Mi república no es de este mundo, por José Antonio Vergara Parra

Mi república no es de este mundo

 “Donde está la verdad está Dios” (Cervantes)

Uno que yo me sé me advirtió una vez: hay dos clases de españoles; los que roban porque pueden y los que robarían si pudiesen. No digo que esté de acuerdo pero mi escepticismo, cuando no mi desánimo, no hacen sino crecer.

El derecho político pronto captó mi interés. Al profesor Candela, que Dios tenga en su gloria, debo el estudio y comprensión de una de las mudanzas políticas más apasionantes y decisivas de la reciente Historia de España; la Transición, bien conocida por unos y bien despreciada por otros.

El Rey Juan Carlos, designado por Franco como sucesor en la Jefatura del Estado, tomó, en  mi opinión, la más acertada decisión de su entonces plenipotenciaria jefatura preconstitucional: el nombramiento de Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno. Ya saben qué ocurrió después; que un falangista, con limitadas dotes para los trasuntos más ordinarios pero con una descomunal talla política, hizo posible lo prevenido por su  mentor: “La aspiración a una vida democrática, libre y apacible será siempre el punto de mira de la ciencia política.”

El Rey Juan Carlos, durante un tiempo, disfrutó de su parte alícuota de gloria donde el reconocimiento del pueblo español maridaba con el silencio, tácitamente concordado entre los medios, ante la maloliente espuma de olas que, con persistente terquedad, morían una y otra vez en la orilla. A un servidor, a diferencia de sociedades puritanas y gazmoñas, le traen sin cuidado los enredos de cintura para abajo, pero sí me conciernen el origen y contenido de las alforjas de quienes bienviven con el sudor del pueblo.

La honradez no consiste en una impoluta hoja de servicios, propia de dioses y no de los hombres, sino de nuestra capacidad para reconocer el bien del mal, de nuestra contrición y del coraje para asumir las consecuencias de nuestros actos.  Enrocarse tras el desmedido fasto de una dictadura frívolamente opulenta y feudal, representa el metafórico ocaso de un hombre para quien las regalías de cuna y los delirios de un dictador fueron demasiado pretenciosos.

Una Real democracia no es una democracia real. La Monarquía Parlamentaria, en términos políticos y democráticos, no le aguanta un asalto a la República pues el sufragio precede a la Ley y no al revés. Sorprende, y hasta asusta, la inacción y complicidad de un partido secularmente republicano, como el socialista que, ante las gravísimas informaciones reveladas y no contradichas, mira para otro lado y veta cualquier comisión de investigación en sede parlamentaria. Sorprende, por la abjuración de su naturaleza ideológica y asusta por las posibles razones que se adivinan bajo la superficie. Puedo entender a cortesanos y bufones para quienes ser invitados a palacio lo es todo. Pero no a demócratas que niegan la voz al pueblo mientras ocultan la indignidad. Sólo barrunto una explicación y es que demasiados e insignes escrotos estén sometidos a desaforadas y recíprocas presiones. De no ser éstos los motivos sino sobrevenidas conversiones palaciegas, rogaría se consultase al pueblo que nada se pierde aunque pierdan algunos.

Parece claro que las diversas aficiones, pasto del odio y huérfanas de razón, no andan interesadas en la verdad sino en las intenciones e identidades de los delatores. “Pa” que roben aquellos, que roben los míos”, que dijera aquel. Sumarios ad hominem e indicium intenta pugnan por enterrar la verdad. En cristiano: que antes que la verdad misma, importan el descrédito del mensajero y/o las motivaciones de las acusaciones.

Tal es así que hunos y romanos claman o callan ante idéntica tropelía y ésta, la tropelía, será baladí o sustancial según el actor.

Mi república será unicéfala y unicameral, que andamos sobrados de necrópolis de paquidermos y faltos de peculio.  Y así hasta desmontar un elefantiásico, improductivo e insostenible aparato creado ad hoc para quienes fueron y ya no son.

En mi república no habrá cordones sanitarios ni se permitirán lapidaciones a la palabra pues, por lo común, tras aquellos y éstas se guarecen los fascistas con pedigrí. Una venda tupida y oscura cubrirá de nuevo los ojos de Themis, la diosa de la Justicia, para ignorar por siempre si el justiciable es patricio o plebeyo. Las garras de la política serán arrancadas de cuajo de la justicia y la balanza recobrará el calibrado y equilibrio que nunca debió perder.

En mi república se premiará el esfuerzo, se penalizará al tramposo y se auxiliará al desvalido. Los procuradores en Cortes hallarán los honores y estipendios que, por su alta responsabilidad, merecen pero serán abolidos todos los privilegios, dispensas y franquicias que tornan el honor en ignominia.

El brío y excelencia empresariales serán debidamente auspiciadas y laureadas por el Estado pero este mismo Estado garantizará que las plusvalías generadas alcancen a todos, singularmente a los trabajadores con las más humildes retribuciones. Tildar de intervencionismo estatal a la justicia social es propio de almas frías y corazones destemplados, generalmente bien provistos y en absoluto famélicos. Porque una nación que no ampara a sus vivos ni preserva la memoria de sus muertos no debería llevarse a los labios tan hermosa palabra.

En mi república tendrán sitio, pero no voz, los apóstatas y los falsos devotos, que anchuroso es el mundo para traidores y farsantes.

En fin. Mi república no será perfecta, de gentes perfectas y para gentes perfectas. Habrá promesas que no podrán cumplirse y surgirán apuros imprevistos. Aún con las mejores intenciones, la política seguirá siendo el arte de la posible y una tarea eternamente inacabada PERO LA DEMOCRACIA REGRESARÁ AL ÁGORA, LA ÉTICA A NUESTRAS VIDAS Y NUESTRO PERICLES SERÁ ELEGIDO EN LAS URNAS Y NO EN LAS ALCOBAS.

 

 

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