Tirotear las expectativas, según Maura Morés

Tirotear las expectativas

Hay logros de adulta de los que puedo congratularme con el paso de los años. El tono que empleo al dirigirme a mi madre es cada vez más diplomático y considerado y me esfuerzo por buscar puntos en común perdidos con mi padre, aunque sea una simple película de tiburones o verle hurgar en artilugios eléctricos para devolverles la utilidad; aquello daba buenos resultados en la infancia. No me muerdo las uñas por testarudez y hasta puedo cortármelas con tijeras porque llegan a volverse afiladas. Ya no me como una Pantera Rosa o gominolas al peso mientras estudio, algo que celebraban las papelerías de niño pero lamentaba mi organismo. Soy más agradecida con la ropa que puedo acumular, y mis camisas ya no tienen por qué incluir un jinete de polo cosido que deberían ver mis compañeras. Pero había algo titilante en las viejas épocas que acechaba en cada acción y volvía más ardientes los sabores y más cardíacas las esperas. Podía una permanecer en vilo, podía aguardar el alumbramiento de un chisporroteo de los sentidos.

Los viernes y los sábados podían significar hace ya que cenaría pizza cocinada fuera de casa, con una masa con regusto a humo y recompensa. Ahora que llevas vida de trabajador y nadie te estabula los tipos de alimento a conveniencia, si quisieras podrías comer pizza casi a diario. Ha muerto la expectativa del fin de semana porque cualquier día llega a mi puerta la caja de cartón con el jugoso premio y no hace falta haber dado el do de pecho en los estudios durante cinco días lectivos para hincar el diente a una de esas porciones triangulares que anticipan el paraíso. Y, ¿saben qué? Quizá ahorran en la calidad de los ingredientes o quizá les bombeaba sabor la espera exaltada de una chica con uniforme azul oscuro de gobernanta alfonsina, pero ya no están igual. Si se pospone por algo, si está calificado de ocasional, de dosificado, todo es placer a raudales, desbocado. Ya no me sacuden el cerebro como en Secundaria o Bachillerato, ya no paso horas deduciendo y sintetizando, clasificando información separada por tonalidades de rotulador. Eso me dejaba tan derrengada que la cama me engullía antes de medianoche y apenas existía un resquicio de vigilia endurecida, excepto si te habías enamorado. Y, por tanto, si mi madre me prepara un reconstructivo bocadillo a las nueve se devora ahora sin el agradecimiento del obrero, por simple reflejo, por gula canina. Cuando me preparaba la Selectividad era reseñable medicina el emparedado de tortilla francesa con tomate, lechuga y mayonesa. Ojalá sentir la cabeza tan exhausta como para desearlo ahora y no un simple hummus.

La tecnología me ha robado a mano armada capacidad de alteración o rumores de estómago. ¡El tiempo que hace que no subo a una atracción mecánica y no me agarroto antes de que los vagones se encabriten! Si hay una feria, no busco más que estampas apropiadas para una fotografía de Instagram, o un aperitivo que hayan preparado con el suficiente esmero para que el plato de plástico no arruine el bodegón. Internet ya me ha sobresaltado lo suficiente, el miedo y la ilusión han mermado y se solidifican como una mermelada erróneamente conservada. No siento nada con el inicio de «Salvar al soldado Ryan», y antes tenía que apretar la mano de alguien o volver los ojos al cojín. Google Maps muestra con tamaña evidencia lo que son las ciudades glorificadas detrás de sus insignias de piedra que hasta Roma puede parecerme descolorida e impostada. Mi primer viaje en avión fue gracias a mis padres y al colegio. El despegue no me habría impuesto más alborozo y curiosidad si hubiera estado en un cohete. En el vuelo de la luna de miel, abandonar tierra me la traía bastante floja. Supongo que estaría mirando algo en el móvil lamentando en un recoveco de mi ser que hubiera que apagar el tráfico de datos. Con dieciséis años iba rumbo a Italia convencida de que la mayoría de los transeúntes tendrían un gen de Mastroianni y calzarían los mocasines artesanales más exquisitos posibles cuando yo venía del Albacete de las zapatillas Puma despellejadas y los mechones masculinos nuca abajo. Luego te das cuenta de que en muchos lugares cocinan los tagliatelle peor que tú y de que sólo eran un compendio de ventajas físicas los futbolistas de la selección y los actores que interesa exportar, pero las expectativas existieron, también antes de ver a medias tantas fuentes legendarias entre cabezas de orientales y argentinos de clase alta, sin poder distinguir a cada deidad colocada por el arquitecto del siglo XVII.

Ya murieron, las expectativas. Las de antes de lo completamente novedoso, las del reconocimiento a semanas o meses de deber cumplido. Las echo de menos. Votar pensando que tu partido no errará, entrar en el restaurante que redondeaste en una guía de carreteras años atrás, ver el triple azul del Mediterráneo exactamente un año después de llenar el maletero para la vuelta al asfalto. Saber que los Reyes Magos cumplirán con algo tan poco llamativo ahora como un libro, sobre todo porque los has convencido con tu sobre de calificaciones del primer trimestre. Elegir el vestido de comunión en una boutique cuyos espejos te sumergían en un ballet eterno. Ir al teatro, que se apagaran los susurros y nadie encendiera teléfonos, que en el cine la voz atronadora del anunciante de una productora barriera cada tos y una primera escena relámpago te amarrara a la butaca y te despegara de la cabeza los lacasitos o palomitas. Sí, echo de menos lo que esta era de desengaños y Androids hipnóticos y absorbentes ha robado de mi cuerpo. Vivir una tensión visceral que ya tuvo su funeral.

 

 

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