Miguel y José Antonio, por Vergara Parra

Miguel y José Antonio

 

Dedicado a Javier,

mi amigo del alma que hizo cierto

lo advertido por Camus: “Un verdadero amigo

es aquel que llega cuando todos se han ido”

Anda la fiscalía anticorrupción tras las tarjetas opacas presuntamente utilizadas por el Rey Demérito I y cohorte por determinar. Plásticos azabaches cuyas contrapartidas contables iban al debe de fondos de origen incierto, depositados vaya usted a saber por quién, en algún vergel fiscal.  Ya saben ustedes que el bolsillo es la víscera más sensible al dolor. Quienes los tienen llenos, para evitar toda embestida que pudiera retorcerles de tormento, confían sus alcancías a elegantes y daltónicos banqueros que no hacen preguntas. Nuestros más ilustres fideicomisarios contratan a despachos de nomenclatura larga y anglicana que, a la postre, no dejan de ser mandatarios que actúan por cuenta del testador o benefactor. Apoderados obligados a satisfacer los derechos del agraciado (fideicomisario) en los términos previstos en el fideicomiso. No insistiré más en esta figura jurídica, inalcanzable para la mayoría de mortales que, aún sobreviviendo a la hipoteca, no haremos ni testamento. Que cada cual, satisfechos los diezmos, disponga de sus alícuotas migajas.

La fiscalía es un cuerpo marcadamente jerárquico, obligado a acatar las indicaciones o elocuentes silencios de la Fiscalía General del Estado. Sabrán también que el o la fiscal general es nombrado por el Rey, a propuesta del Gobierno y oído el Consejo General del Poder Judicial. Vamos; que lo nombra el Gobierno. La que hasta bien poco fuera Ministra de Justicia y Notaria Mayor del Reino, Sra. Delgado, es hoy la flamante Fiscal General del Estado. Cómo olvidar su riguroso luto y aquella faz de desconsuelo y tribulación mientras Franco era portado en procesión. ¡Oye!; que algún espectador despistado pudo pensar que era familia. ¡Qué interpretación para la Historia!

No sé qué planes tendrán para José Antonio al que, con singular saña, mataron por nada y porque sí; como a tantos otros de uno y otro bando. Fue víctima pero ocupa un lugar preferente. De ser yo familiar con voz y mando ya le habría sacado de allí antes de que este gobierno de trincheras y ocurrencias monte, a costa de sus huesos, otro bacanal televisivo.

En espera de futuros acontecimientos toca Juan Carlos, sin don pero con din que, en efecto y por inesperadas razones, se ha convertido en el mejor aliado de la causa republicana.

De forma entusiasta, animo a la Fiscal General del Estado para que sea implacable con el cazador de paquidermos y otras piezas. Y cuando haya terminado con él, la emprenda con Pujol y Cía.; a ver si de una puñetera vez cantan La Traviata y cae hasta el apuntaor. No desfallezca, Sra. Delgado, que todos estamos con usted y la empresa es descomunal.

Va a ser que no. Todo seguirá como hasta ahora. Habrá cabezas de turco de uno y otro lado (de segunda o tercera filas) para que el vulgo mitigue su desesperación y, en su infinita candidez, mantenga la fe en la justicia.  Nada habrá de pasar en realidad para que todo siga igual.

Mediaba la Restauración Borbónica cuando se instauró el llamado “turno pacífico”; es decir, la alternancia en el gobierno de los dos partidos dinásticos: el conservador y el liberal. A tenor de las circunstancias, el Rey y el escrutinio amañado decidían si era el turno de Sagasta o Cánovas.  Una copia burda del bipartidismo británico que, entre muchos males, truncó el pluralismo político e hizo del clientelismo y la corrupción sus señas de identidad.

Hoy todo es más sutil y no menos perverso. Tenemos Rey y algo hemos avanzado pues reina pero no gobierna. Hay elecciones libres pero algunos de los principales medios de información (y de formación de opinión) no son arietes de la democracia ni contrapesos del abuso del poder, sino correveidiles de sus respectivos mecenas. Si forjamos nuestra decisión democrática en las divulgaciones y propaganda más a mano, renunciando a la búsqueda honesta y decidida en otros manantiales del conocimiento, podríamos convertirnos en cómplices, por acción u omisión, de una democracia antes formal que sustantiva.

Tras un fugaz destello de esperanza, Montesquieu fue nuevamente inhumado en 1985 y nadie parece interesado en orear su espíritu. Le quieren calladito y bajo tierra para que el poder político siga campando a sus anchas. La televisión, salvo honrosísimas y por ello efímeras rarezas, excreta miseria y bazofia morales, allanando los hogares españoles con los estertores de paletos con audiencia. En la Roma Imperial el populus entraba en éxtasis mientras las fieras devoraban cristianos. Momentos que aprovechaban sus regidores para dar la espalda a la virtud y abrazar la corrupción.

Frente al pan y circo siempre estuvo la dignidad y cultura. Cuestión de prioridades y también de sensibilidades. Entretenidos y divididos; así nos quieren. ¿Por qué habría yo de escoger entre Miguel Hernández o Rafael García Serrano? ¿En nombre de qué o de quién habría de privarme del verso eterno o de la prosa definitiva?

Un 20 de noviembre de 1936 a José Antonio le mataron los rojos en la cárcel de Alicante. No hubo orden de fuego sino que, apenas a tres metros de distancia, dispararon a capricho, en varias descargas. Aquello no fue un fusilamiento sino una carnicería premeditada. José Antonio, por variadas e ignoradas razones que otro día desgranaré, se convirtió  en un serio inconveniente para Largo Caballero, para Stalin y para el mismísimo Franco, cuyo régimen rentabilizó su memoria, manipulando a su conveniencia el pensamiento del creador de la Falange. Por eso le mataron unos y por eso otros, tal vez, le abandonaron a su suerte.

De nada sirvió la conmutación de la pena capital a la inmediatamente inferior. Miguel Hernández, cuyo único delito fue el de escribir algunos de los versos más hermosos jamás soñados, murió de tuberculosis en la enfermería de la cárcel alicantina, el 28 de marzo de 1942. No fue la enfermedad lo que le mató sino el odio de un régimen vengativo y zafio que temía a la cultura, en cuanto estandarte de la libertad, como al mismo diablo. Cuentan que no pudieron cerrarle los ojos. Quizá por ello, su amigo Vicente Alexandre escribió:

“No lo sé. Fue sin música.
Tus grandes ojos azules
abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante,
cielo de losa oscura,…”

Tan pronto las circunstancias lo permitan, me desplazaré a mi vecina Alicante. Visitaré la tumba de Miguel Hernández, en el Cementerio de Nuestra Señora del Rosario. Después iré a su cárcel y permaneceré unos instantes en el lugar donde José Antonio fue ejecutado. Quisiera pensar un poco en José Antonio y en Miguel, junto al cadalso del primero y la tumba del segundo. Quisiera recordar por qué murieron y por qué aquel odio sobrevive a nuestros días. Por qué unos quieren reeditar una Historia ya escrita y otros ignorarla. Por qué el descanso eterno de almas olvidadas puede ofender a alguien, o por qué tantos insensatos avivan tiempos grises y destemplados.  Por qué tantos y tan jóvenes quieren reabrir heridas que creíamos cicatrizadas, que esencialmente supuran por rencores maliciosamente inoculados.

Que no cuenten conmigo para esta farsa. No ando interesado en agradar a bando alguno ni participaré de este vaudeville dialéctico entre vencedores y vencidos. Cuando Franco murió yo contaba con nueve años y correteaba por las calles y placetas de mi pueblo. No pude votar la Constitución del 78 pues sólo contaba con doce años, pero no importa. Tampoco los norteamericanos que hoy respiran votaron la suya, que data de 1787.

Si la de 1812 supuso un ensordecedor grito de hispanidad, la del 78 fue la de la concordia, el perdón y la fraternidad de un pueblo maltrecho que quiso ofrecer a sus hijos la vida que a ellos les fue negada. Maldigo a quienes atisban afrenta en la memoria o rencor en la justicia restaurada.

No me den a elegir entre José Antonio o Miguel Hernández, entre en la Alhambra de Granada o la Mezquita de Córdoba y San Clemente de Tahüll y el panteón de la Real Basílica de San Isidoro de León. No me obliguen a elegir entre las Generaciones del 27 o del 98. No renegaré de Federico, Alberti o Pedro Salinas. Tampoco de Unamuno, Baroja, Azorín o Valle-Inclán. No piensen, ni por un instante, que silenciaré a Cervantes, Calderón, Lope de Vega, Quevedo o Góngora. ¿Y por qué maldita razón habría de preferir a Picasso sobre Goya o viceversa? ¿Qué le pasa a este país? ¿Acaso ha perdido el juicio?

La Historia de mi país, como la de cualquier otro, está salpicada de triunfos y derrotas, de arrogancia y humillaciones.  Pese a todo o por todo quiero a mi España, a toda, y quiero a sus gentes, a todos. Nunca vi dos Españas sino un único destino ignorado por oportunistas e insensatos.

 

 

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