Las personas únicas, por María Bernal

Personas únicas

Hace unos días, viví una experiencia muy emocionante en el trabajo. No obstante, es que desde hace ya un tiempo, me levanto cada mañana, con la actitud de encontrar un momento por el que vale la pena vivir.

Volviendo a aquel día, conocí a una mujer aparentemente humilde, sencilla y preocupada por la situación académica de su hijo, pero esperanzada y confiada en que,  echándole una mano, todo se podía solucionar. Y en esa esperanza fue donde entendí lo egoístas que pueden llegar a ser las personas; y no precisamente por la protagonista de este artículo.

Sentadas en nuestra cita, ella empezó a hablarme muy bien de su hijo; suele pasar. Son conscientes de que ellos no van bien o tienen un comportamiento inadecuado, pero siempre tienen un recuerdo que contar con el cual se emocionan. A fin de cuentas, un hijo es un hijo.

Cuando recibo a una madre me gusta hablar desde distintas perspectivas: señalando los defectos en el aula, pero también les suelo destacar alguna virtud (porque las tienen y algunos no son tan malos como quizás los describan) para que al menos haya un halo de esperanza o una posibilidad de cambio, que es lo único que las madres ansían. Escribo madres, porque a la mayoría de las tutorías acuden ellas.

Volviendo a la última tutoría que tuve, he de destacar el sufrimiento de una mujer, la cual me decía que no sabía cómo podía ayudar a su hijo, porque él es un chico muy introvertido, está en plena adolescencia y ha dado un cambio drástico con respecto al año pasado.

En estas reuniones hablamos de muchos temas, y a mí me gusta escucharlas, porque he tenido siempre la suerte de dar con buenos padres, esos que te apoyan, esos que nunca le dan la razón a sus hijos…En definitiva, esos padres con los que todavía se puede contar para cambiar la educación.

Me gusta escucharlas, porque de cada encuentro aprendo, reflexiono y valoro. E independientemente de su formación, siempre te enseñan con el mejor de los libros, el de la experiencia.

Hace unos días, yo hablé poco. Escuché. Y observé unos ojos cristalinos, casi a punto de desbordarse. Escuché las palabras de esa señora que se había sacrificado mucho por los estudios de su hijo, a pesar de la situación a la que la vida la había obligado a enfrentarse. Hasta hace unos meses todo había ido bien. Pero en esta edad, lidiar con los adolescentes es una tarea dificultosa, ante la que hay que tener en cuenta muchos factores, porque es tal la revolución hormonal a las que están sometidos, que son volcanes a punto de entrar en erupción, y difícilmente podemos averiguar cómo van a actuar.

Miraba detalladamente el temple de una señora que siempre ha estado en contacto con el centro por el bien de su hijo, pero que este curso todavía no había tenido la oportunidad de hablar con la tutora; el destino la había obligado a dedicarse un tiempo ilimitado.

Pero ahí estaba, descuidándose un poco, haciendo de tripas corazón para ser el tipo de madre que hasta hace unos meses había sido.

Observaba, con un poco de presión en el pecho, la mirada positiva de una señora que llevaba un pañuelo en la cabeza. No tenía más remedio que afrontar ese look y la educación de su hijo. Porque ante estas situaciones, una persona esconde su preocupación para ofrecer su mejor versión: la de todo va a salir bien, y si no, voy a disfrutar del momento, salga bien, salga mal. Y en ese instante, a mí se me formó un nudo en la garganta.

Era tan sumamente increíble escuchar la dulzura, el conformismo y las ganas de ayudar, que esa mujer transmitía, que no puede evitar la emoción.

Y es que me dijo que le encantaba ayudar a las personas, que había puesto toda la carne en el asador para no decaer nunca y estar ahí para los suyos y para todo el que le pidiera ayuda. Y aunque más de una vez, esa carne se había quemado, es cierto que resulta una estupidez dar lástima, porque es de cobardes y te priva de disfrutar minuto a minuto.

Ahora estamos trabajando las dos codo con codo para que Ezequiel (nombre ficticio), su hijo, consiga su objetivo a final de curso.

Tras su marcha y sus gratas palabras, empecé a pensar en aquellas personas tontas de remate que continuamente lloran más por la boca que por los ojos. Esas que creen que son el ombligo del mundo y todo lo que les pasa a ellas es intransferible.

No valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Hemos creado una vorágine de quejas y quejas, porque nada nos sienta bien, cuando en realidad casi todo tiene solución. Lo que no tiene solución es que una persona con un pañuelo en la cabeza te diga que es consciente de que ya no hay remedio y que lo único que quiere es vivir todo el tiempo posible para estar al lado de las personas a las que realmente quiere, ayudándolas y haciéndolas felices, porque quizá en un periodo determinado de tiempo ya no nos volvamos a ver más.

¡Qué maravilloso es el mundo junto a esas personas que jamás se quejan por nada, aunque sea una condición innata del ser humano!

Que suerte haber conocido a la protagonista de mi historia, el prototipo de mujer que te abre esos ojos que, por querer ganar protagonismo, no están dispuestos a parpadear.

 

 

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