Personas, según María Bernal

Personas

Hakim, Sana, Hamza, Salma, Sad, Wiame, Youssef…pero también, Lola, Nicolás, Sara, Rubén, Lucía, Martín…y así podría seguir hasta nombrar a los 25 o 28 alumnos que forman parte de cada uno de los grupos que suelo llevar durante un curso escolar. He escrito bien, así que lean: alumnos; y no, marroquíes y españoles, porque etiquetar o catalogar a las personas en todos los sentidos es un acto retorcido, con intención clasista y con un pensamiento de superioridad que no casa con mi forma de ser y de actuar, y porque la consecuencia más inmediata e irremediable de la distinción en cualquier lugar es la discriminación.

Volviendo a las etiquetas, en mis clases, estas, de manera verbalizada, no existen, ni en lo concerniente a las dificultades de aprendizaje (aunque la burocracia nos obligue a plasmarlas por escrito), ni en lo concerniente al color de la piel, a la condición sexual o al hecho de si llevan el pelo de color rojo o azul. Yo solo veo a personas que pertenecen a una misma raza, la humana, esa en la que todos los hombres y mujeres tienen cabida con los mismos derechos y las mismas oportunidades, primordialmente porque, al ser personas, estamos llenas de emociones y tenemos derecho a experimentar con respeto, con cordura y con humildad sin que nadie nos imponga dónde, cuándo y cómo hacerlo.

Volviendo a mis alumnos, así como al crisol de culturas (de las que siempre hay algo que aprender) que tenemos en las aulas, he de decir que mi misión es inculcarles y enseñarles, primero, valores y después, contenidos académicos, dejándoles muy claro que todos en esta vida, antes que profesionales en nuestros campos, somos personas, una verdad que a muchos se les olvida y que supeditan con una soberbia infame a escalones más bajos de los que ellos pisan.

Y he ahí el gran problema, creer en la superioridad de las personas y en que en el mundo todavía hay una sociedad que parece estar jerarquizada. Y tras esta idea de segregación se esconde una mentalidad ultraconservadora cuyo fin es imponer un legado de animadversión, apelando a las masas para que se conviertan en seres ruines que sin piedad alguna salen a la caza de personas bajo el grito de “Viva Franco” o “Arriba España”.

Y sí, de cacerías va la cosa estos días en Murcia. Hay que ver que palabra más dictatorial, máxime cuando estas se han dado a lo largo de nuestra historia en países con regímenes autoritarios durante los que unos putos locos persiguieron de manera sistemática, violenta y macabra a personas a las que odiaban por el simple hecho de no pensar igual, de no profesar la misa religión o de no pertenecer a la misma raza, esa que se inventó un perturbado que aún conociendo de sobra lo que era el bien y el mal, quiso imponer el mal bajo el detestable pretexto del sentido de la propiedad.

Pero la tierra no es de nadie, los países no tienen escrituras y sus ciudadanos no son herederos, sino personas defensoras de una patria, capaz de traspasar fronteras nacionales y partidaria de la justicia, la libertad y la solidaridad. Profundicemos en la veracidad de la literatura y leamos a Unamuno para asimilar la idea de un patriotismo universal, condenando el nacionalismo extremo, el que exprime al máximo y de manera irracional al ciudadano, inculcando la concepción de una sociedad que discrimina y excluye a todo aquel que no sea semejante. Antonio Machado sufría a través de sus versos por las clases más populares y por el bienestar del más desfavorecido, alejándose de la manipulación que llevaban a cabo las élites. Hagamos nuestras las palabras de García Lorca sobre su bandera de la libertad, esa que triunfa sobre cualquier exaltación patriótica que se haga con violencia y odio. Leamos los artículos de Larra que versan sobre la demagogia patriotera capaz de respaldar toda intención opresora que obstaculice el progreso. Y una vez inmersos en la veracidad de nuestros escritores, donde hallamos el sentido de cada capítulo de nuestra vida, entendamos el odio derramado estos últimos días.

Ninguna agresión tiene justificación alguna y el ciudadano que cultiva el sentido común cree en la justicia, aunque es consciente de que esta necesita un cambio, quizá aquí tendría que intervenir el factor de propulsa pacífica, para reivindicar que las leyes que penan a los actos delictivos de cualquier persona no son las más justas. Sin embargo, no criminaliza a un colectivo, máxime cuando los hechos no han sido demostrados, máxime cuando las personas que delinquen pertenecen únicamente a la raza humana.

Que haya partidos políticos que inciten al odio no es lo que más me preocupa, son pan para hoy y hambre de derechos sociales para mañana, ya que hoy persiguen a migrantes, pero mañana irán a por otro colectivo que perturbe su aldea global, lo que más me inquieta es que estos lunáticos tengan a personas que los apoyen. Me duele el racismo de la sociedad, me duelen mis trece alumnos nombrados en las primeras líneas, porque me da miedo que se contagien del odio que estos días llevamos viviendo por culpa de unos desocupados que tienen tiempo para todo menos para ser buenas personas, y entre estos se incluyen no solo los que actúan, sino también los que aplauden como borregos que se creen dueños de un lugar que no le corresponde a ninguna persona de la tierra.