Los secretos del Cabezo de las Beatas

Una montaña en Cieza recorrida desde, al menos, la Edad de Bronce que esconde los rastros de diversas pisadas

Miriam Salinas Guirao

En Cieza se alza tímida, en medio de otras grandes montañas. Se alza abrupta, casi imperturbable. Se alza compleja en su acceso, y qué bendición para su riqueza.

Fue Ramón María Capdevila (1874-1935), cronista oficial de la villa y bibliotecario archivero del Ayuntamiento de Cieza quien escribió en ‘Historia de la Excelentísima Ciudad de Cieza del Reino de Murcia desde los más remotos tiempos hasta nuestros días’, en 1928 que en la cima y la ladera del Cabezo de las Beatas se descubrió un «cementerio celta”, “por una casualidad”. Allí se observaron “hasta veinte sepulcros ovalados, y en los que solo se hallaron puntas de lanzas de pedernal y alguna que otra moneda, de poco valor”. Este cementerio fue visitado por “el ilustrado y competente historiador y bibliotecario de la Casa Real, Manuel González Simancas, el que hizo del hallazgo grandes elogios».

Si el paso de la civilización quedó grabado por sus tumbas, también se sumaría los rastros de cazoletas junto a calderones que fueron utilizados como enterramientos de la Edad del Bronce y que, por sus características, eran similares a los del Monte Arabí de Yecla, (Las cazoletas del yacimiento de la Edad del Bronce la bastida de Totana).

Hasta la zona llegaron los jóvenes del grupo Neanderthal para constatar la existencia de los yacimientos. También se dio noticia de este lugar en ‘Aportación al estudio del poblamiento y los regadíos de época romana en la cabecera del valle del Segura. Fuentes documentales y arqueológicas’, escrito por  Antonio Yelo Templado, Pascual Martínez Ortiz, Joaquín Salmerón Juan y José Ruiz Ruiz. En esta última obra se constatan que fueron hallados, en el Cabezo de las Beatas, pequeños bronces de Galieno y fragmentos de sigillata clara C sobre un horizonte de ocupación de la Edad del Bronce, al igual que en el Castillo de Cieza, “ubicados ambos en cerros escarpados de fácil defensa y con un excelente control visual de los asentamientos de época romana localizados en la zona”.

Y es que los resultados de las escasas excavaciones en la zona proporcionaron, al menos, datos certeros, con respecto a una ocupación en época romana. A las tumbas “descubiertas por casualidad”, se le sumaba el análisis de edificaciones y restos del siglo III d.C. En el exhaustivo trabajo de M. López Campuzano y J. Salmerón JuanConsideraciones sobre la condición económica y social del campesinado de la vega de Cieza (Murcia) durante el siglo III y primera mitad del IV d.C. El punto de vista de  la prospección y de la excavación arqueológica’ (publicado en Verdolay, 1993, revista del Museo de Murcia nº5) se analiza la vida del poblado (vicus) romano del Cabezo de las beatas (200-325 d.C.). Como se explica en la investigación, este cabezo de casi 400 m. forma parte de un relieve acolinado correspondiente al relieve estructural del sector. En la escarpada ladera del cabezo se ubicó el poblado romano del Cabezo de las Beatas, “cuya posición fisiográfica supone respecto al asentamiento romano alto-imperial una nueva selección del medio geográfico”. El asentamiento otorgaba una posición privilegiada que le permitía visualizar toda la vega ciezana.

“Su ubicación en la ladera S. del cabezo, de pendiente muy pronunciada, junto a las expoliaciones a las que se ha visto sometido, han ocasionado que el proceso de erosión haya mermado considerablemente su información arqueológica”. La superficie del asentamiento es de 1000 metros cuadrados, donde  se diferenciaba planimetricamente dos habitaciones y los restos de una posible tercera habitación. La habitación primera se apreciaba en el estudio de estructura rectangular lo que demarcaba una superficie de 9 metros cuadrados. De este habitáculo, solo se conservaba el nivel de cimentación con piedras de tamaño irregular en seco. La segunda habitación era de dimensiones y morfología similar. Al no haber elementos arquitectónicos como “tegulae, ímbrices o pavimentos de mortero”, les hizo pensar a los investigadores que se construyeron con paredes de piedra en seco o tapial, con pavimentos de tierra o piedras y techadas mediante un armazón de colañas de matera.

El uso de estas habitaciones correspondería a la unidad de hábitat familiar (3-4 personas) del poblado. Partiendo de esa premisa consideraron un número teórico de habitantes –aplicando la constante de Naroll- de aproximadamente 100 individuos en un asentamiento del fundo alto-imperial. “Aquí nos encontramos con una población de hábitat conjuntado, cuya escasez de medios arquitectónicos y morfología emparenta a estos habitáculos a las casae y tuguria tomanas, que en ese taco no configuran un hábitat ocasional, sino un tipo de vicus o poblado” (Consideraciones sobre la condición económica y social del campesinado de la vega de Cieza (Murcia) durante el siglo III y primera mitad del IV d.C. El punto de vista de  la prospección y de la excavación arqueológica’).

Según las prospecciones arqueológicas que se realizaron antes del estudio citado se halló una importante colección de tipos cerámicos susceptibles de establecer el momento de ocupación del poblado. El momento de fundación estimado fue el 200 d.C. y se calculó su perdurabilidad a lo largo del siglo III d.C.

Los hallazgos permitieron conocer la riqueza comercial del lugar con un campesinado capaz de acceder a las manufacturas en los mercados interregionales, y de producir excedente económico, por encima de una mera economía de subsistencia, para entrar en intercambio. “La implantación rural romana de época alto-imperial fue básicamente agrícola, y sus características demográficas, tecnológicas y de la estructura de la propiedad, propiciaron la posibilidad de una mayor producción de excedente agrícola destinada al principal mercatus urbano y al autoconsumo” (Ibídem).

El poblado del Cabezo de las Beatas guarda similitudes con el hallado en La Serreta, ambos núcleos de población se insertan en un relieve de montaña circundado por depósitos edafológicos con suelos semidesérticos. “Estos suelos se originaron sobre soportes margosos poco consolidados que aunque poseen una textura limo-arenosa y riqueza en carbonato cálcico, sin embargo originan suelos poco desarrollados debido a las condiciones climáticas de aridez del sector en cuestión. No obstante, hay que decir que este tipo de depósito edafológico admite bien en secano la producción oleícola y la del almendro, aunque precisaría de un regadío constante para que las leñosas alcanzaran un rendimiento oprimo” (Ibídem). La agricultura de secano se sumaría a  la proliferación de suelo para pasto por la disposición fisiográfica del hábitat romano del Cabezo de las Beatas. La producción de aceite, y de frutos, como el almendro, pudo ser uno de los recursos económicos de la zona.

Los productos cerámicos revelaron un comercio de larga distancia. Nos hallamos, por tanto, frente a una villa que se relacionaba con sus análogas en mercados más allá del autoabastecimiento local.

A comienzo del siglo III d.C. la población rural romana experimentó una reestructuración geográfica que conllevó, al mismo tiempo, un importante cambio social. En Cieza, dos núcleos: el Cabezo de las Beatas, un poblado, y un hábitat de carácter familiar en La Serreta, dejarían huella en la etapa histórica. Los dos lugares albergaron un mismo diseño del espacio habitable; “habitaciones rectangulares de circa 3×3 m”, aunque  en el Cabezo de las Beatas se estableció “un posible vicus o pagus, (aldea) de reducidas dimensiones”.

Los yacimientos formarían un hábitat temporal estable; y, “evidentemente, no formando parte de ninguna villa, sino obedeciendo a una reestructuración geográfica del hábitat rural romano de la vega, nuevas características sociales y económicas” (Ibídem).

No sería el último rastro. En ‘Siyāsa: estudio arqueológico del despoblado andalusí (ss. XI-XIII)’ escrito por Julio Navarro Palazón y Pedro Jiménez Castillo, se indicó que en el Cabezo de las Beatas se recuperaron fragmentos de cerámica andalusí, “aunque resulta muy difícil evaluar la entidad del asentamiento puesto que, no se ha realizado excavación”.

Hoy queda el Cabezo de las Beatas abrazado por el verde altivo y el amarillo estival, aguardando paciente para contar más sobre la historia de Cieza.

 

 

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