PALABRA, por José Antonio Vergara Parra

PALABRA

¡Qué cerca anda el abismo del cielo! Casi tanto como la vanidad de la locura. Arriadas las defensas, bastará una palabra, un gesto o un silencio para que el cielo escampe o se cierna la noche más obscura. No pensamos mucho en ello pero nuestra fragilidad es manifiesta, casi insultante.

Vivimos deprisa, demasiado deprisa pero por suerte hay conventos que conviene frecuentar. Donde el agua mana y corre;  alegre, fresca y libre.  Allí donde la piedra y los olivos son notarios mudos de verdades tan pretéritas como inmutables.  Jilgueros que, a lomos de cipreses, cantan buscando luz entre las tupidas ramas. Sendas de piedras entreveradas de hierba mojada, pues el torrente discurre tan bravío que salpica lo cercano y lo remoto. Se escuchan cantos salmódicos que apaciguan el espíritu y a Dios agradan.

De rosa anda el cielo aguardando a la aurora. Alborea un nuevo día y eso ya es un pequeño milagro pues anoche lloraron las sombras, obscuras e inciertas. Infinitas o así lo parecían. Miedo a la vida que huye y a la angustia que regresa. Madrugadas de hiel y de condena, miradas de sospecha. Cansado de cabalgar a lomos de corceles desbocados de alientos malheridos, sudorosos como el espanto y fríos como el alabastro.  No he perdido la guerra pero sí muchas batallas. Demasiados los estigmas de un alma magullada y ánimo quebrado. La loma es humilde y, no obstante, escarpada. Eriales de suspiros apenas frecuentados por jacintos de entretiempo y noches de verano. Miro al cielo en espera de que el Santo me ensalce con su llanto y bendiga mi calvario. Debe ser SU Palabra o la salmuera de un mar que añoro, donde el viento peina mis heridas, donde el azul y el turquesa esbozan la utopía de un mañana esplendoroso y una noche serena.

Sin pretenderlo ha brotado el verso desplazando a la prosa hacia un rincón sereno. No sé bien por qué. Tal vez porque el primero es tan honesto como rendida la segunda. Y aquí en este bendito lugar, imaginario y no obstante real, quisiera pensar en voz alta.

No oculto ni exhibo mi fe en Jesús de Nazaret y mi amor por la Iglesia de Roma. Definitivamente, quiero a la Iglesia de Roma, católica y apostólica, pues me acogió como a un hijo. Porque en ella lavaron mi frente, porque me dieron de comer pan ázimo, porque confirmé mi fe, porque ante ella me uní a mi esposa para siempre, porque abrieron sus puertas a mis hijos y nieta y porque purificó las almas de mis seres queridos cuando aquellas abandonaron sus cuerpos. En la Iglesia atisbo más luz que sombras. Bien sé que en nombre de Dios, el hombre ha consumado desafueros y crímenes. Sabemos que algunos de sus más destacados exégetas mancillaron la Palabra de Jesús, porque nada entendieron o, simplemente, porque la usaron de señuelo para sus maldades. Pero cuando se es consciente de la propia miseria, mayor es la indulgencia para con los demás. Y siendo éste el caso,  ¿quién soy yo para juzgar a mis semejantes? Ya lo hará Dios con su infinita misericordia. O la propia vida que acostumbra a ser menos compasiva.

Por fortuna, la Iglesia, henchida de almas bondadosas, piadosas y misioneras que Dios ve y el mundo ignora, ha sobrevivido al propio hombre. Y así debe seguir siendo porque la Iglesia de Roma, cuan faro salvífico, está llamada a dar luz en la tormenta. Es tan grandiosa la misión que Jesús le confió que, de ninguna manera, puede apagarse pues dejaría al hombre a la deriva en un mar corrientoso y saturado de falsos embarcaderos.

Mi fe en Jesús y mi amor a la Iglesia no son, respectivamente, convicciones con pies de barro ni sentimientos acomodaticios. Son adhesiones voluntarias que impregnan cada resquicio de mi vida. Mi fidelidad no es a la carta pero tampoco ciega. Mientras las fuerzas y la libertad me asistan no renunciaré jamás a mi libre albedrío; para creer, para dudar, para avanzar y también para equivocarme.

Ese libre albedrío me aleja de determinados posicionamientos que, a lo largo y ancho de la Historia, ha mantenido la Iglesia Católica. Lo lamento pero ni comparto ni comprendo la posición de la Iglesia respecto a asuntos como la homosexualidad o el matrimonio de personas del mismo sexo. Dios no me ha hecho partícipe de sus planes pero no advierto un ápice de patología, anormalidad o contravención en la homosexualidad, resultándome muy incómoda la mera formulación de esta obviedad.

De la persecución, estigmatización, expiación, reprobación y condena hemos pasado a un paternalista acogimiento que, aun representando un avance muy significativo, no deja de ser ofensivo. Tal como yo lo veo, tras esta especie de absolución graciable y condicionada se esconden, por lo común, almas ciegas y soberbias. Cuando no cínicas pues no es inusual que el censor ejercite lo censurado en obscuras estadías.

Desde una torpeza reincidente, procuro vivir conforme a los principios y certidumbres que hace tiempo elegí y que, aun no siendo plenamente consciente, siempre llevé muy adentro. Creo, sinceramente, que me eligieron a mí antes que yo a ellas aunque ese feliz encuentro no habría sido posible sin la palabra y testimonio de mis padres. Tampoco sin la presencia de la Iglesia de Roma que, pese al propio hombre, ha mantenido viva la PALABRA de Jesús.

Intento, por tanto, vivir conforme a mis convicciones ideológicas y espirituales, lo que no resulta nada fácil pues las trampas y vaguadas del camino ponen en jaque a la más obstinada de las determinaciones. Una senda elegida en libertad y, no obstante, cincelada por las circunstancias  y avatares que me ha tocado vivir. Pero hay tres principios rectores grabados a fuego en mi consciencia de los que jamás renegaré por costoso que sea el peaje a pagar.

1.- La vida es un aprendizaje y, por tanto, las ideas y convicciones personales han de ser permeables a eventuales cambios o pulidos. El diablo llama tibieza a lo que en verdad es humildad.   Necesitamos grandes dosis de humildad intelectual para poder avanzar. La duda, la curiosidad y la oración son, entre otras, puertas que han de estar entreabiertas para que el alma esté oreada e iluminada.

2.-  La solidez de nuestras creencias, asentadas por lo común en atalayas altivas y jactanciosas, no debe ser una coartada para despreciar o infravalorar las certidumbres ajenas que, antes que hirientes paternalismos, merecen sincero respeto. La batalla ideológica y doctrinal es insoslayable pero deberíamos liberarla de ese barniz de intolerancia y tozudez de que tanto daño ha causado al hombre desde el comienzo de los tiempos.

3.- Dejemos a un lado el derecho natural y descendamos al derecho positivo o al derecho de gentes que así lo llamaban los romanos. El derecho no está para sacralizar los dogmas del grupo dominante sino para establecer unas reglas mínimas que garanticen el entendimiento y convivencia pacífica de todos los ciudadanos. El reconocimiento de derechos, no habiendo perjuicio para terceros, debe amparar a todos por igual. Las creencias religiosas y el derecho positivo son planos paralelos que jamás deben converger. Derechos como el divorcio (que en su día generó ríos de tinta) o el matrimonio de personas de idéntico sexo, ¿de veras lesionan legítimos derechos de terceros? ¿O se trata de una cuestión meramente semántica? Más controvertida resulta la disquisición cuando en el ejercicio de un derecho se conculca el derecho de un tercero en cuyo caso la Ley debe limitar o graduar ese derecho. En ocasiones, como ocurre en el caso del aborto, ni siquiera coincidimos en la presencia o no de un tercero.

Lo que intento decir es que la Ley del Hombre debe ser lo menos invasiva posible, propiciando, en torno a baluartes irrenunciables (la democracia y el Estado de Derecho), la paz y concordia sociales. Después, cada cual habrá de elegir su camino asumiendo los riesgos y venturas que de sus decisiones y prioridades vitales  se deriven. Las convicciones morales, éticas y religiosas no se imponen; se ofrecen. No se sermonean; se ejemplifican.

Aborrezco las etiquetas y los prejuicios. Hace tiempo que decidí ignorar los hierros con los que, como a las reses, marcan nuestros costados. Me interesa el hombre y sus obras que, como previno el Caballero Andante, son amores y no buenas razones. Sigo de cerca la política y me agrada el fondo y las formas de una señora que, según afirman, es comunista.  Ha liderado reformas laborales con las que estoy absolutamente de acuerdo y que, por descontado, han levantado ventiscas entre los mecenas de los medios desinformativos. No es casual, por tanto, la campaña de acoso y derribo a la que, por tierra, mar y aire, está siendo sometida. Como quien rebusca en la basura, andan tras cualquier nimiedad pretérita de su vida para desacreditarla. Los mismos medios que, cobarde y reptilmente, callan o justifican las tropelías del Emérito, niegan a la Sra. Díaz el pan y la sal. Les parece mal que, como Vicepresidenta legítima del Gobierno de España, ocupe una vivienda oficial e, incluso, censuran la ubicación, metros y valor de su casa familiar, cerca de El Ferrol. Detestan su evolución estética y su firmeza ética. Le quieren harapienta, perroflautera y sin techo, que para eso es comunista.

Dios mediante, mi voto será para ella. Ando interesado en la justicia social, en la solidaridad, en la educación y la sanidad públicas, en la cultura, en la ganancia honesta, en el reparto de las plusvalías entre los trabajadores; y en la república. La patria vendrá por añadidura. Lo peor que puede suceder es que me reencuentre con la decepción pero nada he de temer pues somos viejos conocidos.

Sigo aquí, muy cerca de la primera cartuja de Castilla. Entre alcornoques, avellanos y abedules. Su gótico con reminiscencias mudéjares me envuelve con aromas de romero y tomillo. Siento paz y cuando ésta me viene a visitar veo con mayor lucidez. Que Dios perdone esta rebeldía mía que, a diferencia de la de James Dean, es con causa.  En realidad, sólo quiero ser fiel a su Palabra porque fuera de ella no hay nada.