Nueva remesa de articulillos sueltos de Antonio Balsalobre

Transfuguismo

Si Isabel Franco, Valle Miguélez y Francisco Álvarez vinieron a regenerar la política, apaga y vámonos. Si alguien pensaba que el “tamayazo” era solo una anécdota elevada a categoría, que se vaya desengañando, porque este aquelarre de traiciones, deserciones y ventas al mejor postor, que aquí en Murcia ha alcanzado su paroxismo orgiástico, no ha hecho más que empezar. Franco, Miguélez y Álvarez firmaron una moción de censura contemplada por la ley para sustituir al gobierno de Miras, pero horas después se integraban, como tránsfugas, en ese mismo gobierno que querían derrocar, pasando a ser flamantes consejeros de “76.000 euros y chófer en la puerta”. Edmundo Bal, de Ciudadanos le ha puesto nombre y apellidos a esta nueva corrupción: “El PP quiere comprar voluntades, quiere comprar personas, han abierto su caja B y están dispuestos a pagar lo que haga falta para comprar a gente de Ciudadanos”.

Una, dos y tres…

“Esto es el Rastro señores, vengan y anímense, que aquí estamos nosotros, somos Papá Noel. Se revenden conciencias, recompramos la piel, nos vendemos de cara, le compramos a usted. Y si quiere dinero, se lo damos también…”. Debería haber sonado el pasado miércoles y jueves en la Asamblea, como música de fondo, esta canción de los años 70 de Patxi Andión mientras debatían sus miembros lo que empezó siendo una moción de censura firmada por los seis diputados de Ciudadanos, ajustada a la legalidad, con visos de regeneración política, y que ha derivado, entre engaños, traiciones, vendettas y transfuguismo, en una barahúnda política de consecuencias impredecibles. A López Miras, cuyo partido quedó en segundo lugar en los últimos comicios autonómicos pero mantiene el puesto, le debería haber cabido el honor de interpretar a capela el estribillo de la misma: “Una, dos y tres. Una, dos y tres. Lo que usted no quiera “pa” mi rastro es”.

La palabra precisa

Pocos novelistas han sufrido tanto escribiendo como Flaubert. A pocos ha atormentado tanto el proceso creativo, la búsqueda de la frase redonda, la palabra precisa. Incansablemente releía una y otra vez sus escritos corrigiéndolos sin cesar. Hasta catorce versiones distintas se conocen de su descripción de la batalla de Macar. Hasta un día podía durar la búsqueda desesperada de un adjetivo huidizo. Pocos han estado como él tan obsesionados por la perfección formal de un texto. Por la sugestiva sonoridad de la frase, su ritmo, sus pausas dispuestas como necesarios altos en el camino. Haber leído siendo joven “Madame Bovary” fue una dicha, que se completó después con la lectura de “Salambó” o “La educación sentimental”. Pero de eso hace ya tiempo. Quiero proponerme ahora que se conmemora el bicentenario de su nacimiento volver en estos tiempos de prisas y futilidad, de “wasaps” descuidados y atropellados, a este maestro de la exigencia, de la perfección, del amor incondicional por la palabra.

Decepción

El Régimen valcarcista del 95 se tambalea pero no cae. Otra cosa es saber, a esta alturas, cómo saldrá de esta. La moción de censura presentada y rubricada por 23 diputados presagiaba con ser su tumba política. A la vista está que no es así. Un partido en descomposición, Ciudadanos, sus traiciones internas y externas, el chalaneo vestido de transfuguismo, la candidez pactista del PSOE (¡quién lo diría!), y la falta absoluta de escrúpulos políticos a la hora de comprar voluntades por parte del PP han dado al traste con una iniciativa que se presentaba, si no ilusionante, sí esperanzadora. La decepción, si cabe, ha sido por partida doble. Primero, por la imagen de depravación que ha ofrecido una parte de la clase política murciana al resto de España. Pero también porque para nuestro fastidio, y así hay que reconocerlo, el cambio de rumbo tendrá que esperar.

 

 

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