Racistas y fantasmas, según José Antonio Vergara Parra

Racistas y fantasmas

Llámenme ingenuo pero siempre he creído que todos somos hijos de Dios; todos, sin excepción. Fraternidad que, por descontado, nos hace radicalmente iguales. Si así lo prefieren saquemos a Dios de la ecuación, mas dará lo mismo pues la ética pura, que no la moral veleidosa, nos reafirmará en esa misma idea aunque con implicaciones diferentes.

Hay que ser muy imbécil y muy fantasma, por no usar epítetos de mayor calibre, para creerse mejor que el prójimo. Los motivos son dispares aunque igualmente despreciables. El dinero, un trabajo prestigioso, apellidos de rancio abolengo o una vasta cultura no son razones para el sonrojo; todo lo contrario. El problema surge cuando el rico desprecia al pobre, el médico niega el saludo a un auxiliar de enfermería, los borjamaris ningunean a los garcías o el catedrático mira de soslayo al indocto.

Sin duda, hay muchas formas para distinguir a una sociedad civilizada de la que no lo es. Donde escasean la humildad, el respeto y la educación, resulta imposible construir una sociedad que merezca ser así llamada. Siempre me gustó acudir en auxilio de la etimología pues nos ofrece significados puros, desprovistos del polvo y profanaciones conceptuales acumuladas en el camino. Por sociedad, en suma, habríamos de entender la cualidad de ser compañeros, aliados, en un proyecto común. No todos estamos llamados a desempeñar idéntica tarea. Nuestras capacidades y habilidades son distintas pero la argamasa que fija las piezas y garantiza la solidez de ese proyecto colectivo es la presencia del tridente antes mencionado: humildad, respeto y educación.

Las cosas siempre pueden empeorar. Las latitudes y altitudes, el dios al que invocamos, la cultura y costumbres o el clima, entre otras circunstancias orteguianas, determinan el color de la piel y del cabello, la forma de los ojos, las creencias o la forma de vida. Características que, a lo largo de los siglos, han sido utilizadas por canallas como coartadas para perpetrar las mayores atrocidades conocidas. En nombre de Dios o de la supremacía étnica, el hombre ha pisoteado la integridad y dignidad de su hermano en modos y maneras que harían vomitar a la peor de las alimañas. El propio fracaso también ha servido para inventar un culpable externo a modo de señuelo. La Historia revela que el odio es más fácil de inocular que el amor y difícil de extirpar. Recuerden, por ejemplo, las matanzas de cristianos por el Imperio Romano, el holocausto judío de manos del nazismo, las limpiezas étnicas en suelo africano o las de la Guerra de los Balcanes.

No hay etnias predestinadas al delito ni razas superiores a otras. Sólo los miserables o los dementes pueden sostener tales dislates. Son otras razones las que llevan al hombre a delinquir. El hambre, las drogas, severas patologías mentales o haber crecido en un ambiente tremendamente hostil donde el amor brilló por su ausencia.

El delito y la muerte siempre fueron buenos negocios.  Que se lo digan a los fabricantes y comercializadores de armas o a los grandes distribuidores de drogas.

Vivimos en un mundo cínico que con una mano se santigua y con la otra estrecha la mano del mismísimo Satanás. Una sociedad altiva que deplora al carterista mientras, con guante y cuello albos, explota y roba la brega del prójimo. Que un canuto tiene mala prensa, ¿sabe usted?, pero hay por doquier distinguidos señores, respetabilísimos ellos, de dilatadas pupilas y ansiosos hocicos. ¿Para cuándo una redada por nobles bulevares?

Trato a diario con marroquíes. Son gente maravillosa, educada y paciente que sólo buscan la oportunidad que les fue negada en su tierra. No imaginan sus miradas cuando es respeto y atención lo que se les brinda.  No haré demagogia. La capacidad de acogida de todo país es limitada y requiere planificación y estrategia. Pero me hierve la sangre cuando el diferente o la miseria son estigmatizados y señalados. Bien sabemos que no hay viñedo sin malas hierbas pero sólo confirman la regla de fecundos sarmientos.

Por favor, acompáñenme un instante. Imaginen a un judío de estatura media y tez morena, pelo largo y oscuro, poblada barba y ojos quizá marrones. Por calzado unas sandalias y una túnica por vestimenta. ¿Le compraríamos un coche de segunda mano? o ¿tal vez le haríamos socio de honor del club de golf?

 

 

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