Nueva remesa de articulillos independientes de Antonio Balsalobre

Palabras que van muy bien juntas

Defender a los pobres y necesitados es un precepto tan antiguo como nuestra civilización. De hecho, el cristianismo lo ha convertido en no pocas ocasiones en el centro de su mensaje religioso. Y los movimientos sociales progresistas, en la razón de ser de su lucha política. Unos, bien es verdad, entendiéndolo como caridad (cualidad de amar); y otros, como solidaridad (adhesión a una causa común). Dejando de lado estas cuestiones semánticas, a nadie se le escapa que en nuestro país, lamentablemente, la pandemia del coronavirus ha hecho emerger con toda su crudeza la pobreza. La aprobación de un ingreso mínimo vital por parte del Gobierno de España trata de responder con eficacia, aunque sea parcialmente, a esa injusticia social. Bienvenido sea. Después de todo, en la lucha contra la exclusión social, “amor” y “solidaridad”, parafraseando a los de Liverpool, “sont des mots qui vont très bien ensemble”.

La menos mala

Al igual que la democracia, que en boca de muchos, es el menos malo de los sistemas políticos, la gestión de la pandemia por parte del gobierno de España, sabiendo lo que se sabía en ese momento, quizá también haya sido la menos mala posible. Eso sí, criticable, mejorable, perfectible. De hecho, las de Conte y Macron se diferencian poco de la nuestra. Quizá algunos hubieran preferido tener al frente del país a un bravucón como Trump, a un cantamañanas como Johnson o a un loco como Bolsonaro. Yo, desde luego, no. Merkel, es verdad, lo ha hecho mejor. Aunque diez mil muertos tampoco es un moco de pavo para un país que recibe a la mitad de turistas que España y tiene una capacidad económica muy superior a la nuestra. Sea como sea, quien nos gana a todos es Marruecos, que con una economía tercermundista y una sanidad pública tan precaria como casi inexistente “solo” contabiliza 205 fallecidos. Habrá que preguntarles cómo lo han hecho. 

La marquesa incendiaria

La terrorífica violencia verbal de Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos, marquesa de Casa Fuerte, proyecta sobre el hemiciclo y España una oscura sombra más alargada, si cabe, que su nombre. Una aterradora oscuridad que eclipsó la semana pasada a Casado, cuando mejor se podía lucir, y disipó a García Egea cuando intentaba descollar. Todo estaba previsto para que el pasado miércoles, la víctima propiciatoria, Marlaska, fuera sacrificada en la pira del Congreso. Así lo había querido el jefe. Y así podría haber sucedido si no hubiera llegado ella, “sedienta de catástrofes”, como diría el oriolano, y de protagonismo enfermizo, añadimos nosotros, “levantando una tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes”, de efectos devastadores, no tanto para Iglesias como, sobre todo, para los suyos. No hay en estos momentos para el gobierno de Sánchez (otra cosa es para la democracia) mejor “portavoza” del PP que esta marquesa, que con sus soflamas incendiarias desplaza a Casado y lo condena a la irrelevancia.

Arde Estados Unidos

Recuerdo en 2003 a un asustado Sadam Hussein saliendo de la madriguera donde se había escondido para escapar de los norteamericanos. El fin de semana pasado, quien se escondió en su bunker mientras rugían los manifestantes en las puertas de la Casa Blanca fue Trump, el bravucón. No es lo mismo, ya lo sé, pero se le parece demasiado. Estados Unidos es en estos momentos un volcán en erupción. Con una economía tocada, más de cien mil muertos por coronavirus, cuarenta millones de trabajadores en paro y una comunidad negra —harta de abusos y crímenes racistas— al borde de la insurrección, las lavas incandescentes cayeron tan cerca del despacho oval que el tuitero fanfarrón tuvo miedo y se escondió. No sé cómo le irán las elecciones del 3 de noviembre, si es que se presenta, pero dudo de que pueda renacer de entre las cenizas del país al que le está metiendo fuego.

 

 

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