Remedios Varo, genuina pintora de mixturas

Rosa Campos Gómez

Estaban terminando los primeros 8 años del siglo XX cuando nació Remedios Varo (16 de diciembre, Anglés, Girona), singular creadora –pintora, diseñadora grafía, escultora y escritora–, que sentía una curiosidad inmensa por las cosas de la vida, indagando incansablemente sobre ellas, aprendiendo, haciendo genuinas mixturas.

Debido a los sucesivos desplazamientos que requería el trabajo de su padre, ingeniero hidráulico, la familia vivió en diferentes provincias, estableciendo su vivienda en Madrid a partir de 1917. Remedios Varo se formó en la Real Academia de San Fernando –también ante los cuadros de Goya, El Greco y El Bosco, especialmente–,  relacionándose con quienes estudiaban allí y en la Residencia de Estudiantes –importantes personalidades del mundo del arte y la literatura posteriormente–. En 1930 se casó con el pintor  Gerardo Lizárraga, se fueron a vivir a París, siendo esta su única manera de escapar del ambiente que como mujer se le reservaba aquí, vetando sus aspiraciones artísticas. Volvieron a España al inicio de la II República y se establecieron en Barcelona –ella trabajó en publicidad para la Thompson y se integró en el grupo artístico Logofobista, con quienes realizó su primera exposición–. Un año después pedirán el divorcio, mantendrán buena amistad siempre.

En 1936 conoció al poeta Benjamín Péret –llegado de Francia para apoyar a los republicanos–, que fue  su segunda pareja. Cuando se fueron a vivir a París cultivaron amistad con gentes de la cultura de distintos países. R. Varo expondrá allí y en Tokio.  Llegaron a México en 1941, en el exilio que emprendieron tras la invasión alemana. Allí coincidirán con grandes artistas y escritores del momento, ayudándose unos a otros para ganarse la vida en trabajos artesanales, publicitarios o de decoración, en un ambiente acogedor y pacífico. Varo se interesó por el esoterismo, sumándolo a su interés por las matemáticas, la teoría psicoanalítica de Freud, la literatura… En 1947, tras separarse de Péret, partió hacia Venezuela, donde se encontró con su hermano que trabaja en una campaña contra el paludismo. Trabajó como publicista para la casa Bayer dibujando insectos. Dos años después vuelve a Ciudad de México, sintiendo que ese es el lugar que quería para vivir definitivamente.

En 1952 se casó con Walter Gruer, político austriaco exiliado, y decidió dedicarse solo a la pintura, iniciando su etapa más productiva y original. Toda la obra que surge a partir de ese momento causa admiración y se multiplican los encargos.

En sus cuadros vemos a una artista completa, desde lo aprendido en casa con su padre –expresión volumétrica en diferentes perspectivas, diseño de artilugios… –a su formación en Madrid –expresión artística, anatomía, uso del color–. Todo el rico bagaje de contrastes que adquiere por criarse en una familia en la que su padre es libre pensador y esperantista, su madre ferviente católica –la interna en un colegio religioso del que Remedios escapa en sus pinturas, y por lo que irá en busca de una espiritualidad más allá de la religión–, su abuela paterna, que la enseñará a tejer  –ella se representará tejiendo y habrá hilos urdiendo las historias de sus obras–, y como voraz lectora de libros de Julio Verne y Edgar Allan Poe, entre otros de distinto género, que le generaran un gran caudal imaginario.

 

Solo ella supo plasmar a varios mundos–espiritual, esotérico, psicoanalítico, simbólico, el de la fantasía, el de la experiencia…– en uno solo, configurando una obra en  la que emergen elementos icónicos conocidos y otras inventados, mujeres con oficios diferentes a los roles asignados, alquimistas, seres ancestrales, astrales, vehículos impulsados por energía cósmica, música que levanta piedras, relojes, gatos, paisajes mágicos, universos íntimos, emotivos, a veces inquietantes, con humor…, de belleza insólita, obra en la que plasma como nadie la alquimia del inconsciente.

Murió el 8 de octubre de 1963, en Ciudad de México, donde encontró la paz que necesitaba para trabajar. Su obra es considerada monumento artístico mexicano.

En Ruptura (1955) vemos a una mujer encapuchada, para que no la descubran, bajando una escalera, con pies diminutos para su volumen, declarando el sigilo de sus pisadas. Escapa de un edificio franqueado con enormes muros; al fondo, tras de ella, una torre con varias ventanas desde las que vemos ojos con miradas resignadas, cortinas blancas hacia afuera, mecidas por el viento. Al fondo, tras la torre, un paisaje en tonos rojizos. El edificio es perfecto, pero ella –su pintura es autorreferencial– le da la espalda, fugándose de esa perfección impostada que los roles sociales imponen a las mujeres. Los tonos rojizos del paisaje simbolizan el ocaso de la tarde, un ciclo que se cierra, abriendo las puertas a un nuevo tiempo… Su lectura actual nos puede sugerir que hay cosas a las que dar la espalda, y que un nuevo tiempo nos espera, en el que el cuidado del Medio Ambiente y entre unas personas y otras, sin clasismos, es posible, y necesario.

Remedios Varo fue una mujer libre, excepcional creadora, intelectual, solidaria, reveladora de un mundo íntimo –con incógnitas que le preocupaban–, manifestado en códigos que comparte para que podamos descifrarlos si nos adentramos en esas narraciones pictóricas geniales.

 

 

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