Nuevos artículillos sueltos de Antonio Balsalobre

Cañas y libros

Este puñetero virus ha conseguido lo que no lograron ni las más devastadoras guerras del siglo pasado: que durante semanas hayan estado cerrados bares y bibliotecas. Los primeros ya van abriendo, y con la llegada del buen tiempo y un poco de suerte en la desescalada, poco a poco irán volviendo a una cierta “normalidad”. La caña es la caña. Ojalá ocurra lo mismo con las librerías, esas  boutiques de l’esprit, como las llamaban los franceses en el siglo XIX (una expresión tan redonda que no oso traducir por temor a destrozar la belleza de la metáfora). Hay demasiados autores, traductores, editores y trabajadores de toda clase de la impresión dependiendo de esta actividad tan “esencial” como para que los gobiernos (de toda clase) no se tomen en serio su futuro. Pues eso: “¡Camarero, una caña y un buen libro, por favor! Marchando.

Malos pensamientos

A base de lingotazos de lejía y chutes de hidroxicloroquina, Trump está que se sale. Anda tan “sobrao” y pletórico que no hay quien le tosa. Por llevar, lleva enfilado hasta Obama, a quien ha acusado de “incompetente” primero, y de grossly “incompetente”, después, por si no había quedado claro. El país que dirige, en cambio, no anda ni tan “sobrao”, ni tan pletórico. A punto de alcanzar los cien mil fallecidos por coronavirus y con más de treinta y seis millones de compatriotas en las listas del paro, la prudencia aconsejaría que se pavoneara menos y gestionara más y mejor. A veces me invaden malos pensamientos y me lo imagino presidiendo España, con Casado y Ayuso de secretarios de estado. ¿Qué harían entonces los “insumisos” de Núñez de Balboa, entre los cuales cuenta, sin duda, con numerosos adeptos? Mejor que no lo sepamos.

A la “rabiculé”

El que la sigue la consigue. Y aprovechando que el coronavirus pasaba por aquí, López Miras ha conseguido lo que llevaba tiempo siguiendo: darle una vuelca de tuerca más a la desprotección del medioambiente. A la pillada, con nocturnidad y alevosía, valiéndose del confinamiento que dificulta la respuesta democrática de la ciudadanía, ha rectificado por decreto urgente las leyes de Puertos, Suelo y Protección ambiental para adaptarla a los intereses de las grandes empresas constructoras. Como si rebajar los controles y garantías previos a las ampliaciones industriales, reduciendo supuestos de evaluación ambiental y permitiendo que se aumente hasta un 30% la contaminación por vertidos y emisiones, fuera algún antídoto para combatir la pandemia. Algunos aplaudirán el quiebro a los  ecologistas, pero bien pensado, a quien le ha metido un gol “rabiculao” por toda la escuadra es a la salud pública, a la calidad ambiental y la conservación de la naturaleza.

Libertad sin ira

Puedo entender, cómo no, que los ricos se manifiesten en el barrio de Salamanca o donde les venga en gana. Que secunden, incluso, algaradas callejeras, y, si se tercia, quieran derrocar al gobierno. Hasta puedo entender que un partido que se llama a sí mismo de ley y orden aliente por boca de Casado, Ayuso, Moreno o Miras (todo llegará) esos alborotos en la calle. Cómo no podría entenderlo, yo que por edad tuve que correr más de una vez delante de los grises pidiendo “Democracia y Libertad” durante la dictadura, cuando en España estaba prohibido (sí, prohibido, así como suena) el derecho de manifestación. Sólo les pediría a quienes llaman a la protesta un par de cosas: que respeten la ley a la que tan apegados dicen estar y que no pongan en peligro, en estos tiempos inciertos de coronavirus, la vida de los demás. Ah, y si me lo permiten, que la “libertad” que reclaman sea sin ira.

 

 

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