Maruja Mallo, a través del prisma de Rosa Campos Gómez

Rosa Campos Gómez

Llevaba 5 días de rodaje el mes de enero de 1902 cuando Maruja Mallo nacía  en Vivero, Lugo –se nos fue en febrero, 93 años después, en Madrid–.  Inmensa creadora que consiguió entrar en la Real Academia de BB AA de San Fernando. Contó siempre con el apoyo de su padre, que supo ver su talento y coraje para desarrollar su vocación.

Fraguó amistad con componentes de  la Generación del 27 y Las Sinsombrero –nombre en el que ella tiene arte y parte –, integrándose en ambos grupos, y en el de la Escuela de Vallecas.  Expuso en las salas de la Revista de Occidente, en distintas ciudades españolas, y en París y  Londres. Ejerció la docencia. Participó en las Misiones Pedagógicas. Su huella queda reflejada en poemas y otros textos  de Rafael Alberti  e impregna El rayo que no cesa, de Miguel Hernández.

En 1937,  con ayuda de Gabriela Mistral, pudo exiliarse a América, donde vivió en varios países hispanoamericanos, más tiempo en Argentina; viajó y expuso en muchos de ellos, también en New York, donde fue premiada.

Volvió a España en los sesenta, y aunque en el ámbito artístico su nombre se había evaporado –ser mujer y autora entonces conllevaba esos “olvidos”–, su producción merecía más que el recuerdo: trabajó siempre buscando la excelencia y la originalidad, y lo consiguió. Su obra, generada en España, forma parte de las vanguardias históricas. Su largo periodo americano fue pródigo y de calidad.

Como creía en ella, siguió trabajando y buscando galerías para exponer hasta finales de la década de los ochenta, años en los que jóvenes de la movida madrileña apreciaron su trayectoria, cuidando una relación de admiración y respeto. Recibió, entre otros destacados reconocimientos, la Medalla de Oro al mérito en Bellas Artes (1982).

Enmarcados en las distintas fases por las que pasó dio forma a diferentes registros artísticos –realismo mágico, surrealismo, abstracto, geométrico, retratos inclasificables y fascinantes…–, desde ellos, tanto en óleo, dibujo, cerámica –destruida por un bombardeo–, escenografía, pintura mural, litografía, aguafuerte, performance…, como en ensayo sobre teoría artística y artículos, M. Mallo marcó territorio, un espacio propio que generó un legado con el que nos honra y enriquece.

Como estamos en mayo, terminamos este esbozo sobre su vida y obra con unas escuetas líneas sobre La sorpresa del trigo, pintura que realizó en 1936,  impactada e inspirada por alguien que, en la manifestación del 1º de Mayo,  alzaba su brazo mostrando un pan como si fuera una “consagración eucarística”, reivindicando el alimento.  Dicho cuadro, de intensa y directa expresividad, nos muestra el rostro de una mujer de mirada sosegada y honda, posada en su mano derecha, de la que surgen tres espigas granadas, mientras que en su mano izquierda, que muestra a nuestros ojos, alberga tres granos de trigo –tres semillas–, todo ese trayecto simbolizado entre el contenido de una mano y otra, es el resultado del trabajo, sin él la espiga no llega a ser ni a alimentar bocas. Además, el contexto nos comunica que las manifestaciones son necesarias cuando se pide lo necesario, desde ese humanismo esencial que quiere el bien común. Esta obra pertenece a la serie que tituló La Religión del Trabajo, con ella dignifica a quienes lo realizan.

Maruja Mallo fue humanamente libre, genial, transgresora, audaz, trabajadora, comprometida, singular… Imprescindible referente artístico y cultural hoy como ayer.

 

 

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