¿Puedo hablarte con libertad, Excelencia?, por Higinio Morote

 ¿Puedo hablarle con libertad, Excelencia?

“Sigo siendo Llulame, la que robaba huevos de pavo y corría entre la maleza.

La única diferencia es que ahora lo llamo tener un día rojo”.

Aunque sea tarde (o temprano) para pasar por Tiffany’s, siempre podemos preguntar: ¿canallas o súper canallas?

Pensar en la honestidad es complicado, sobre todo en medio de la “guerra” en la que nos encontramos inmersos, porque la artillería, el batallón (de modistillas- sigh), y la batalla deben continuar.

Aún así, bajo todo el atrezzo seguimos siendo los mismos.

Hablar de honestidad en este momento suena tan falso y capcioso como proclamar que uno es humilde. Todo lo contrario de aquella frase, ya de culto, del cine palomitero: “La moda no trata de la belleza interior”. Y en el fondo sí.

Probablemente, nada más cierto pero nada más falso. Hablar de honestidad en mi cabeza es trasladarse a Balenciaga, la luz entre tinieblas.

Al fin y al cabo, la honestidad es un concepto que suena a decimonónico, a obsoleto y a afincado en un pasado lejano de dandis, cortesanas y mecenas. Y claro, por Espinardo ahora pasa un tranvía… que casualmente no tiene parada en la plaza de Belluga. Honesto solo puede uno serlo consigo mismo porque, al fin y al cabo, la honestidad consiste únicamente en no traicionarse. Y eso, en un mundo que aclama al gotelé en palacios barrocos no parece de primeras ser posible.

En otro tiempo, en el que las referencias eran más elevadas, decía Chanel, otra embustera sincera que más que honesta era terrible y maravillosa al mismo tiempo: “Las perlas sólo se pueden llevar falsas porque las auténticas son un lujo para casa”

En nuestra amada diócesis parece que ocurre lo mismo. Es fuego vano, pero fuego. Y parece desafiar a todos a desentrañar su “leyenda y mito”. Nos mira como diciendo ‘soy una mentira pero te inclinas’. ¡Soy un pobre mitrado, qué rumoreen!

Hoy en día y presos de la impunidad (o era capellanía; miren, no lo tengo claro) qué podría ser la némesis de la honestidad, deberíamos volver con Capote a desayunar con diamantes cuando afirma: “Es auténtico porque es genuinamente falso”.

Impostados, tiene el sello y el báculo, falsa la imagen, vacía la modernidad (y un poco la supervivencia) y sus acciones teñidas de veneno despótico y tiránico. Tiene un sabor que rezuma a falso y que por eso sabe(o lo pretende) a auténtico. A descorazonadamente auténtico.

Y la pobre Marta de Betania corriendo siempre corriendo. Podríamos tomar su ejemplo y creer en la resurrección (de Lázaro). Pero claro, ya sabemos que en Betania, siempre, siempre las buenas (y preciadas) esencias vienen en viales pequeños.

Por eso es que la honestidad parece renegar intrínsecamente de la frivolidad, por principios. Pero como es mujer, ya lo decía Nietzsche: “Si no se persigue, te alcanza” como la felicidad, la serenidad, la libertad o la sabiduría.

Ciertamente, es difícil, el compromiso que se pacta con ella; pero hermosa gratificación la que confiere la honestidad: ser leyenda.

Como a usted este particular, ya le queda muy lejos.

Refrende usted su vacuna, Ilustrísima. Total ya sabemos de la misa la media.

 

 

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