Mantequilla e Ipads, según Maura Morés

Mantequilla e iPads

La primera vez que visité Zaragoza quedé enamorada de una tienda de gourmandises como las del norte de Francia que podías encontrar en una de esas pocas calles del centro que aún albergan comercios de artesanía religiosa o corsetería obsoleta. Entre abanicos de nácar, pastilleros esmaltados, figuritas de San Josemaría Escrivá y camafeos o guardapelos algo inquietantes, sobresalía aquella cueva del placer cuyo aroma a mantequilla y esencia de vainilla te envolvía a metros de distancia. Tuvimos que entrar, claro, y compramos una caja de color coral o albaricoque -me patinan los datos visuales- repleta de fragantes galletas que podrían haber salido de la mesa de Emma Bovary o Eugenia Grandet.

Lo más satisfactorio del acto era que en Albacete no podía llevarlo a cabo. La tienda de gollerías al horno era exclusiva de otro lugar lejano, y conseguir aquel capricho conllevaba un traslado vacacional salpicado de expectativas. Igual que no podías encontrar la receta pescadora del sepionet geracense fuera de la comarca de La Safor o las costureras de Guadalajara o Alicante no sabían nada de trajes de faralaes, las galletas francesas de detrás de la basílica del Pilar no aparecerían en tu ciudad de origen, porque tampoco hay una copia de la Estatua de la Libertad o de la Villa Borghese en cada municipio del mundo. Imaginen qué hastío nos sobrevendría con semejante sobredosis de éxtasis y de visitantes aquejados de síndromes inventados en Tokio.

Había subestimado al capitalismo malicioso. Cuando volví a Zaragoza me di cuenta, esta vez acompañada de los soplos de Google Maps, de que aquel comercio no era la ofrenda a los lugareños de un pastelero normando o bretón ilusionado por llenar los hogares locales de cajitas de latón con nutritivas viandas. Yo sólo había probado esas galletas gracias a Mami, una señora de mi barrio que había trabajado durante la juventud en París y que representaba el chic francés en aquella manzana, amiga de mi familia y siempre dispuesta a pasar un rato con mi hermana y conmigo. No me parecía algo al alcance de cualquiera. Me desengañé: la tienda de galletas de mantequilla era una franquicia y se extendía por media España; al menos, por la España poblada de potenciales clientes. La próxima vez podría haberlas encontrado en Madrid, Valencia o La Coruña. ¡Aquello no tenía arreglo!

En absoluto quiero privar a la gente de comprar delicias de Normandía o de la vieja Prusia allá donde les venga mejor. Pero esta insistencia en clonar ciudades es enojosa y a la larga contraproducente. Los turistas acabarán yéndose a encontrar naturalidad a Montenegro. Cada rincón de España contaba con sus peculiaridades, con su tipo de artesanos, con sus delicatessen, que fluctuaban desde el embutido de jabalí hasta los oricios. Si llegabas al recio norte, buscabas guisos montañeses espesos y postres con suero de leche. Si tus vacaciones eran en el Mediterráneo andaluz, debía sonar la guitarra en cada esquina y oler a la fritanga que hace rugir el estómago. Distinto es el Mediterráneo levantino, con señores de huerta y dunas herederos de los cascarrabias de Blasco Ibáñez que devoran pan relleno de chucherías porcinas y untado en ajoaceite, intentando batir algún récord en barbotar X palabrotas por minuto. Ahora Valencia, más allá de sus milagros góticos en la vieja ciudad, es una sucesión de Starbucks, Alehop, Lizarrán, TGB, VIPS y locales de yogur helado, todos tan desprovistos de chispa como el primero que crearon. No me imagino a Pepe Sancho y a Antonio Ferrandis departiendo entre cigarros que no se pueden ni prender dentro de una tienda de gofres de piedra pintada y zumos fluorescentes a cuatro euros, la verdad. No son cafeterías, son una nave espacial o un intento de granja americana con los detalles en madera tan mustios como sus camareros reventados.

Madrid antes congregaba a multitudes con ganas de manduca en la puerta de churrerías rebosantes de pringue o de bares donde metían entre media barra de pan cualquier trozo de animal terrestre o marino churruscado y debidamente salado. La cola se forma ahora frente a la tienda de Apple o en la hamburguesería favorita de Obama y su tía segunda. No volverán las casas de cocidos con precios populares ni las mercerías con señoras que antes fueron cabareteras, no en el próximo milenio. Y yo ya no tendré que viajar para proveerme de galletas especiales. Pero cada vez sabrán más a porexpán y al final les darán por donde amargan los pepinos y me iré a la churrería del barrio, donde al menos aún no han cambiado la masa de su único producto por un engrudo procedente de cámaras frigoríficas en el cinturón industrial de los Madriles.

 

 

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