumas inventados, por María Bernal

Traumas inventados

En una sociedad categóricamente estimulada como es la actual, es habitual que surja en muchas ocasiones ese miedo existencial ante la incapacidad de gestionar cualquier tipo de peligro. Cada vez son más los casos de niños que empiezan a tener crisis de ansiedad, no solo por culpa de tal estimulación, sino también por todas las estupideces que tienen que vivir en casa.

Trauma, esa palabra que, desde hace unos años, muchos adultos han incluido en el día a día de sus hijos como excusa perfecta para eludir cualquier tipo de responsabilidad. Parece ser que dicho término ha sido descontextualizado de su uso adecuado por la antonomasia que muchos se han inventado. Es decir, para utilizarlo como les da la gana y siempre por conveniencia y para beneficio propio, aunque tal actuación suponga un prejuicio para los más peques, esos vulnerables a los que usan como víctimas de traumas inexistentes en la mayoría de los casos, sin tener los pobres culpa de la frustración que viven sus padres, la cual ahora pretenden superar inculcando en los hijos sus gustos y deseos, limitando para tal fin la capacidad de subsistir por ellos mismos.

Parte de la sociedad adulta ha aprendido bien la lección: “no le digas nada a mi hijo porque le vas a causar un trauma”. ¿Cuántas vomitivas veces habremos escuchado ese enunciado como el pretexto perfecto para justificar cualquier tipo de acción en niños y adolescentes? Muchas. Y si no que se lo pregunten a los docentes. Habrá más veces, porque cada vez se respira más en el ambiente esa gilipollez de considerar que algunas personas son intocables.

Desde que las etiquetas se convirtieron en una especie de carné de identidad, muchos se han aprovechado de esa circunstancia. Por ejemplo, esas madres o padres que, creyéndose que les van a bajar la luna ante los pies a sus hijos, no permiten que nadie les diga nada a sus retoños, los seres más perfectos de todo el universo, porque ellos, carentes de humildad alguna, lo proclaman a los cuatro vientos.

¡Pobres criaturas! Viven en un continuo conflicto interno, siguiendo de manera exhaustiva  el guion que sus padres les han preparado para que sean las personas que más destaquen en todo. ¿Y para qué? Para mostrar una imagen convencional que muy pocas veces se corresponde con la realidad. Por consiguiente, la infelicidad en ese ser inocente está tristemente servida si se tiene en cuenta que después será víctima del rechazo social por parte de aquellos niños a los que sus padres sí los dejan ser felices, porque les permiten sufrir esos traumas inventados para que se recuperen con la fuerza necesaria que les permita enfrentarse a la vida real.

Y mientras que muchos se creen padrazos por el simple hecho de convertirse en esclavos y guardaespaldas de sus hijos y consentirlos a diestro y siniestro, no se dan cuenta de que lo que están fraguando es una especie de cárcel que en un futuro no muy lejano hará que ese niño no sea capaz de responder a los verdaderos problemas de la vida.

Claro que no van a saber enfrentarse a la vida: si el profesor les dice, trauma; si el entrenador los deja en el banquillo una semana, trauma; si se les riñe delante de los amigos, trauma; si tienen mucho que estudiar y muchos deberes que hacer, trauma…

Pero, ¿qué trauma? Si a nosotros nos han reñido por activa y por pasiva en público, nos han echado de clase, nos ha tirado la vecina un cubo de agua, nos han situado en última fila en ese baile fin de curso, y todavía seguimos vivos y sin trauma alguno. Y es que antes solo había una única opción: o sobrevivíamos, o sobrevivíamos por nuestras mañas. Los padres no estaban pendientes hasta de todas las partículas de oxígeno que respirábamos.

No se puede educar a través del lema “mi hijo es intocable” o con la amenaza constante de “a mi hijo no le digas nada o no le grites” por la dichosa palabra trauma. Es decir, la protección debe ser natural, por instinto, como siempre ha sido; esa es la labor de los padres, pero siendo consecuentes con el hecho de que el trauma se vive tras una experiencia dolorosa y no por un grito a un chiquillo en un determinado momento, ya que quizá con el tiempo lo agradezca. Ahora son muchos los psicólogos a los que les dan alergia los castigos, cuando está más que demostrado que estos forman parte del manual de la crianza del día a día.

El diálogo es necesario en el momento oportuno, yo soy muy partidaria de él. Pero los pequeños tienen que estar más pendientes de sus deberes, que de sus derechos, ya que estos nadie se los va a quitar. Ahora bien, si no cumplen con sus deberes, como lo hemos hecho todos, probablemente el día de mañana ese trauma, que tantas veces se han inventado los padres, se vuelva irreparable cuando estos, por desgracia, ya no estén.

 

 

 

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