Mirar desde la Plaza de España de Cieza, por Rosa Campos

Fotografía de Fernando Galindo

Rosa Campos Gómez

En agosto, por estas tierras, las plazas suelen ser enclaves urbanos favoritos desde que el sol empieza a declinarse por el horizonte, o cuando juega al escondite tras algún árbol o construcción de altura, proyectando sus sombras como un milagro tangible. Una de ellas es la que aquí nos convoca, y es así porque cada vez que pensaba en una imagen refrescante de Cieza para compartir se me aparecía como un fogonazo a la velocidad del rayo esta fotografía de la Plaza de España, realizada por Fernando Galindo y publicada a principios de verano en Crónicas de Siyâsa. Foto que, sin dejar de procurar frescor, es cálidamente evocadora.

Nadie deambula por la “Plaza España” en ese momento, lo que permite que la mayestática presencia del Mercado de Abastos se mire en el amplio y profundo espejo que la lluvia ha formado en el enlosado, reflejo que queda más definido en los tramos de pizarra y mármol. Si levantamos la mirada vemos la Atalaya al fondo izquierda, como una enérgica madre que sabe vigilar de discreta manera, y cubriendo todo el paisaje que abarca el encuadre observamos un cielo de azul cobalto por el que se deslizan blancas nubes de algodón, tan parecidas a las de azúcar que se han liado como dulce tela de araña en torno a un delgado palo para gozo de la chiquillería en este entrañable recinto; se percibe el movimiento en las hojas de las ocho palmeras palmito que ya se han hecho mayores y flanquean con gracia el Mercado de Abastos -con feliz proyecto de Julio Carrilero Prat, e inaugurado en  1929-, edificio que en su fachada principal ya despliega esa armonía dinámica que posee la arquitectura modernista que  imperaba en esa época, y que en su interior -tan práctico como estilizado-, ha albergado, y continúa, a innumerables generaciones de mujeres y hombres que venden y compran los alimentos que nos nutren.

Con la vigente remodelación, que llevó a cabo el alcalde Francisco Marín Escribano, esta Plaza de España, construida según el innovador proyecto del arquitecto Antonio Fernández Esteve -realizado en 1992-, es abierta y llana, cuyo pavimento forma elegantes juegos geométricos, trazados con diferentes materiales y colores -entre los que predomina un intenso rojo Cartagena, todavía más atractivo cuando llueve-, está situado a ras de acera por todos sus costados, y unida a la Plaza de Abastos desde 1995 año en que la obra fue terminada e inaugurada.

Es una imagen que aporta esa mezcla de refrigerada nostalgia que invita a entornar los ojos y a dejar que nos habiten los recuerdos, fragmentos de momentos compartidos que nos pertenecen y que pueden revivir tantas sensaciones como personas les abran paso en su memoria. Desde sus primeros días ha tenido como una de sus protagonistas más fieles a la música, congregando a una ingente cantidad de público cuando han actuado cantantes solistas, grupos, orquestas y bandas tocados por la fama, y en menor número cuanto menos conocidos, aunque cualquier actuación siempre ha estado bien acompañada, que aquí se sabe arropar y disfrutar, espectáculos y conciertos recibidos en sagrado silencio, o animadamente coreados si tocaba. También han alcanzado protagonismo grupos de diferentes continentes, danzando con el movimiento, ritmo, belleza y color de sus ancestrales etnias; el cautivador teatro de calle; artistas pintando desde cualquiera de sus ángulos; recitales de poesía; los  helados artesanos que tanto goce al paladar otorgan; la recreación del pasado con deliciosos mercados medievales, la genuina artesanía de los mercadillos mensuales, la sabrosa feria del melocotón; los ‘hilaores’ demostrando sus habilidades con el esparto, las muestras de agricultura, de deporte, de automóviles;  las ONG explicando sus objetivos; manifestaciones contra la violencia de género, por el cuidado del Medio Ambiente, por el trabajo; el juego en la niñez… Y todos esos temas más que encontraremos si miramos por cualquier resquicio de nuestra retentiva.

Quedadas con la gente querida, encuentros inesperados, paseos en sosiego con distendidos diálogos, el despertar a los olores y sabores que van sembrando los días de Feria… Y algún imprevisto como el de aquel sábado -25 de agosto, 2007―-en que Rosendo fue recibido también por la lluvia, mientras que él y cuantos queríamos escucharlo esperábamos a que las nubes contuvieran su derrame… Y el muy efímero lujo de poder verlo cuando, para tantear el agua que caía, salió por la puerta principal del Mercado -convertido en camerino Feria tras Feria, a excepción de 2020- hacia la escalera de acceso que comunicaba con el escenario, que se mostraba con todo el equipo de música y luces apagado y a cubierto. Y todos con paraguas, aguantando de pie en espera de que escampara, con ganas de escuchar la inconfundible voz del mítico roquero… No pudo ser entonces, quién sabe si en un próximo mañana.

Si mirar una fotografía contiene la eternidad de ese momento que captura, ofreciéndonos una invocación perenne, mirar desde la ciezana Plaza de España contiene una accesible magia, por su claridad estética junto a su enorme y constante contribución a la cultura, enriqueciendo la vida social del pueblo. Mucho arte reunido en un espacio arquitectónico retratado sabiamente, evidenciando lo hermoso de la vida que transita por ese escenario tan nuestro.

 

 

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