¿Quién hay en la obra de Amalia Avia?

Rosa Campos Gómez

De las creaciones de Amalia Avia emana una proximidad que induce a sentir la existencia en lo que revitaliza la memoria y entre aquello que nos rodea. En los ochenta años largos que vivió (Santa Cruz de la Zarza, Toledo, 1930 – Madrid, 2011) experimentó la tragedia y los desastres de una guerra y otros avatares y las alegrías que depara la vida, y produjo abundante obra pictórica.

Madrid –donde, desde principios de los 50, residió hasta el final– le daría la libertad de movimiento que anhelaba para elegir el oficio al que se quería dedicar, lo hizo con 23 años, al iniciar su formación en la academia de Eduardo Peña. Después conoció y fraguó amistad con un grupo de jóvenes artistas –algunos ya tocaban una fama que irá en aumento–, entre ellos estaba el pintor informalista Lucio Muñoz,  con quien se casó y tuvo cuatro hijos. Ambos se profesarán admiración y respeto por su trabajo, además de mutuo apoyo.  Debido a una caída que la incapacitó temporalmente para manejar los pinceles, escribió De puertas adentro, autobiografía publicada en 2004, donde nos habla, con calidad literaria, del amor, de su quehacer como pintora, de las circunstancias…

Fue, saltándose las reglas del régimen, mujer pionera en tener una carrera artística profesional. Expuso en señeras galerías madrileñas y en centros culturales españoles y extranjeros. Recibió merecidos reconocimientos. Dejó un importante legado, realizado durante medio siglo holgado, que podemos ver –gran parte– en la magnífica galería virtual Lucio y Amalia, que ha creado su hijo Diego para que podamos visualizarlo y disfrutar desde cualquier lugar, a cualquier hora.

Pertenece al grupo Realistas de Madrid, primero en el que las mujeres son igual de relevantes que los hombres –aunque las condiciones en las que trabajaban no eran equiparables–.  No dejó de pintar ni siquiera mientras criaba, rodeada de niños, de pañales… Su producción posee una belleza estética propia que documenta la intrahistoria de un tiempo en el que nos introducimos con plácida nostalgia. Su interpretación de la realidad da forma y atmósfera a lo que contuvo vida para que la siga conteniendo, desde un lenguaje expresado con pincelada suelta y espátula certera en óleos sobre tabla o lienzo y en sugerentes dibujos y grabados, y con temas de una realidad incluyente,  desde una poética que pertenece a la hondura de lo cotidiano.

Plasmó, al principio, entornos locales con figuras en acción, después interiores vitales y calles con fachadas de establecimientos añejos y entrañables, deteriorados por la indeleble huella del uso y el tiempo, espacios vacíos de gente, y no obstante llenos de ella.

Nos detenemos ante Camión de frutas (1985), que nos regala la oportunidad de leerlo con enfoque radicalmente actual: en una vía amplia vemos la trasera abierta de un camión cargado a medias con cajas de madera, mas dos balanzas de aguja junto a la orilla libre de la baranda posterior del alto remolque techado con lona; la otra parte de la carga está en el suelo en el suelo –puesto de mercado ambulante–, cajas llenas, vacías, delante un carro de la compra… Todavía queda fruta por vender. Al fondo una acera con fachadas de locales que se anuncian con rótulos y carteles –“Vinos”,  “Coca-Cola”, “Bar El descanso”–, todo con esa presencia ajada que proporciona el roce humano y del clima. No, no vemos a nadie en este ambiente estoico con gama de cálidos, y sin embargo podemos ver a tantas personas: agricultores creadores de cosechas; transportista y acompañante que se tornarán vendedores; compradoras de fruta y verdura; cocineras que la llevarán a la mesa, hombres y mujeres alimentándose; camareros que también limpian; trabajadores tomándose un tentempié, unas tapas, unas cañas, unos vinos; diseñadores y carpinteros de cajas que encajan, y más. Vemos un camión con fruta en una plaza y entendemos. Mirar esta obra, sin prisas, puede convocarnos al agradecimiento inmenso hacia quienes nos han cuidado, abasteciendo la necesidad básica de alimentarnos durante este confinamiento y siempre… E intuimos que también, desde algún lugar intangible, nos agradece ese mirar la gran Amalia Avia, engalanada con esa sonrisa jovial y franca que llenaba de luz su rostro.

 

 

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